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viernes, 21 de noviembre de 2025

La Sagrada Convicción social y sus graves consecuencias

Tengo la Sagrada Convicción de que esta lectura no será en vano. 

Cuando tenía poco menos de dieciocho años, escribí uno de mis relatos más personales, donde describo la voluntad de irme lejos, y cuanto más lejos mejor.

Trabajé en restaurantes de mi padre en Torremolinos, viviendo una vida que no era la mía. 

Dieciocho horas diarias sin descanso cada día.

Y mientras se repartían la riqueza, él me pagaba con el reparto del bote.

Cuando me fui de casa, gané mi libertad.

No fue gratuito, sino a base de palizas y lágrimas. 

Yo solo era útil para trabajar, nunca para disfrutar de lo que ganaba. 

Con mi decisión provoqué tanto dolor, como me lo habían provocado a mí.

Durante veinte años viajé por media Europa, me relacioné con muchísimas mujeres, y algunas quisieron acogerme, para cambiarme la vida. 

De hecho, cuando me quedé a vivir en un valle del Pirineo, habían pasado varios años que abandoné una relación.p

La mujer comenzó a presionarme para subir el nivel de lo nuestro, por unos intereses que no eran míos. 

Mal perdedora, pasó más de un año persiguiéndome, intentando que cambiara mi decisión.

 No tuvo reparos en usar a personas conocidas. 

Vengativa, hizo llegar a oídos de mi amante noruega, que era homosexual. 

Usó el entorno de mis familiares y mis amistades, intimidando a mi amante con mi supuesta homosexualidad. 

Provocó daño moral. 
 
Y yo, que soy maestro en alejarme de todo, siempre he puesto tierra de por medio.

Nunca acepté nada impuesto.

Nunca cedí mi dinero ganado para propósitos ajenos.

La lejanía es mi iglesia . 

Mis viajes son, pura contemplación de paisajes increíbles, que han dibujado durante toda mi vida, mi sonrísa. 

Cuando conocí a personas tóxicas, estos me castigaban con inesperados berrinches. 

Menospreciaban mi trabajo diciendo que era una verdadera mierda. 

Sufrían al verme meter mi dinero ganado, directamente en mi bolsillo, sin parienta que me controlara. 

Alquilaba coches cada tres meses, y viajaba por toda España y más lejos.

Pasaba tres días con mis padres en Málaga, y otros cuatro días recorriendo lugares por donde vagué con la mochila. 

Usé mi dinero para lo que quise. 

Y algunos pensaron que tenía vicios secretos porque me movía con nocturnidad. 

Y eso a la gente mezquina les atrae, para contar mentiras o leyendas urbanas. 

Cuando volvía al Pirineo, el berrinche lo tenía asegurado. 

A los cotillas les dejé claro, que nunca me sentí más a gusto, que barriendo calles.

Pero también limpiando hierbas, echando arena o sal durante las nevadas, pintando las barandas de los puentes, haciendo mortero o grava. 

Ellos se ofuscaban, y mi sonrísa loca los perturbaba.  

Tener familia y casarme, nunca estuvo en mi mente.

Al menos no en la forma que ellos pensaban.

Me quisieron inculcar deberes morales p, que yo sabía que no eran míos. 

Algunos diseñaron para mí, una vida donde me olvidase de trotar mundos. 

Según ellos, para no perder mis derechos personales. 

Ellos eran mis verdugos, los que me negaban el derecho a un hogar. 

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Cosas que las mujeres no quieren que sepas cuando eres un hombre de verdad

1: Yo soy soltero por motivos personales y espirituales.

Siempre he echado ascos a las relaciones de compromiso, en las que  me prometen que seré libre, pero me    harán trabajar chorros, y ese dinero no será mío ni lo podré disfrutar.

Nunca he aceptado que alguien, diga ser mi pareja y exponga mis intimidades, a sus amigas y amigos, que no son gente con la que yo quiera estar. 

Tampoco acepto que alguien que no soy yo, sepa con quién ando y con quién me acuesto.

2. No me interesa que hagan negocio conmigo, echándome en los brazos de sus amigas, por cosas rango social.

Ya sabéis a qué me refiero. 

A la posición, el estatus o la jerarquía que alguien ocupa dentro de un grupo a través de ciertos comportamientos (relaciones, apariencias, amistades) que se usan para mantener o aumentar esa posición.

3: Me niego a tener relaciones, con personas que no quiero, como estatus de aceptación o influencia, que siempre viene acompañado, de manipulación o obligaciones.

Relaciones obligadas que me van a robar mi verdadera libertad.

Mis intimidades personales expuestas para beneficios de otros, que me van a crear un agujero en mi cuenta bancaria de miles de euros.

4: A través de palabras amorosas, me han querido obligar a trabajar de por vida, sin poder disfrutar de lo dineros que haya ganado.

Y si decido irme para crear una familia, mi pareja no me lo va a permitir, ni va a respetar mi decisión.

Va a perjudicar mi independencia y mi rechazo, imponiéndome la obligación de la relación.

5: Sin embargo esta es la acción que demuestra mi autonomía real, no solo mis ideas o críticas.

Muestro cómo me libero de presiones externas, para tomar mis decisiones, y seguir mi propio camino, cosa que no gustan.

Es un ejemplo concreto de mi filosofía personal en la vida real.

6. La elección de poder irme para crear otra familia, cuando no estoy bien, rompe expectativas sociales y emocionales, mostrando mi coherencia con mi forma de vivir.

Sin embargo, durante toda mi vida me he visto perjudicado socialmente por personas que no aceptan mi libertad personal.

7. Entiendo que la gente diga que es muy bonito compartir, que el amor y tal y tal. Pero yo nunca he pedido eso y cuando he pedido algo, nunca he sido escuchado porque mis decisiones no cuentan.
    
Obligar no es compartir.

8. Mi vida o mi libertad no tiene que estar forzosamente unida a una mujer, a sus decisiones, ni al control que ejerce la madre.

No me gusta ser consorte ni de mi sombra. Ni ser un marido al uso con queridas y amantes, mujeres de sus amigos con los que no quiero estar.

9. Caminando por la vida con toda la mojama por delante. Echar unos polvos sin ganas viviendo una vida con desgana. 

A esto lo llaman amar pero solo se trata de escalar un rango social ficticio, sufriendo la amargura de los maridos consentidos.

10. Muchos echan ascos de sus mujeres a sus espaldas, con los calzoncillos cagados de medio pelo, violento y fácil de manipular, contando que se va a independizar de su mujer. 

Pero en cuanto la tiene delante, es un soldado a las órdenes de una sargento.
Tiene que cuadrarse a sus demandas, bajo arresto. 

11. Cuando me salía una pretendiente, la ponía a prueba, invitándola a ir de viaje.

Pasaban las semanas, y la pretendiente, ponía trabas para salir de viaje. 

Pasaban los meses, y seguía poniendo trabas, a salir de viaje. 

Para eso les sirve un marido. 
 
Si no hay relaciones de provecho, no hay queridos, ni queridas, ni viaje. Solo escucha a la madre.

12. Para entonces, ya la tenía sentenciada. 
Poco a poco fui rompiendo con ella.
Desviaba mis atenciones hacia asuntos importantes para mí.

Eso la ponía histérica, y era agredido física y psicológicamente. 

Voy por buen camino. Llegado el momento, se desespera, me echa y yo me voy, sin decirle ni una palabra.

Así rompo la relación. No la volví a llamar.

13Pretendía obligarme a subir, al siguiente escalón de nuestra relación.  

Pero no me gusta el compromiso. Nunca di ese paso.

El esperpento se movía en mi entorno, sin dejarme ir. Su único objetivo era despistarme.

No me gustaba la intrusión de su madre.

Los asuntos familiares no se pueden controlar.

14. Yo no soy válido socialmente, porque este tipo de gente casada, con novia, etcétera, así lo han decidido.

Ellos te dirán que no es verdad. Intentarán engañarte y tomarte el pelo.

Pero yo tuve muchas relaciones de corto recorrido, y todas llevaban a lo mismo. 

