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martes, 10 de febrero de 2026

Prefiero ser esclavo de mi propio abandono que pagar mi esclavitud con mi vida

Hace años que aprendí a no dejarme llevar por las apariencias.

Cuanto más confusas las veía, más probabilidades tenía de una vida de esclavitud.

Si me dejaba llevar por el supuesto amor, me arrastraría a la inconsciencia.

Darme cuenta del sitio que ocupo en el tablero de ajedrez de quienes serán mi familia es primordial.

Prefiero ser esclavo de mi propio abandono que pagar sueldos e impuestos lujuriosos con mi sudor.

Esta pieza de mi historia empieza después de años de ser amigos.

Ella decide tener relaciones sexuales conmigo intentando quedarse con mi futuro.

Sentía mi tragedia en mis momentos más tranquilos, que ella sufría sus cabreos para molestarme, sin permitir que tuviera paz.

Así me mantenía alerta para que fuera perdiendo la capacidad de reflexionar en soledad.

Ella tenía seis hermanas y un hermano.

Su amiga íntima tenía cuatro hermanas y un hermano.

Las madres de ambas amigas son como hermanas, amigas íntimas desde su juventud.

Tan íntimas como tener familias numerosas parecidas con casi el mismo número de miembros.

Supuse que no hubo casualidad.

Me refiero al aburrimiento de tener muchos hijos.

Obvio el objetivo de cargarlos a otros para poderlos alimentar.

En mi familia éramos tres hermanos pequeños en tiempos del franquismo cuando fuímos desahuciados.

Nadie nos dio un hogar donde vivir ni nos dejaron vivir en las cuevas donde vivían.

Han pasado cincuenta y dos años y nunca olvidé que la única persona que nos cobijó fue mi abuela.

Mi abuela también sufrió desalojo décadas antes en Melilla, lo mismo que nosotros en Almería.

En el dominó las piezas tienen que encajar, porque si no, alguien hace trampas.

Horror es sentir mi corazón palpitando cada vez que mi amante subía el nivel de exigencias.

Siete meses saliendo con una fuerte relación sexual y no hacía más que exigir.

Me quería suyo, exclusivamente suyo, en cuerpo y alma.

Nunca me preguntó por lo que yo quería.

Era una puñetera que me golpeaba con sus ñoñerías intentando derrotar mi resistencia.

Pero nunca lo logró.

Jamás la dejaría pasar sin nada a cambio.

Soy hijo de jefe de cocina.

He llegado a trabajar en los negocios de mi padre, desde niño, como un esclavo, dieciocho horas al día.

¿Qué satisfacciones he tenido?.

¿Qué satisfacciones me ha dado mi familia?.

Si no he recibido ninguna, sé que nunca recibiré satisfacciones de ninguna otra.

Pero esta mujer creyó que yo la agasajaría.

Creyó que era un don nadie, que andaba perdido y que me arrodillaría.

Sabiendo que por detrás su madre que la controlaba.

Pensó que no me daría cuenta.

Y ese día que exigió demasiado se peleó conmigo en medio de la plaza para que nos viera la gente.

Me faltó el respeto. Se victimizó.

Y cuando se marchó escupiendo maldiciones, yo ya tenía pensado no dirigirle más la palabra.

Tiempo después se dio cuenta que no la iba a llamar nunca más por teléfono.

Creyó que le pertenecía.

Se dejó ver completamente drogada en una playa donde yo ya tenía una amante.

Decidida a no dejarme seguir con mi vida, estuvo meses merodeando como una chacal.

Allá donde se dejaba ver, ella ocupaba toda la calle como si no quisiera dejarme pasar.

Un día yendo por el centro de Málaga, vi pasar al hijo de los Radas, la otra familia.

Lo seguí porque parecía que quería atrapar mi atención pero me arrastró hasta un callejón.

Aquello fue una estratagema para llevarme a un bar en ese callejón.

En ese bar me tomé unas cervezas con el Radas y me presentó al dueño del local, su futuro cuñado.

En la cocina trabajaban cuatro de sus hermanas.

Pero cuando intentaba hablar con el dueño, este se alejaba acomplejado.

No podía aguantar los muchos mimos que me dedicaban sus cuñadas.

Ni yo me iba a creer el foco de tantos mimos como para venderles mi alma, como el imbécil del dueño.

Pasaron veinte años que viví en el norte de España.

Y cuando regresé, pasé andando por la boca del callejón.

Vi al dueño salir del bar y quedarse mirando.

Su rostro era uno de tantos amargados por la vida.

Un peón cualquiera en el tablero de ajedrez de su familia, a pesar de ser el propietario nada le pertenecía.

Exactamente lo mismo que habían diseñado para mí.

Vivir como un esclavo siendo el perrito faldero de una trepa.

Yo me metí en un acantilado y no salí de allí en cuarentena años, en paz con el mar.

Prefiero ser esclavo de mi propio abandono que pagar mi esclavitud con mi vida

Hace años que aprendí a no dejarme llevar por las apariencias. Cuanto más confusas las veía, más probabilidades tenía de una vida de esclavi...