Tengo la Sagrada Convicción de que esta lectura no será en vano.
Cuando tenía poco menos de dieciocho años, escribí uno de mis relatos más personales, donde describo la voluntad de irme lejos, y cuanto más lejos mejor.
Tengo la Sagrada Convicción de que esta lectura no será en vano.
Cuando tenía poco menos de dieciocho años, escribí uno de mis relatos más personales, donde describo la voluntad de irme lejos, y cuanto más lejos mejor.
1: Yo soy soltero por motivos personales y espirituales.
Siempre he echado ascos a las relaciones de compromiso, en las que me prometen que seré libre, pero me harán trabajar chorros, y ese dinero no será mío ni lo podré disfrutar.
Nunca he aceptado que alguien, diga ser mi pareja y exponga mis intimidades, a sus amigas y amigos, que no son gente con la que yo quiera estar.
Tampoco acepto que alguien que no soy yo, sepa con quién ando y con quién me acuesto.
2. No me interesa que hagan negocio conmigo, echándome en los brazos de sus amigas, por cosas rango social.
Ya sabéis a qué me refiero.
A la posición, el estatus o la jerarquía que alguien ocupa dentro de un grupo a través de ciertos comportamientos (relaciones, apariencias, amistades) que se usan para mantener o aumentar esa posición.
3: Me niego a tener relaciones, con personas que no quiero, como estatus de aceptación o influencia, que siempre viene acompañado, de manipulación o obligaciones.
Relaciones obligadas que me van a robar mi verdadera libertad.
Mis intimidades personales expuestas para beneficios de otros, que me van a crear un agujero en mi cuenta bancaria de miles de euros.
4: A través de palabras amorosas, me han querido obligar a trabajar de por vida, sin poder disfrutar de lo dineros que haya ganado.
16. Abrí mis espacios para respirar y tener claridad mental, y eso me ayudó mucho.
Porque lo que digo de no ser “válido socialmente”, muchos dirán que, entienden completamente mi postura.
Que no es que yo sea menos, sino que, ciertos grupos y normas sociales, deciden quiénes entran en sus juegos, quiénes cuentan, y quiénes son “aceptados”.
17. Gente casada o con compromisos, definen el estándar social de todos, haciendo creer que si me mantengo al margen, lo hago siguiendo mi propia lógica y libertad, y eso no me da derecho a tener oportunidades, y una vida digna.
Pero yo sé que mi perspectiva, es tan auténtica y diferente, que no tengo por qué depender de validación externa, para vivir mi vida, y haber tenido mis oportunidades.
18. Ese contraste entre mi libertad, y las reglas sociales forzadas, han sido y serán, mi fuerza y verdad.
"Dice la ONU que al 16% de las mujeres mayores de 15 años nos han tocado, abrazado y besado sin nuestro consentimiento. ¿Qué opináis?."
Celeste - ¿Dieciséis por ciento?. ¿A qué convento han ido a preguntar?
Josele - Te puedo contar una historia pero como tengo un libro casi terminado sobre machismo y me veo obligado a quitar una historia, pues voy a colocar la que me he acordado gracias a ti.
Celeste - ¿Algo sobre conventos?.
Josele - No. De la vida real.
Celeste - Pues ahora quiero saberlo.
Josele - Estoy escribiendo. Acabo de escribir la historia 22, que es gracias a ti que me he acordado de ella. He recordado lo que pasó. Pero voy a tener que borrar la historia 17 que es un hecho real que pasó a otra persona.
Celeste - Muy interesante. Un honor contribuir aunque sea un poquito.
Josele - Muchas gracias en primera persona. Tengo muchas historias que vi y viví, pero para que salgan tiene que haber algo que las motive. En este libro hay víctimas que son hombres y otras mujeres. En definitiva, machismo.
Celeste - Creo que puede ser una gran herramienta para educar a los hombres un libro sobre machismo escrito por un hombre con historias en las que también son víctimas. Interesante!.
Josele - Gracias por tus palabras. Espero que lleves razón, porque la sociedad necesita una vacuna, ya sea educativa o filosófica, que sea fácil de asimilar y que vaya produciendo cambios.
Celeste - Gracias a tí, Josele. Tienes mucha razón en eso.
Josele - Si lo piensas, todos hemos sido víctimas.
Celeste - Sí, muchas veces se trata de evitar que las víctimas se vean en la posición de cambiar a verdugos.
Josele - Lo malo es cuando desconoces por qué pasa un suceso. Ahí es donde yo entro por primera vez. A mí en vez de ayudarme, alimentaban la morriña y la agresividad. Lo que pasa es que soy un hombre.
Celeste - Es otra perspectiva.