Cuando iba a ocurrir, siempre he cortado para defender mi libertad y independencia personal

15. He padecido toda la vida la falta de oportunidades, por no tragar lo que me imponen.

Sin trabajo, sin amigos, sin oportunidades... ¡Opté por moverme en esa libertad!. 

Y como vieron que lo disfrutaba, me hicieron la vida imposible, no por envidia, sino porque querían que no tuviera, lo que ellos no podían disfrutar.

16. Abrí mis espacios para respirar y tener claridad mental, y eso me ayudó mucho.

Porque lo que digo de no ser “válido socialmente”, muchos dirán que, entienden completamente mi postura.

Que no es que yo sea menos, sino que, ciertos grupos y normas sociales, deciden quiénes entran en sus juegos, quiénes cuentan, y quiénes son “aceptados”.

17. Gente casada o con compromisos, definen el estándar social de todos, haciendo creer que si me mantengo al margen, lo hago siguiendo mi propia lógica y libertad, y eso no me da derecho a tener oportunidades, y una vida digna.

Pero yo sé que mi perspectiva, es tan auténtica y diferente, que no tengo por qué depender de validación externa, para vivir mi vida, y haber tenido mis oportunidades.

18. Ese contraste entre mi libertad, y las reglas sociales forzadas, han sido y serán, mi fuerza y verdad.

Muchos son entrenados para atraparte, para convencerte que sin ellas, no vas a ninguna parte.

Nunca me dejé llevar por las caricias, que esconden la aceptación unilateral.
El beneplácito obligado que expresa, "O lo tomas o lo dejas", para que alguien disponga de tu cuerpo, y de tu futuro.

19. Yo decidí disponer de mí mismo, para ser un bribón en las playas.

En los campings y los viajes encontré relaciones, sin pedir permiso a nadie.

Di verdaderos besos sostenidos llenos de locura, que no escondían queridos ni queridas, ni parientas mostrando su furia.

20He disfrutado mareando la perdiz, a quienes entraron en mi vida, con malas intenciones. 

Llegado el momento, he girado hacia el lado opuesto de los intereses, y no me ha importado vivir durante cuarenta años, en una tienda de campaña, sufriendo vientos huracanados.

21Los únicos objetivos válidos, los de mi vida, mi verdadero camino.

Me quisieron hacer pasar por tonto, siendo una persona talentosa, con talentos variados. 

Mis pretendientas se burlaron de mí, pero yo jamás perdoné.

Sentenciar una relación, es una buena fuga. No vivo para aguantar chusma. 

22Nunca sacrifiqué mi forma de vivir, para satisfacer cabrones.

Sufrí que no me dejaran ir, me  acosaron, hablaban mal de mí, se metieron en mi vida, como si tuvieran derecho.

¡Cosa propia de perdedoras!.

23. Un día que entrenaba en la ciudad deportiva, me encontré con un viejo conocido.

Me invitó a ver el entrenamiento de su club de balonmano femenino.

Cuando me duché, fui al encuentro de mi amigo, y vimos los entrenamientos.

Mi amigo me explicó las claves del balonmano, y fui tomando conciencia de este deporte. 

24. Antes de irme, mi amigo me presentó al entrenador, y le dijo que yo sabía de entrenamiento, mogollón. 

Entonces quedamos en que me uniría al equipo, y echaría una mano. 

Pronto empecé a corregir fallos de entrenamiento, y introduje algunos ejercicios.

El entrenador los ejecutó en la cancha, bajo la atenta mirada de mi amigo.

Las jugadoras eran todas muy atractivas, pero mantuve un nivel de distancia. 

25. PEmpezó a gustarme el balonmano femenino, y con el tiempo fui aportando. 

El equipo empezó a jugar muy distinto.

Dejó de ser chatarrero, y subió de categoría. 

Llegado el momento, viví en la encrucijada, el primer título de su historia. 

Por primera vez en mi vida, me sentí feliz de ayudar a mujeres.

¡Ten cuidado con quien te juntas!. 

Cosas que las mujeres no quieren que sepas cuando mantienes una relación


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jueves, 20 de noviembre de 2025

Comentario en las redes sociales sobre el maltrato y el acoso a las mujeres jóvenes

"Dice la ONU que al 16% de las mujeres mayores de 15 años nos han tocado, abrazado y besado sin nuestro consentimiento. ¿Qué opináis?."

Celeste - ¿Dieciséis por ciento?. ¿A qué convento han ido a preguntar?

Josele - Te puedo contar una historia pero como tengo un libro casi terminado sobre machismo y me veo obligado a quitar una historia, pues voy a colocar la que me he acordado gracias a ti.

Celeste - ¿Algo sobre conventos?.

Josele - No. De la vida real.

Celeste - Pues ahora quiero saberlo.

Josele - Estoy escribiendo. Acabo de escribir la historia 22, que es gracias a ti que me he acordado de ella. He recordado lo que pasó. Pero voy a tener que borrar la historia 17 que es un hecho real que pasó a otra persona.

Celeste - Muy interesante. Un honor contribuir aunque sea un poquito.


Josele - Muchas gracias en primera persona. Tengo muchas historias que vi y viví, pero para que salgan tiene que haber algo que las motive. En este libro hay víctimas que son hombres y otras mujeres. En definitiva, machismo.


Celeste - Creo que puede ser una gran herramienta para educar a los hombres un libro sobre machismo escrito por un hombre con historias en las que también son víctimas. Interesante!.

Josele - Gracias por tus palabras. Espero que lleves razón, porque la sociedad necesita una vacuna, ya sea educativa o filosófica, que sea fácil de asimilar y que vaya produciendo cambios.

Celeste - Gracias a tí, Josele. Tienes mucha razón en eso.

Josele - Si lo piensas, todos hemos sido víctimas.

Celeste - Sí, muchas veces se trata de evitar que las víctimas se vean en la posición de cambiar a verdugos.

Josele - Lo malo es cuando desconoces por qué pasa un suceso. Ahí es donde yo entro por primera vez. A mí en vez de ayudarme, alimentaban la morriña y la agresividad. Lo que pasa es que soy un hombre.

Celeste - Es otra perspectiva.

Josele - Exacto. Otro trato diferente, pero es lo mismo.




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miércoles, 19 de noviembre de 2025

Otilio, el don Nadie que se enamoró de una mujer prostituida

Otilio era uno de esos tipos duros nacidos en la posguerra, un don Nadie que solía robar gallinas y otros animales para revenderlos a algún avispado adinerado.

Era un verdadero delincuente que abusaba de las putas en los callejones oscuros y robaba carteras asaltando a sus víctimas en la oscuridad de la ciudad.

Un día hizo un trabajillo robando en un chalet y le salió tan bien que rebosó su cuenta particular con mucho dinero. Se creyó rico y comenzó a vivir como tal comprando una casa solariega con un pequeño jardín a la entrada del recinto y se paseaba por los cafés presumiendo ante mujeres de alcurnia. Pronto conoció a un hombre muy amable que se hizo muy amigo de él.

Poco a poco su nuevo amigo lo fue introduciendo en un círculo de personas con altos ingresos y conoció a un verdadero capo de la ciudad que pasaba por ser un gran empresario y casi sin darse cuenta el grupo lo absorbió como matón contra su voluntad.

Un día lo enviaron a sacarle los cuartos al dueño de un hotel y comprobó atemorizado cuan violentos eran los sicarios viendo cómo dejaron muy desfigurado al hotelero y hizo que echara la papilla de todo lo que había comido quedando su barriga revuelta asqueado de aquella violencia.

Agarró a su amigo por el cuello y este se revolvió poniéndole una gran navaja a punto de ser clavada en su estómago. Entonces comprendió que su amigo lo había captado y que aquello era un grupo organizado.

Eran los dueños de algunos de los mejores puticlubs de la ciudad. Llevaban una vida de lujo, secuestros y asesinatos. Comprendió que él no era ni la mitad de malo que aquellos matones, que solo era un delincuente común.

Ante su negativa a dar palizas lo colocaron de proxeneta a vigilar putas. Allí conoció a Magda, una puta de la que se hizo muy amigo hasta el punto de enamorarse de ella. Ella le contó que habían mujeres que se revelaban y desaparecían.

