La llamaban Elo, y su único objetivo en la vida fue tener un trabajo fijo en el ferrocarril.
Su padre heredó de su padre, y ella heredó de su padre también, de la misma forma que heredó su hermano mayor y otro hermano de los siete que tenía.
El padre llegó a ser jefe de estación y pretendía que su hija favorita llegara algún día a serlo, y su hijo mayor llevaba años trabajando de maquinista.
La conocí en un concierto en la plaza toros porque sin conocerme me empezó a besar, simplemente porque me tenía al lado, que fue donde ella miró.
Decidimos salir juntos y no hubo día que pasáramos por mi casa ardientes de deseo, pasando las horas desnudos en mi cama, dando rienda suelta a nuestros placeres.
Así transcurrieron tres o cuatro meses, cada día apagando nuestros ardores y deseos sexuales.
Hasta que un día cambió y empezó a crear problemas en nuestra relación.
Me pidió que la esperara durante unos meses y yo no pude hacer otra cosa que aceptar y la dejé ir.
Los dos tenían veinte años y toda una vida por delante. Al principio sonreía porque no tendría que quedar con ella pero pronto la eché en falta.
Un día fui a su casa y la madre me dijo que no estaba.
Se reía y me ninguneó con tonterías.
Esto me provocó una serie de preguntas cuyas respuestas eran obvias de puro incomprensibles.
Me pregunté por qué no me trataban tan bien como yo la había tratado a ella.
Un día de navidad fui a su casa y antes de subir llamé al telefonillo y me contestó su padre con un insulto.
El insulto acabó conmigo en la puerta de su casa siendo detenido por la policía.
Dejé de ir a su casa y un día que iba al cine y me crucé con ella yendo con otro hombre.
Ella me miró y agarró fuerte la mano de su amante.
No me detuve y seguí caminando hacia el cine.
Era obvio y fui uniendo cabos poco a poco. Aquel "espérame unos meses" duraba ya un año.
Fui creando un patrón de comportamiento de la actitud de ella.
Un día me la volví a encontrar y me sonrió muy amablemente.
Pensó que me tenía hipnotizado con su sonrisa, pero ella ignoraba que su magnetismo estaba muy deteriorado.
Vi claramente dónde me quería llevar y aguanté el tirón que ella quería ejercer sobre mí.
Pronto vio que su influencia era nula, contrarrestada por la enorme rebeldía de mi naturaleza.
Ella se quiso enmendar a través de su magnetismo intentando imponer su voluntad sobre la mía.
Estuvimos paseando, hablando un rato muy largo.
Había pasado más de año y medio y por momentos ella me pidió vivir juntos.
Lo que pasó por mi cabeza fue un torbellino con los momentos amargos que me había hecho pasar.
La energúmena que tenía enfrente me puso a prueba.
Empecé a darle cachetes en la cara cuando la chica lista esperaba un sí.
Se sorprendió del contundente no con que la había obsequiado, y se puso a llorar.
Los cachetes no que le daba no eran fuertes ni dejaban marcas, pero ella se puso a llorar.
Año y medio después me estaba vengando por haberme dicho "espérame unos meses" mientras ella salía con otros hombres.
Pensaba que su magnetismo duraría para siempre y ahora la mierdecilla era la que lloraba.
No sabía si lloraba por haberme perdido o por los cachetes que le estaba dando.
Aquella noche no pude dormir. Estaba rompiendo el yugo de su magnetismo.
Me había demostrado a mí mismo que su influencia era residual, y decidí ir a buscarla a su trabajo a la mañana siguiente para seguir rompiendo.
Allí me salió el caballeroso señor que salta en todas las historias paqueteras.
El individuo se entrometió en los restos que quedaba entre ella y yo.
Saltó la valla que nos separaba, le dije que se metiera en sus asuntos y su respuesta fue darme de puñetazos.
Me dejé caer al suelo. Me acaban de dar una paliza.
El gentío de mozos y mozas al otro lado de la valla se sintieron decepcionados.