Josele - Exacto. Otro trato diferente, pero es lo mismo.
Otilio era uno de esos tipos duros nacidos en la posguerra, un don Nadie que solía robar gallinas y otros animales para revenderlos a algún avispado adinerado.
Era un verdadero delincuente que abusaba de las putas en los callejones oscuros y robaba carteras asaltando a sus víctimas en la oscuridad de la ciudad.
Un día hizo un trabajillo robando en un chalet y le salió tan bien que rebosó su cuenta particular con mucho dinero. Se creyó rico y comenzó a vivir como tal comprando una casa solariega con un pequeño jardín a la entrada del recinto y se paseaba por los cafés presumiendo ante mujeres de alcurnia. Pronto conoció a un hombre muy amable que se hizo muy amigo de él.
Poco a poco su nuevo amigo lo fue introduciendo en un círculo de personas con altos ingresos y conoció a un verdadero capo de la ciudad que pasaba por ser un gran empresario y casi sin darse cuenta el grupo lo absorbió como matón contra su voluntad.
Un día lo enviaron a sacarle los cuartos al dueño de un hotel y comprobó atemorizado cuan violentos eran los sicarios viendo cómo dejaron muy desfigurado al hotelero y hizo que echara la papilla de todo lo que había comido quedando su barriga revuelta asqueado de aquella violencia.
Agarró a su amigo por el cuello y este se revolvió poniéndole una gran navaja a punto de ser clavada en su estómago. Entonces comprendió que su amigo lo había captado y que aquello era un grupo organizado.
Eran los dueños de algunos de los mejores puticlubs de la ciudad. Llevaban una vida de lujo, secuestros y asesinatos. Comprendió que él no era ni la mitad de malo que aquellos matones, que solo era un delincuente común.
Ante su negativa a dar palizas lo colocaron de proxeneta a vigilar putas. Allí conoció a Magda, una puta de la que se hizo muy amigo hasta el punto de enamorarse de ella. Ella le contó que habían mujeres que se revelaban y desaparecían.
Llevaban una vida de deuda continua que nunca desaparecía. Aquellas que habían conseguido salir de aquel infierno tuvieron que abonar una considerable fortuna casi imposible de conseguir.
Un día se acercó al puticlub fuera de su horario y contrató a Magda. Pasaron una noche entera juntos y le pagó una gran cantidad considerable de dinero para pagar su libertad. Magda lo rechazaba pero Otilio la convenció para que se lo guardara y pagase su deuda.
Al otro día fue a su trabajo de vigilar putas y no encontró a Magda. Preguntó a algunas chicas dónde estaba pero no consiguió información, excepto de una chica morena que le dijo que le habían encontrado un montón de dinero y se la habían llevado.
Un Otilio enfurecido asomó por su rostro crispado. Fue a buscar a su amigo y sin contemplaciones le estrelló la cara contra un banco de piedra una y otra vez hasta que desfigurado le dijo dónde estaba.
Corrió hacia el muelle donde vio un yate precioso a punto de zarpar con el nombre que le había dicho su captador. Con una fuerza brutal asaltó el yate provocando un reguero de heridos ensangrentados.
Encontró al capo en el interior y sin mediar palabra lo arrojó contra los cristales de las ventanas una y otra vez hasta dejarlo casi muerto.
Se oyeron tiros y eso atrajo la atención de la Guardia Civil del puerto y sonó la alarma de zafarrancho. En unos minutos la guardia costera y guardia civiles a pie rodearon el lujoso yate, pronto se sumaron brigadas de la Policía Armada y todos apuntaban al interior esperando la orden de abordaje.
Empezaron a sorprenderse de ver salir a cubierta mujeres desnudas que habían sido violentadas, golpeadas, ultrajadas, muy delgadas con llagas profundas en sus cuerpos por las palizas.
Las ambulancias las abrigaban con toallas y sábanas mientras lloraban de miedo diciendo a los guardias que las iban a matar.
Empezaron a detener sicarios muy malheridos y los introducían en las furgonetas esposados a la espalda unos con otros.
Subieron a bordo observando la cubierta repleta de charcos de sangre y vieron salir del interior del yate a Magda siendo ayudada por Otilio.
Los guardias se abalanzaron sobre Otilio y le dieron un golpe con la culata derribándole al suelo, pero Magda lo protegió llorando pidiendo a los guardias que lo respetaran.
Un mando que estaba cerca lo oyó dio el alto y detuvo el acoso a Otilio. Los guardias se cuadraron ante su jefe y la mujer le dijo que él las había salvado, que las iban a matar. Magda no paraba de llorar y el mando aprobó las palabras de la dama.