Llevaban una vida de deuda continua que nunca desaparecía. Aquellas que habían conseguido salir de aquel infierno tuvieron que abonar una considerable fortuna casi imposible de conseguir.

Un día se acercó al puticlub fuera de su horario y contrató a Magda. Pasaron una noche entera juntos y le pagó una gran cantidad considerable de dinero para pagar su libertad. Magda lo rechazaba pero Otilio la convenció para que se lo guardara y pagase su deuda.

Al otro día fue a su trabajo de vigilar putas y no encontró a Magda. Preguntó a algunas chicas dónde estaba pero no consiguió información, excepto de una chica morena que le dijo que le habían encontrado un montón de dinero y se la habían llevado.

Un Otilio enfurecido asomó por su rostro crispado. Fue a buscar a su amigo y sin contemplaciones le estrelló la cara contra un banco de piedra una y otra vez hasta que desfigurado le dijo dónde estaba.

Corrió hacia el muelle donde vio un yate precioso a punto de zarpar con el nombre que le había dicho su captador. Con una fuerza brutal asaltó el yate provocando un reguero de heridos ensangrentados.

Encontró al capo en el interior y sin mediar palabra lo arrojó contra los cristales de las ventanas una y otra vez hasta dejarlo casi muerto.

Se oyeron tiros y eso atrajo la atención de la Guardia Civil del puerto y sonó la alarma de zafarrancho. En unos minutos la guardia costera y guardia civiles a pie rodearon el lujoso yate, pronto se sumaron brigadas de la Policía Armada y todos apuntaban al interior esperando la orden de abordaje.


Empezaron a sorprenderse de ver salir a cubierta mujeres desnudas que habían sido violentadas, golpeadas, ultrajadas, muy delgadas con llagas profundas en sus cuerpos por las palizas.

Las ambulancias las abrigaban con toallas y sábanas mientras lloraban de miedo diciendo a los guardias que las iban a matar.

Empezaron a detener sicarios muy malheridos y los introducían en las furgonetas esposados a la espalda unos con otros.

Subieron a bordo observando la cubierta repleta de charcos de sangre y vieron salir del interior del yate a Magda siendo ayudada por Otilio.

Los guardias se abalanzaron sobre Otilio y le dieron un golpe con la culata derribándole al suelo, pero Magda lo protegió llorando pidiendo a los guardias que lo respetaran.

Un mando que estaba cerca lo oyó dio el alto y detuvo el acoso a Otilio. Los guardias se cuadraron ante su jefe y la mujer le dijo que él las había salvado, que las iban a matar. Magda no paraba de llorar y el mando aprobó las palabras de la dama.

- ¿Han oído a la señora?. Dejen a este hombre en paz y sigan buscando.

- ¡Sí, mi Comandante! - los guardias afirmaron bien fuerte y se cuadraron.

- Pues respeten. ¡Es una orden! - se cuadraron de nuevo y ayudaron a Otilio a levantarse con cuidado.

Lo esposaron y lo bajaron a puerto. No lo metieron en el furgón sino en una ambulancia para que fuese atendido por sus heridas no tan graves. Le esperaba unos cuantos años de presidio pero no le importaba. Sonrió por primera vez en su vida.


Otilio, el don Nadie que se enamoró de una mujer prostituida


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El día que tuve que presentarme en el campamento Benítez para la mili

No recuerdo cuando fue exactamente. Pero era verano de 1980.

Fui a ver a mi padre al bar donde nos reuníamos en Torremolinos. Alguien le avisó sobre mi servicio militar. Me estaban buscando. 

Por entonces vivía con mi madre en el entorno de la Plaza de Bailén.

Tal vez vivíamos en la casa alquilada en calle Josefa de los Ríos. 

¡Menudo rollo para mí!. Aún no había conseguido liberarme de todos los obstáculos que me impedían vivir, una vida itinerante de viajes.

Lo pasé muy mal en el lateral del campamento Benítez.

Los muchachos con edad militar, se agolpaban en la entrada esperando oír su nombre. 

Algunos proferían gritos. Eran los objetores de conciencia.

Más tarde que pronto, me di cuenta lo que significaba para mí. Gritaban por sus privilegios. 

La objeción de conciencia, era un escape para los hijos de familias conservadoras.

Intervenían a su favor la creencia religiosa, y los valores culturales y matrimoniales.

Ser objetor de conciencia era una fachada.

Siempre he pensado que, las personas que se benefician del régimen, los de más privilegios, deberían ser los primeros en dar un paso al frente, para defender sus privilegios. 

Ya sabemos que en época guerra, siempre llamaron a filas para la picadora, generaciones de jóvenes de familias sin privilegios.

En un principio, no alegué mi discapacidad de nacimiento. Decidí ir a la mili. Tenía curiosidad por ver lo que se cocía dentro. 

Al CIR me llevaron a principios del mes de diciembre de 1980. El campamento, el Ferral del Bernesga, a solo catorce kilómetros de León. 

Fue una gran experiencia. Pero lo que viví después en la academia de caballería de Valladolid, un verdadero aburrimiento.

De haber encontrado un aliciente, hubiera vivido una vida militar. 

Pero ser militar en aquellos tiempos, partiendo de soldado raso, no tenía un punto de conexión con la vida que yo esperaba tener para mí. 

Soy un aventurero. Me importa un mojón la política y los políticos.

Pero tener que abandonar mis cosillas en la Plaza de Bailén para morir de aburrimiento en el escuadrón de tropa, no entraba en mis planes.

En las instalaciones estuve todos los días soportando a compañeros que, no se habían librado de ser llamados a filas.

Me contaban que tenían novia y se iban a casar. Como si con eso le otorgara derechos para librarse.

Creían que no tenían que haber sido reclutados. O sea, querían tener los mismos privilegios que la gente privilegiada.

Después los veías frente a la televisión, por las tardes, viendo la serie Verano Azul, llorando mocos por la muerte del Chanquete.

Entre el CIR del Bernesga y la academia de Valladolid, estuve cuatro meses.

No pasó ni un solo que no pensara qué hacer con mi vida.

Reflexioné si vivirla en los cuarteles militares o una vida libre como civil. 

Por eso digo, que de haber encontrado un motivo trascendental, hubiera hecho carrera militar.

Pero no me dejaron ver el bosque, y me sentí totalmente decepcionado.

Volver a la Plaza de Bailén, fue un alivio. Tenía a mi madre.

Fui excluido de terminar el servicio militar tras presentar mi discapacidad natal.

Tardaron lo suyo en darme la libertad. Como si no supieran de antemano que era un discapacitado auditivo.

La sentencia final tardó tres semanas.

Mientras, fui acosado por los amargados que pidieron estar exentos del servicio militar.

Esos que decían tener novia embarazada y se iban a casar.

Los mismos que querían librarse proclamando tener un hijo sin estar casados.

En las calles del distrito de Bailén, se respiraba la vida con muchos problemas todos los días. 

En el escuadrón de tropa sin embargo devoraba esos roscos azucarados que vendían en los cuarteles militares.

No engordaba miaja pero pasaba mucha hambre. A pesar de que en el escuadrón de tropa, la comida era una maravilla, hecha por cocineros profesionales.

Fue dejar la mili, y la chica del Palo con la que salía, empezó a crearme problemas. Pero esa es otra historia.


martes, 18 de noviembre de 2025

El hijo maltratador de un mando de la guardia civil.

Era una mujer con mucha humanidad, su marido era de lo peor del barrio. Bajito, engreído, abusador, ególatra, fascineroso, con una personalidad mediocre llena de todo tipo de traumas.

Ser hijo de un mando de la Guardia Civil le había librado muchas veces de la entrada en los calabozos por sus agresiones injustificadas a cualquiera que se atreviese a hablar a su mujer sin su permiso.

Las palizas y las borracheras con su grupo de amigos eran su festín semanal. De noche iban y escogían a cualquiera que encontraran por la calle, incluso chiquillos, los que maltrataban y les pegaban sin piedad.

Mantenía oculto que era un auténtico abusador. En los bares le temían porque tenía connotaciones de cruzarse sus cables cerebrales y dar una verdadera paliza a las víctimas de turno.