Empezaron a volver a sus quehaceres en el taller central.
Yo sentí que estaba derrotando a todos aquellos mierdas y todo lo que ella me metió en el cuerpo y en la mente.
Un día conocí a una hermosa alemana en la playa, que estudiaba español para su carrera universitaria.
Salí con ella ese fin de semana y cogimos tal borrachera, que recorrimos los siete kilómetros hasta mi casa desviándonos en las esquinas oscuras para desfogarnos.
Era tal el inmenso deseo que sentíamos el uno por el otro, que antes de llegar a mi casa dimos varias veces rienda suelta a nuestro apetito sexual.
Insaciables y jóvenes, con veinticinco años y ella con veintisiete, llegamos a casa y no dormimos en toda la noche.
Por la mañana temprano la acompañé hasta la escuela.
Ella intentaba arreglarse para estar presentable.
Al despedirse nos dimos un largo beso a pesar de que nos veríamos por la tarde.
Regresaba a casa para bañarse y dormir, cuando Elo se cruzó por la calle conmigo.
Yo me negué a mirarla y seguí andando como si no la hubiese visto.
Llegué a mi casa andando, cansado y soñoliento por la larga noche.
Me eché sobre mi colchón sin desvestirme, y me acordé de haber visto a la hija de puta.
Cinco años después de lo nuestro siguió apareciendo cuando menos la esperaba.
Me quedé dormido profundamente.
Semanas después seguía manteniendo la relación con la alemana.
Pronto se volvería a su país. Ese fin de semana fuimos al cine antes de irnos por los bares de movida y acabar la noche en mi casa.
Salimos del cine y la alemana se estaba arreglando el vestido.
En ese momento se puso al lado de ella la hermana menor de Elo. Me miraba.
Hice caso omiso, agarré a la alemana de la cintura y echamos a andar dejando atrás en la acera a la puñetera hermana de Elo.
Esa era la que me dijo "mi hermana está saliendo con otros hombres", como si la cosa no tuviese su importancia.
Ahora yo estoy saliendo con otras mujeres.
Cuando se fue mi alemana, no quise agobiarme por su partida. Me busqué otra alemana, y después otra, y después una inglesa, y después una holandesa.
Y ya por aquel entonces me venían algunas diciendo que "la española cuando besa, besa de verdad".
Estuve escribiendo a mi alemana más de cinco años, hasta que un día decidí coger la mochila y perderme.
Para entonces la alemana se había casado y tenía dos hijos.
Elo había seguido apareciendo, se interponía con su presencia cuando menos lo esperaba.
Así que cuando salí de la ciudad para recorrer el mundo, sabía que Elo no iba a poder seguirme ni aparecerse por ningún sitio tan lejos.
Tras muchos años, volví a casa. Ahora era un corredor de competición. Pasé por Granada donde estuve para correr la media maratón y después del evento saqué un billete para volver a casa y subí al autobús.
Al poco llegó una señora mayor y quiso sentarse en el asiento contiguo al mío.
Me pidió permiso porque no tenía número.
Le expliqué que tenía que sentarse en el asiento que le correspondía según su billete pero ella insistió.
La señora se puso muy pesada y tuve que aguantar el tirón hasta que un hombre accedió a cambiar el sitio.
Me quitó un peso de encima con la susodicha e insistente señora y cuando el autobús se puso en marcha me dormí.
Cuando desperté un mal presentimiento se apoderó de mí.
Miré a la señora mayor y ella me miró sabiendo claramente quién era yo. Se lo vi en los ojos.
Sentí un malestar indescriptible al reconocer a la madre de Elo, la que se burló de mí quince años atrás.
La muy zorra apareció el día que regresaba a casa tras años de mochilero después de correr una media maratón.
¿Qué coño quería de mí molestando con el asunto del billetito y el asiento?.
Ahí estaba, prácticamente a su lado oliendo su perfume y oyendo su respiración.
Con lo grande que es el mundo y siguen tocando los cojones.

No hay comentarios:
Publicar un comentario