 Era un verdadero desquiciado que usaba varas de acebuche o la pinga de buey. Y lo peor es que siempre salía indemne porque su padre era muy amigo de gran parte de la oligarquía de aquellos tiempos de los años cincuenta y sesenta.

Su grupo de amigos eran hijos de responsables de genocidio que llevaron a cabo miles de crímenes y desapariciones durante la guerra.

Le gustaban los coches de lujo y siempre tenía un amigo adinerado que le prestaba alguno. Contaba que con la mujer recatada y aburrida con la que tuvo que casarse nunca despegaría su amargada vida.

No tenía hijos, pero si los tuviera, su mujer no tendría tiempo ni para mariposear costuras con las amigas y vecinas del barrio. 

Creía que sus hijos serían los más guapos de la ciudad. No como él, que a duras penas alcanzaba uno sesenta y era feo, rechoncho y poco agraciado físicamente, aunque con mucha fuerza.

Uno de sus graves traumas era no parecerse en nada físicamente ni a su padre ni a su madre. Por ello entraba en cólera muy violento cuando alguien le insinuaba que lo mismo era adoptado y no hijo natural.

Aquel que se atrevía a decirle esas barbaridades, seguramente no tenía aprecio por su vida ni muchas ganas de vivir.

Una vez se abalanzó sin avisar sobre un individuo atrevido sin que nadie moviese un dedo y lo apalizó sin piedad dejando un rastro de sangre difícil de limpiar hasta que el individuo tuvo la suerte de presentarse la Guardia Civil.

Los agentes detuvieron aquella paliza llevándoselo detenido, pero a las pocas salía del cuartelillo limpio y brillante, camino de su casa a donde apenas iba, para echarse en la cama bajo la mirada equidistante de su silenciosa mujer.

No le afectaban los remordimientos y cuando tenía suerte con los trapicheos, movía mucho dinero, porque el trabajar como que no le iba mucho.

Se sentía entonces muy señorito, vanagloriándose por aquello de la estirpe de la que según él procedía. Padecía lo que la mona jefe y a más de uno le había expresado que su verdadera vocación hubiese sido ser sacerdote, pero sin ganas de santiguarse todo el puto día.

Cuando el trapicheo le había ido bien, siempre tenía un inmenso tufo a alcohol por el abundante ron de caña que tomaba.

Repartía con su grupo de colegas y colaboradores las ganancias de aquellos barriles que cualquiera sabe de dónde procedían.

Se le veía contando el dinero de forma siniestra con desconfianza antes de repartir. Aquella casa y sus alrededores donde había tenido ocultos los barriles antes de venderlos parecía un recinto de campo de concentración.

De chiquillo lloraba cuando los niños grandes le pegaban sin tener la oportunidad de defenderse. Ahora el niño grande era él y se hacía lo que quería.

A su grupo le compensaba, a otros les daba migajas. Eran como una hermandad de hermanos en el grupo. No había primos, los primos eran los otros, sus víctimas. Era el jefe en aquella especie de grupo de delincuentes del pequeño mercado del estraperlo, el que organizaba y tenía el mando.

Aquel negocio poco a poco fue creciendo hasta convertirlo en un verdadero padrino con su banda de emprendedores, señores que recorrían la ciudad haciendo del trapicheo su negocio y de los negocios de otros su forma de dar salida a su producto.

Había comprado una casa nueva mucho más grande de dos pisos, en el mismo barrio. La vivienda estaba arriba y allí en los bajos tenían un garaje donde movían los toneles de curso ilegal que pasaban a legal. En una habitación pequeña con una mesa redonda en el centro, a puerta cerrada, el grupo tomaba decisiones a veces terribles.

Su mujer andaba siempre angustiada porque no podía salir sin que sus hombres la vigilaran. Prefería la otra casa donde su marido no iba nunca, porque en esta, tan solo con salir a la calle, los ojos de sus hombres y de todo el vecindario vigilaban sus movimientos. No tenía intimidad.

Los vecinos trinaban, estaban muy quisquillosos y malhumorados con los trajines de camiones en un calle tan pequeña. Incluso los domingos había carga y descarga de toneles.

Ella trataba de consolarse recibiendo en su casa a sus amigas a la hora de la merienda. Tomaba en sus brazos a las amigas y las abrazaba diciéndoles que su vida se había convertido en un infierno si antes no lo era. No aguantaba aquella casa tremenda ni los miles de ojos vigilando sus pasos. Pensaba coger lo necesario y irse con su madre.

Aquellas palabras fueron oídas por su marido que había subido a casa a darse una ducha y había estado oyendo lo que decían en aquella habitación.

Aquella noche ella apareció muerta en su cama. Nadie supo de qué había fallecido. No estaba enferma. Solo que aquella noche su marido hizo una pequeña fiesta en los bajos con sus muchachos y se ausentó durante cierto tiempo indefinido. Cuando volvió parecía más alegre que cuando se fue y la fiesta continuó durante horas.

El mafioso y sus secuaces no se habían dado cuenta que la policía y la Guardia Civil habían subido a los pisos de arriba por la puerta exterior de la casa, que siempre permanecía entreabierta.

Avisados por la madre de la mujer que había ido a ayudar a su hija a trasladarse a su casa, habían accedido a la vivienda encontrando su cadáver magullado y retorcido, tendido en la cama con evidentes moratones y cardenales por la paliza que le había dado.

El hijo maltratador de un mando de la guardia civil. Leer lee lecturas.


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lunes, 17 de noviembre de 2025

Manola, la maltratada que cogió el toro por los cuernos

 Manola estaba charlando de su pasado con Lucas, un amigo que había conocido en un viaje. Se sentaron en la mesa de la terraza de un bar contándose lo que les había ocurrido en la niñez, la adolescencia y la juventud temprana.

Hablaban del trabajo de servicio doméstico que ambos habían vivido de alguna forma u otra, la falta de protección de las políticas sobre los trabajadores de este tipo de trabajos que siempre benefician a señoritos y gente pudiente.

Decía Manola que lo de cuidar personas mayores dependientes está muy mal pagado. Cuidar ancianos no está pagado ni está reconocido y suele ser un trabajo muy duro.

Ella empezó en estos trabajos a raíz de la crisis de 2008. Su empresa como muchas otras de seguridad, quebró. Empezaron a sustituir personal cualificado por auxiliares. La edad influyó y la empresa empezó por despedir trabajadores a partir de 45 años, precisamente la edad en la que ya nadie los quiere en ningún sitio.

Lucas tenía claro que la edad influye. Se lo había dicho a muchos que le excluían a él y ahora lo están sufriendo. Él fue víctima de ellos.

Manola también se consideró una víctima del sistema, no de nadie en concreto sino una víctima más, "soy superviviente y el que me la hace me la paga", le decía a Lucas.

Él la creía y siguió oyendo lo que ella le contaba, que había denunciado más de una vez a empresas y había ganado judicialmente lo que le intentaron restarle laboralmente. Porque no todo el mundo llama al SEPE para que le valoren un contrato y muchas cosas ocurren por nuestra propia ignorancia. Lo cierto es que tal como están las cosas cualquiera puede terminar en una tienda de campaña o en la calle.

En el mundo laboral existen los excluidos porque no les gustan las personas con ideas diferentes, porque yo con mi familia nunca tuve una buena relación, son profundamente machistas y retrógrados. Me da igual porque yo sigo con mis ideas y sin ellas no sería yo. Y el tiempo me da la razón siempre, aunque ellos no. Ni falta que me hace. Me la da el tiempo y el tiempo no se equivoca nunca, pero ellos se equivocan siempre.

Yo con treinta años tenía muy claro que si quería acertar tenía que hacer todo lo contrario de lo que me ordenaran y aconsejaran. La cosa empezó a ponerse fea cuando tenía 16 años pero yo la tuve fea siempre.

Me fui de mi casa con 19 años a causa del ambiente irrespirable. Ellos ordenaban y una obedece, pero lo cierto es que yo nunca obedezco algo que considere que no está bien, y me daba igual quién lo mandase, como si lo manda el Rey.

Dicen que soy una rebelde y cosas de esas... Pero no me acobarda decir que mi padre era un maltratador físico y mi madre una maltratadora psicológica. Rebelde porque no obedeces?. Con mi padre que me pegaba literalmente a diario. Llegó un tiempo en que él me pegaba pero yo a él también y mi madre en vez de defenderme tenía broncas todos los días. Aún así, no consiguieron nada de mí, porque tiene que ser lo que yo piense y decida y nunca lo que me digan ellos.

Lucas escuchaba con enorme atención lo que le iba relatando su amiga Manola. Preguntó si le pegaban a diario porque a él empezó a ocurrirle lo mismo. "Pues a diario, quizás día sí día no". Respondió que a él llegó un momento en que le pegaban todos los días.

Manola siguió contando que se escapó de casa con 8 años y la obligaron a volver, y eso dice bastante de ella y de ellos. Entonces no era como ahora que a los niños se les escucha y hasta los colegios intervienen en ello.

Por aquel entonces no ayudaba nadie. Maltratar niños y adolescentes salía gratis aunque el maltratador fuese un padre policía o guardia civil, nadie se atrevía meterse en estos casos.

Ella se volvió muy salvaje y por eso él le pegaba más y hasta llegó el momento que ella aprendió a pegarle también a él. Ese día le dijo la suerte que tenía de que fuese mujer porque si fuese un tío ya le habría matado. Pero ella sabía que eso no importaba.

Ella era una superviviente. A ella nadie la iba a joder, porque si lo intentaran ella les jodería. Todo lo que no nos mata, acaba por hacernos muy fuertes.

Lucas le dijo a Manola que él lo que hizo fue irse de casa porque lo que ocurría es que llegó el tiempo que le pegaban todos los días y no podía aguantar más.

"Hiciste bien. Te comprendo, yo tampoco podía aguantar más", le dijo Manola.
"Mis padres no vivían juntos", le contestó Lucas.

Le dijo Manola que sus padres sí vivían juntos y que por circunstancias de la vida vivían cerca de su casa, en su pueblo, aunque nunca fue a verles nunca más. Los vecinos hablan de ello pero eso a ella le daba lo mismo porque siguen siendo maltratadores.


Ella ahora tiene 50 años y nadie puede obligarla ni a quererles ni a aguantarles. Se fue con diecinueve años y en treinta años apenas los ha visto. Pasan por delante de su casa y los ve por la ventana o por el balcón, y a veces los saluda, pero a su casa no va nunca ni de visita.

Lucas le dijo que él si volvió a casa, pero de su madre. Volvió y cogió el toro por los cuernos y empezó a doblarle la cabeza con el paso de los años poco a poco. Y desde el primer momento empezó a vivir como a él le gusta, como ha querido.

Manola le respondió que había muchas maneras de retorcerles el cuello, porque su madre le ha dicho muchas veces que vaya, pero ella no va a ir. Es su manera de torcerle el cuello al toro.

"Pues mejor. Yo sí fui. Pero a verlo en un bar, no en su casa - le dijo Lucas - Y así todos los años".

Pero para Manola era distinto, ella pasaba totalmente de ellos y se los hacía saber con su actitud, que le importaban un bledo. Y de esta forma les jodía cien veces más que todos sus reproches. Lo hacía no por joderles sino porque eran tóxicos.

"El orgullo del viejo era que no quería ser cuidado por mí pero lo dejé estar en su pequeño local donde vivía hasta que murió" le contó Lucas.

"Ya está bien de sufrir por culpa de ellos, menuda infancia y adolescencia de mierda me dieron. A estas alturas, se mueren y a mí me da lo mismo" - respondió Manola.

"Se ponen los pelos de punta. Yo no gasté confianzas con mi padre pero en el bar donde nos veíamos me quería calladito. Poco a poco fui alterando la cosa y no le gustaba que yo hablase más de la cuenta" le dijo él.

"Pues para ellos es un bochorno que yo esté en el mismo pueblo y no vaya a su casa ni a verlos" dijo ella.

"Bochornoso para lo que dice la gente" contestó.

Pero todo el pueblo sabía que a las niñas mayores les pegaban. A ella más porque era más bocazas. Las leyes romanas que dictan que para los niños la conservación del apellido para las niñas trabajos esclavos y ninguneos. Puede haber algo más machista que eso?.

Para algunas personas ir a su casa, es como aceptar sin palabras que todo está bien, pero no lo está. Así es como Manola piensa y no va a ir nunca, se quedará en su modesta casa de alquiler mientras les jode con su sola presencia lo que les queda el resto de la vida. Un modo de anular el rollo machista arcaico aunque sea sin palabras.

Sé fuerte porque contra una persona fuerte no hay machismos ni abusos que valgan.


Manola, la maltratada que cogió el toro por los cuernos y dejó que se pudrieran.


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domingo, 16 de noviembre de 2025

Delfina, la inmigrante sudamericana que nunca estuvo casada

 Delfina era una mujer inmigrante sudamericana maltratada, que fue detenida y apartada de sus hijos.

Todo empezó estando embarazada de su pareja, de la cuál se separó sin haber estado nunca casada.

Durante una revisión médica con el ginecólogo, el médico le abrió un informe que entregó a la policía, por encontrarla en crisis de ansiedad con trastorno depresivo.

En el informe se narraban las secuelas por los malos tratos recibidos, físicos y psicológicos, de los que había sido víctima durante años.

Aquello abrió un proceso.

Al principio de su relación, ella esperaba la concesión de la nacionalidad. Su pareja parecía ser el hombre de su vida. Todo perfecto hasta que empezaron a vivir juntos, y la empezó a aislar.

No la dejaba ver a su familia ni a las amigas porque se ponía violento y le pegaba. Y encerrada en casa poco a poco la fue anulando.

A los malos tratos recibidos se sumó el maltrato institucional que le provocó desconcierto y consternación.

En la vista contra su ex pareja, la sentencia absolvió al hombre. El juez llegó a decir que no encontró pruebas para condenarlo y consideró el testimonio de Delfina no creíble, por ser una mujer culta con estudios superiores como para no haberlo denunciado nunca.


Tiempo después su ex pareja tenía interpuestas un numeroso cupo de denuncias acusándola de querer sustraer a los hijos con la intención de llevárselos al extranjero.

Esto lo justificaba que ella se sentaba en un banco de la plaza frente a la vivienda donde ya entonces, él vivía con su esposa, otra mujer, con el infinito deseo de ver a sus hijos.

Con ello, el individuo logró que los jueces de lo civil le quitaron a Delfina la patria potestad para concedérsela de forma no definitiva.

La mujer entonces estuvo varios años sin poder ver a sus hijos a pesar de que no existían órdenes de alejamiento ni prohibición que le impidiera verlos.

Era evidente que Delfina sufría una trama judicial en los retorcidos juzgados de la ciudad donde seguía siendo una inmigrante.

Esto destrozó la poca fe en la justicia que le quedaba a la mujer. Aquella estratagema de su ex pareja fue muy hábil gracias a su abogado.

Mientras, ella siguió trabajando de camarera en el mismo restaurante que los últimos diez años. Su vida habitual consistía en trabajar.

El ex marido sin embargo siguió denunciándola para impedir que se acercara a la casa donde vivía con sus hijos y su esposa.

Solicitó una y otra vez de forma urgente la detención de su ex pareja, a pesar de que los jueces afirmaban que no se podía proceder porque no concurrían supuestos legales, ya que Delfina comparecía ante el tribunal con su abogada y procurador siempre que se le solicitaba.

El proceso mostraba extraños favoritismos con las solicitudes de su ex pareja y padre de sus hijos, hasta visualizarse graves irregularidades jurídicas.

Los medios empezaron a llamarla "Madre loca" con supuestas dudas razonables que observaban en los juicios obviando con alevosía los malos tratos y el vapuleo institucional.

Un día emitieron la ejecución forzosa de detención contra Delfina en la que los jueces obviaron las infracciones y la mujer fue vapuleada y menospreciada de forma inaudita con actuaciones oscuras y nefastas sacadas de un marco jurídico medieval.

Dichas actuaciones contó con el beneplácito de la fiscal a pesar de las evidencias ilegales en una jurisdicción civil por no concurrir los supuestos para pedir la detención de Delfina.

La única circunstancia que podía haber motivado la acción de una medida penal, sería el grave riesgo para la salud o la integridad de los menores, circunstancia que no fue acreditada por el simple hecho de que la mujer se sentara en un banco de la plaza con la esperanza de ver a sus hijos.

La detención de Delfina fue innecesaria pero ninguna de las argumentaciones frenaron a aquellos jueces de lo civil y hicieron que la policía la metiera en un calabozo sin motivo para tenerla detenida.

Delfina, encerrada, interpuso un "Habeas Corpus", un mecanismo legal para proteger a los detenidos de arrestos arbitrarios que obligaba a comparecer ante un juez de forma inmediata con el fin de determinar si el arresto era conforme a la legalidad.

Pero no ocurrió nada, Delfina continuó detenida contra su voluntad varios días, lo que constituyó una violación de los derechos fundamentales, cuyo recurso de amparo fue presentado ante el Alto Tribunal, pero no progresó.

Tiempo después en una vista la declararon culpable con pena de prisión de poco más de dos años, equivalentes a los años de inhabilitación para ejercer la patria potestad por su supuesto intento de sustracción de menores.

Todo ello a pesar de no quedar probado que sentándose en el banco de la plaza pretendiese sustraerlos y llevárselos al extranjero.

El juez así lo estimó. Aplicó el intento de sustracción de menores pretendiendo que la mujer incumplió gravemente la resolución que la despojó de la patria potestad.

Meses más tarde hubo otra vista que sorprendió por su rapidez, ya que los procesos judiciales suelen ir extremadamente lentos en los casos de juicio civil.

En la vista se decidió la custodia definitiva de los menores ante la condenada. Delfina fue inhabilitaba para la patria potestad. Perdió definitivamente a sus hijos. Incluidos el recién nacido.

En prisión se hizo muy amiga de una compañera de celda sin saber que aquello convertiría su vida en un infierno.

Salió de forma prematura previo pago realizado por un extraño abogado aconsejado por su amiga.

Unos hombres amigos de su compañera la esperaron a la salida de prisión y se la llevaron a un piso donde la obligaron a ejercer la prostitución para pagar el dinero que supuestamente les prestó para su prematura salida de prisión.
Delfina quedó hundida en la mugre recibiendo palizas del proxeneta encargado de cobrar la deuda. Toda vez que el individuo entendía que no recaudaba bastante dinero le daba una paliza.

José Francés era un ex abogado que había dejado la abogacía para dedicarse a su carrera de escritor de novela negra y se había convertido en uno autores más vendidos del país.

Un amigo le contó lo que ocurría en una vivienda de un piso cercano a donde vivía y el ex abogado escritor cogió gran interés por el asunto que su amigo le contaba.

Estuvo algunos días en la casa de su asunto amigo y fue testigo de lo que ocurría en aquella vivienda prostíbulo. Incluso vio al chulo darle una paliza a la prostituta Delfina porque al parecer no recaudaba lo suficiente para pagar su préstamo.

Cuando el chulo se fue, José Francés habló con Delfina y consiguió convencer a la mujer para apoyarla en un juicio humanitario que la liberara de aquel infierno.

El escritor decidió entonces defenderla por motivos humanitarios sin saber que en el ICA le habían dado de baja como abogado. Se olvidó de pagar las cuotas sin que recibiera notificación alguna al respecto.

Cuando presentó la denuncia para defender a Delfina, provocó que no se activaran los protocolos para proteger a la víctima y se iniciara un procedimiento para deportarla.

Cuando acudió al juez, José Francés fue detenido por agentes de policía por un presunto delito de intrusismo profesional.

Para su fortuna, el juez que llevó su caso archivó el presunto delito de intrusismo trasladando su malestar por lo ocurrido.

El famoso escritor decidió entonces no tomar acciones legales contra el otro juez que provocó su detención.

Se concentró plenamente en la defensa de la prostituta Delfina contra el proxeneta que la maltrataba.

El ex abogado ganó el juicio humanitario en favor de Delfina, consiguiendo liberarla del yugo de la prostitución, además de que no la deportaran y obtuviese la nacionalidad.

Algunos años después el ex abogado escribió un libro que se convirtió en un auténtico best seller de gran éxito, donde describía detalles del caso con personajes ficticios y nuevos conocimientos de lo que le ocurrió a Delfina, y cómo se cruzaron sus vidas para defenderla en un juicio humanitario.

En su sofisticado relato describió cómo un juez, sea del extremo que sea, corrompe y hace mucho daño a las instituciones de justicia y a la democracia del país.

Subrayó con énfasis el sufrimiento al que fue sometido su esposa, la madre de su hijo.


Delfina, la inmigrante sudamericana que nunca estuvo casada


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Leo, el chico que trabajó en los negocios de cocina de su padre

Leo era un chico que trabajó en los negocios de cocina con su padre desde temprana edad. Siendo pinche a la edad de dieciséis años empezó a recibir palizas periódicas.

Trabajaban en un hotel de la costa que se llenaba de extranjeros de todos los países de Europa y Estados Unidos. Era un sitio privilegiado a cien metros de la playa rodeado de monte y campo.

Un día estaba limpiando merluza congelada y fuera por lo que fuera que Leo ensoñara despierto sin dejar de trabajar, su padre, jefe de partida, delante de todos en la cocina, le dio una paliza para que dejara de ensoñar.

Qué podría haber en la ensoñación que fuera malo para la vida o para vivir?. Qué envidia o odio despierta en otros aquellas personas que tienen capacidad para la ensoñación despiertos?.

Lo cierto es que Leo se estaba convirtiendo en un joven muy pero muy atractivo. Algunos camareros y cocineros del hotel intentaron buscarle un mote sin conseguirlo. Demasiado inteligente para mentes y pensamientos simples.

El caso es que aquello se fue convirtiendo en un infierno para el pobre Leo y él ya había empezado a cavilar profundamente la forma de crear verdaderos problemas a aquellos individuos de la cocina y el resto del hotel que se quedaban quietos ante tales agresiones aunque fuera de su padre. 

Es que ni el mismo jefe de cocina allí delante mismo, hizo nada ni le llamó la atención al agresor por lo que ocurría en sus narices, incluso se rio como todos.

Solo el jefe de economato fue un hombre decente que un día en su horario de descanso coincidió con Leo en el paseo marítimo y se sentó con él para decirle que denunciase a su padre a la Guardia Civil.

Pero Leo le dijo que no, porque él solo tenía dieciséis años, ya lo había pensado y no saldría bien.
Fue pasando el tiempo y lo que fue su problema con su padre y el hotel se empezó a convertir en un problema de confrontación entre el hotel y su padre. 

Ahora le pegaban con razón. No estaba a su horario en la cocina, pasaba la noche bailando en las discotecas chocheando con extranjeras y no iba por casa. Le pedía dinero al hotel de su sueldo y después llegaba su padre para cobrar y le daban el resto. Se había convertido en un problema y acababa de cumplir diecisiete años.

Al final lo echaron de trabajar en el hotel con una indemnización sustanciosa porque le quedaba un año de contrato. Se había convertido en un chico muy atractivo y hermoso.

Su padre seis meses después había cogido la cocina de un bar restaurante donde se daban cantidades importantes de desayunos. Su horario se extendía desde las 6 horas de la mañana hasta las 20 horas de la noche. El resto del día su padre que llegaba del mercado de abastos antes de las 12 h del mediodía hasta que cerraba ya a las 24 h.

Las agresiones empezaron a ser continuas y diarias y él no sabía hasta cuándo iba a aguantar. Los camareros del negocio no se llevaban bien con él por el mero hecho de ser diferente y algunos eran auténticos sádicos en el trato además de ser algunos, de la acera de enfrente.

Todos los días encontraban una queja en la que el único culpable era Leo, que no sabía qué buscaba esta gente pero lo intuía, esas miradas morbosas y esas maneras de acercarse al chaval decían muchas cosas.

Qué historias le contaban a su padre para que cada día nada más llegar, la emprendiera  a golpes con lo primero que pillara, con la escoba o arrojándole cosas por la cabeza incluso la olla caliente o hirviendo y obligarlo así con todo encima a llevarle un plato de bacón con huevos a los clientes dándole patadas y puñetazos, llamándole "guapito de cara" mientras nadie hacía nada y algunos se reían.

Más pronto que tarde Leo compró una mochila y una tienda de campaña de lo más barata y un día por la tarde cuando regresó más temprano de lo habitual del trabajo con su moto, llegó a su casa, cogió la mochila, dejó las llaves a la vista y se dirigió donde vivía su madre.

La pobre lloraba pidiéndole que no se fuera pero él no aguantaba más. Ella le acompañó a la estación del ferrocarril y sacó billete a cualquier parte. Su madre lo abrazó llorando y le dio dinero y el número de teléfono para que llamará a donde ella vivía y el tren silbó y se llevó a Leo para vivir otra vida.

Leo, el chico que trabajó en los negocios de cocina de su padre. Leer lee lecturas.


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sábado, 15 de noviembre de 2025

El marqués que no era marqués pero le llamaban marqués

Él no era ningún marqués pero le llamaban "El Marqués". Tenía un porte elegante, una mezcla de militar y play boy, pero en realidad era pobre y nadie lo sabía. 

Se pensaba que era rico porque vivía en un hotel en la zona costera más deseada y soñada por cuantos podían disfrutar de una embarcación de recreo con carnet de patrón.

Eso era él, capitán y patrón de un barco de recreo sin ser el verdadero dueño, porque el dueño era otro a quién servía por su gran don de gentes.

Le gustaba agasajar casi avasallando, a cualquier dama de su interés que le procurase buena prensa y ser el centro de los corrillos con su impronta de caballero cabal y elegante, en realidad un personaje interpretado por un buen actor.

Un día conoció a una mujer tan bella que no dudó en tomarla por esposa. Se acabó el galán caballero cabal de aquellos años 70. Se convirtió en un patrón de barco sin rumbo y se fue hundiendo poco a poco cada día más, hasta que dejó de interpretar ese personaje de buen actor siendo eclipsado por la belleza y don de gentes de su bella señora.


Afloró entonces el verdadero marqués, una persona sin alma, sin escrúpulos ni empatía, que sintiéndose el perrito faldero de su mujer la encerró harto de que los jóvenes la cortejaran y sus antiguos camaradas admiraran su hermosura y su encanto.

No podía soportar los cuernos ni saber a su mujer en los brazos de otros como él estuvo en brazos de otras. Parecía una sombra oscura de aquel que había sido, antes de que ella llegase a su vida y le llenase la casa de niños que se comían el dinero de su riqueza naval.

El armador y dueño de su embarcación le había derogado los recursos de su barco en favor de los encantos de su mujer y sus hijos. Ello provocó un golpe de efecto en el control que ejerció durante tantos años como suyo. El centro de su hombría se hizo añicos.

La gente le preguntaba dónde estaba su mujer, que desapareció de repente de la escena social. A sus cuatro hijos, dos niños y dos niñas, les había contado que mamá se había vuelto loca y estaba muy enferma. Por eso la tenía encerrada en un zulo que había construido en el sótano de su casa, para que los vecinos no oyesen sus lamentos.

Cada día llevaba a sus hijos a la escuela con una sonrisa amable y respondía a quienes le enviaban saludos para su mujer. Cuando alguien le preguntaba a sus hijos en su presencia, los niños contestaban que se había quedado en casa haciendo las tareas.

Pero lo cierto es que la gente empezó a sospechar algo raro y dieron parte de ello a la Guardia Civil y la policía. 

Él se percató de las habladurías y lo que hizo fue sacar a su mujer del zulo del sótano. La metió en el portaequipajes de su Seat 500 en plena noche y la llevó al barco. La introdujo dentro de un saco de patatas de esparto que amarró bien para que no se pudiera escapar y la dejó en la bodega de almacenaje.

Por la mañana salió de la casa con sus hijos y la gente le preguntaba dónde iban tan elegantes. Los niños contestaban que iban a navegar por la bahía con su mamá que les esperaba en el barco. 

Con una sonrisa en los labios se apresuró a subir sus hijos al coche y partieron raudo hacia el puerto embarcando rápidamente.

Hizo levar amarras a sus marineros sin permitir embarcar a ninguno de ellos con la excusa de ser un viaje familiar, y cuando se distanció del muelle vio llegar la Guardia Civil.

Entonces sacó un maniquí vestido con ropas de su mujer para aparentar que le acompañaba a bordo mientras el barco salía a mar abierto.

Él ignoraba que la Guardia Civil había estado en su casa, habían bajado al sótano y descubierto el zulo, marcado de sangre y uñas arrancadas de las palizas que le había dado a su mujer a diario. 

Al muelle había llegado una avanzadilla con órdenes estrictas de no intervenir para no poner en peligro la vida de la mujer.

Cuando llegó a alta mar, cogió el saco de patatas que contenía a su mujer y se lo echó a la espalda. Lo subió arriba con intención de arrojarlo por la borda al mar. 

Pero la mujer vio a sus hijos a través de los cuadros del saco y los llamó con voz muy débil. Los niños que jugaban en proa la oyeron y agarraron el saco para impedir que su padre la tirara al mar.

El padre los sacudió a bastonazos logrando que los niños soltaran el saco. Los alejó de su víctima y exhausto lo arrastró hasta la borda. 

Dando bastonazos a los niños para mantenerlos alejados, respiro y arrojó el saco por la borda, justo en el momento que una patrullera abordaba su embarcación. 

Le dispararon en las piernas y dos buzos saltaron de inmediato al agua tras aquel saco mientras los niños lloraban por su madre ensangrentados.

Pronto los buzos aparecieron a flote con la mujer viva, sin fuerzas pero viva, siendo izada a bordo de la patrullera, pegada a estribor del barco de recreo.

La mujer, en extremo muy delgada por falta de alimentos y dolorida, fue echada en una camilla para ser atendida por médicos y enfermeros.

Permitieron a sus hijos que la abrazaran un momento, pero tenían que llevarla pronto a un hospital. Así que los guardias se repartieron entre ambas naves sin perder tiempo.

La patrullera se separó del barco de recreo y salió disparada a máxima velocidad hacia el puerto protegiendo a la mujer y los niños dentro de la cabina.


El marqués quedó esposado y vigilado en el barco de recreo siendo asistido de los disparos que habían atravesado sus piernas. 

La Guardia Civil puso en marcha el barco que lentamente enfiló su proa rumbo al puerto.


8. El marqués que no era marqués pero le llamaban marqués


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viernes, 14 de noviembre de 2025

Las amantes, los amantes, las queridas, los queridos y las secuelas del tiempo

Apenas tenía poco más de un año, pero lo percibí tan brutal, que el trauma quedó en mi mente para siempre.

A principios de los años 60 del siglo XX, por primera vez fui consciente. 

Mis padres discutían tan fuerte que posiblemente se escuchaba en todo el barrio. 

Mi padre usaba la violencia mientras empujaba a mi madre, a golpes una y otra vez, derribándola sobre la cama.

Ella intentaba salir de esa trampa, entre la cabecera de la cama, la pared y el armario.

Pero mi padre era un hombre experto, muy fuerte, de 175 centímetros de estatura, mientras mi madre era delgada, débil, de 170 centímetros.

Mi padre había servido en infantería de Marina, estaba entrenado, sabía manejar armas. 

Mi madre había sido educada en los quehaceres del hogar, cocinar, limpiar, zurcir, coser y remendar.

Mi padre dominaba su vida y no la dejaba salir, mientras él llevaba una vida mundana de trabajo y caprichos.

Era un cocinero muy apreciado por la clientela en los distintos establecimientos que llegó a tener arrendados a lo largo de su vida.

Le gustaba deleitar a los clientes con su ensaladilla rusa, sus tortillas de patatas, sus huevos al plato de guisantes con  tomate frito, sus costillas de cerdo o cordero lechal, hechas a la plancha acompañadas, con esas patatas fritas tan peculiares de sabor.

Pero se perdía por las mujeres y por el póker, dejando abandonada a su mujer con muchas semanas sin pasar por casa.

En aquellos tiempos mi madre había tenido su primer hijo, y con solo un año, vi cómo mi padre le pegaba una paliza a mi madre.

Estoy seguro que los gritos se oían en todo el vecindario de aquel barrio donde vivíamos, con todas sus callejuelas y sus viviendas de puerta y ventana de los años 50.

Aunque tenía solo un año, aquello quedó grabado a fuego en mi mente de niño, y mi subconsciente nunca lo olvidó.

Desde entonces mantuve equidistancia con mi padre, que llegó a pasar 
por la cárcel varias veces durante algunos años, tras haber sido cogido in fraganti con cargamentos de droga de un grupo clandestino que nunca llegó a ser desarticulado.

Hablando un día con mi tío, el hermano de mi madre, llegó a contarlme un relato que desconocía de mi madre.

Hubo un tiempo que sintiéndose abandonada, llegó a salir con otros hombres.

Tuvo un amante en la misma medida que mi padre salía por las noches, presumiendo a la vista de todo el mundo con personas pudientes de más nivel social. 

Mi padre se enteró y una noche la siguió hasta que el amante y ella se separaron.

 Entonces se le echó encima, la cogió de los pelos, la arrastró y la metió con violencia en el descapotable prestado de alguna de sus amantes.

La llevó a la playa y allí en la oscuridad de los años de 1960 le metió una paliza.

Después se arregló el traje y el pañuelo del bolsillo, salió de la playa y se fue con el coche dejándola allí abandonada.

Por la mañana la Guardia Civil encontró a mi madre malherida y delirante. 

La llevaron a la urgencia de la Cruz Roja, después localizaron a mi padre, dueño y señor de mi madre en aquellos tiempos.

Años después, cuando salió de la cárcel tras cumplir condena por tráfico de drogas, no tardó mucho en agobiarse, y llegó el día que volvió a pegarle a mi madre por desobediencia.

Pero entonces todo había cambiado, mi madre podía tener cuenta bancaria y la libertad de echarse en los brazos de cualquier amante, sin tener que dar explicaciones a mi padre, incluso optar al divorcio.

Algo que también había cambiado era yo, su hijo, que ya no era un niño pequeño sino un chaval al borde de los dieciocho años.

Mi padre percibió el peligro de una pelea de gallitos, ante el temor de que le disputara su hegemonía como cabeza de familia.

En cuanto tuvo la ocasión empezó a pegarme a mi también con el objetivo de someterme.

Pronto comprendió que no lograría someterme, lo vio en mi mirada y esto le enfureció mucho.

 Se dio cuenta que tenía que irse de casa y buscarse su zulo por lo que pudiese pasar.

Las circunstancias le obligaron a comprar un pequeño negocio de hostelería, con una habitación en lo alto del local donde colocó una cama y llevó todas sus pertenencias para no volver a casa nunca más.

Con la vejez tuvo necesidad de hacer las paces conmigo. Quiso ser mi amigo. 

Pero se topó con el muro de la equidistancia y el resentimiento.

A pesar de vernos semanalmente para tomarnos unos cafés juntos, nunca desapareció la barrera insalvable de la desconfianza, que nos separaba irremediablemente.

Cuando mi padre murió, no pude derramar ni una sola lágrima. 

El intento de amistad de mi padre era una penitencia de la vejez, nunca pidió perdón por todo lo malo que nos había hecho.

Habíamos sido padre e hijo y viceversa, pero no nunca hubo un cariño verdadero, más allá de una amenaza latente.

Sin embargo cuando murió mi madre, sentí todo el peso de la pérdida, de la única amiga que he tenido en el mundo.


jueves, 13 de noviembre de 2025

Juan, el borracho con los sesos quemados por el vino rancio

 El año 1965, Paquito era un niño pequeño muy observador. Vivía en una calleja de unos cuatro metros y medio de ancha que se alargaba de una punta a otra en un barrio histórico.

Juan era su vecino, un tipo grande y enorme de 185 centímetros de altura que tenía cuatro hijos, tres chicas y un chico, y cuando llegaba muy borracho le pegaba a la mujer, bajita y pequeña de apenas 158 centímetros de altura.

En aquellos tiempos se consideraba trifulcas de matrimonio. El marido era un jornalero del campo donde echaba su jornada de sol a sol cuando no estaba en la taberna dándole al vino rancio de barril.

Un día llegó tan borracho que se le fue totalmente la cabeza, y aunque apenas se sostenía de pie empezó a pegarle a la mujer.

Esta cogió un palo y se defendió de aquel león enfurecido y amargado, pero el borracho enseguida se dirigió a la humilde habitación donde duermen sus hijos y empezó a pegarles con los nudillos en las cocorotas mientras la mujer le pegaba con el palo defendiéndolos de la grave agresión.

Los vecinos se agolpaban a la puerta de aquel hogar abierto de par en par sin atreverse a entrar escuchando dentro gritos, llantos y porrazos.

Finalmente algunos hombres y mujeres entraron en aquella habitación y vieron a Juan enfurecido pisoteando a su mujer. Sus dos hijas agarradas a su espalda le pegaban y el hijo intentaba sacar a su madre de debajo de las piernas de su padre. La más pequeña lloraba desesperada muy asustada.

Al ver a los intrusos Juan se enfureció más y gritó a todos que saliesen de su casa. Los niños soltaron a su padre y se refugiaron tras los vecinos. Algunos hombres rodearon a Juan intentando calmarle y las mujeres consiguieron sacar a su mujer de debajo de sus piernas.

Perder a su presa lo trastornó y empezó a propinar puñetazos a los hombres que sorprendidos empezaron a defenderse de los golpes del borracho, y Juan recibió un golpe directo que lo tumbó en el suelo.

Empapado en sudor, aparentemente derrotado, Juan gritaba a todos los vecinos que se fueran de su casa, les escupía y los mandaba a la mierda a meterse en sus asuntos.

Llegó la Guardia Civil con sus tricornios negros pidiendo paso entre el gentío hasta llegar a Juan, que echado sobre el suelo apoyado en la pared, arremetió contra los guardias violentamente llamándolos de todo menos bonitos como un demonio, escupiendo para que se fueran de su casa a la puta mierda.

Incluso intentó morderlos en las piernas ya que no tenía fuerzas para levantarse ni dar puñetazos, y fue cuando recibió un golpe con la culata del subfusil en toda la cara que lo dejó soñando.

Lo cogieron entre varios guardias a una orden del sargento y lo sacaron a la calle donde esperaba el coche patrulla Renault 4. 

Lo esposaron por si se despertaba durante el trayecto. Lo metieron dentro ayudados por los vecinos que tiraban del gigante por la otra puerta arrastrándolo hacia dentro, y se lo llevaron.

Enseguida llegó un coche Seat 1500 de la Cruz Roja para atender a los heridos, mujer e hijos de Juan y algunos vecinos que habían recibido golpes intentando proteger a la familia.

Juan pasó varias semanas en un calabozo hasta que lo soltaron. Entró andando por la calleja de su barrio como un santón observado por los vecinos hasta entrar en su casa.

Seguido por la mirada de su esposa, sin dirigirle la palabra, fue directamente a la habitación del matrimonio, se desnudó y se echó en la cama a dormir para volver a su trabajo en el campo a primeras horas del amanecer.


Juan, el borracho con los sesos quemados por el vino rancio


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miércoles, 12 de noviembre de 2025

Gran sonido ensordecedor, poema sin alma

 Gran sonido ensordecedor

que me llena los oídos

y no dice nada.


Infinita es la vida

aún la muerte siempre presente,

porque en el camino

más allá de la esperanza

el espíritu prevalece

verdadero y fuerte.


¿Quieres vivir?.

¡Vivencias te deseo!.

A ti que te crees mucho

y no eres nadie,

sino uno más entre nosotros.


Sublime coexistencia

del ser, del querer o no,

y solo al fin

bulle tu pensamiento

y balbucea palabras

antes de perecer.


Tiene que ser lo que

cada uno quiere ser,

en una sociedad

en la que personas

que no se conocen a sí mismas

impiden que otros sean

lo que quieren ser.


Sin piedad en la vida

es el lema de unos pocos,

y los impíos serán

los convidados de la gloria

como los desheredados del poder.




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Nina, la suiza que quiso adueñarse de mí

Durante años, unos suizos y yo coincidimos algunos inviernos en la playa.   Un verano los vi entrar al merendero mientras tomaba unas cervez...