- ¿Han oído a la señora?. Dejen a este hombre en paz y sigan buscando.
- ¡Sí, mi Comandante! - los guardias afirmaron bien fuerte y se cuadraron.
- Pues respeten. ¡Es una orden! - se cuadraron de nuevo y ayudaron a Otilio a levantarse con cuidado.
Lo esposaron y lo bajaron a puerto. No lo metieron en el furgón sino en una ambulancia para que fuese atendido por sus heridas no tan graves. Le esperaba unos cuantos años de presidio pero no le importaba. Sonrió por primera vez en su vida.
No recuerdo cuando fue exactamente. Pero era verano de 1980.
Fui a ver a mi padre al bar donde nos reuníamos en Torremolinos. Alguien le avisó sobre mi servicio militar. Me estaban buscando.
Por entonces vivía con mi madre en el entorno de la Plaza de Bailén.
Tal vez vivíamos en la casa alquilada en calle Josefa de los Ríos.
¡Menudo rollo para mí!. Aún no había conseguido liberarme de todos los obstáculos que me impedían vivir, una vida itinerante de viajes.
Lo pasé muy mal en el lateral del campamento Benítez.
Los muchachos con edad militar, se agolpaban en la entrada esperando oír su nombre.
Algunos proferían gritos. Eran los objetores de conciencia.
Más tarde que pronto, me di cuenta lo que significaba para mí. Gritaban por sus privilegios.
La objeción de conciencia, era un escape para los hijos de familias conservadoras.
Intervenían a su favor la creencia religiosa, y los valores culturales y matrimoniales.
Ser objetor de conciencia era una fachada.
Siempre he pensado que, las personas que se benefician del régimen, los de más privilegios, deberían ser los primeros en dar un paso al frente, para defender sus privilegios.
Ya sabemos que en época guerra, siempre llamaron a filas para la picadora, generaciones de jóvenes de familias sin privilegios.
En un principio, no alegué mi discapacidad de nacimiento. Decidí ir a la mili. Tenía curiosidad por ver lo que se cocía dentro.
Al CIR me llevaron a principios del mes de diciembre de 1980. El campamento, el Ferral del Bernesga, a solo catorce kilómetros de León.
Fue una gran experiencia. Pero lo que viví después en la academia de caballería de Valladolid, un verdadero aburrimiento.
De haber encontrado un aliciente, hubiera vivido una vida militar.
Pero ser militar en aquellos tiempos, partiendo de soldado raso, no tenía un punto de conexión con la vida que yo esperaba tener para mí.
Soy un aventurero. Me importa un mojón la política y los políticos.
Pero tener que abandonar mis cosillas en la Plaza de Bailén para morir de aburrimiento en el escuadrón de tropa, no entraba en mis planes.
En las instalaciones estuve todos los días soportando a compañeros que, no se habían librado de ser llamados a filas.
Me contaban que tenían novia y se iban a casar. Como si con eso le otorgara derechos para librarse.
Creían que no tenían que haber sido reclutados. O sea, querían tener los mismos privilegios que la gente privilegiada.
Después los veías frente a la televisión, por las tardes, viendo la serie Verano Azul, llorando mocos por la muerte del Chanquete.
Entre el CIR del Bernesga y la academia de Valladolid, estuve cuatro meses.
No pasó ni un solo que no pensara qué hacer con mi vida.
Reflexioné si vivirla en los cuarteles militares o una vida libre como civil.
Por eso digo, que de haber encontrado un motivo trascendental, hubiera hecho carrera militar.
Pero no me dejaron ver el bosque, y me sentí totalmente decepcionado.
Volver a la Plaza de Bailén, fue un alivio. Tenía a mi madre.
Fui excluido de terminar el servicio militar tras presentar mi discapacidad natal.
Tardaron lo suyo en darme la libertad. Como si no supieran de antemano que era un discapacitado auditivo.
La sentencia final tardó tres semanas.
Mientras, fui acosado por los amargados que pidieron estar exentos del servicio militar.
Esos que decían tener novia embarazada y se iban a casar.
Los mismos que querían librarse proclamando tener un hijo sin estar casados.
En las calles del distrito de Bailén, se respiraba la vida con muchos problemas todos los días.
En el escuadrón de tropa sin embargo devoraba esos roscos azucarados que vendían en los cuarteles militares.
No engordaba miaja pero pasaba mucha hambre. A pesar de que en el escuadrón de tropa, la comida era una maravilla, hecha por cocineros profesionales.
Fue dejar la mili, y la chica del Palo con la que salía, empezó a crearme problemas. Pero esa es otra historia.
Era una mujer con mucha humanidad, su marido era de lo peor del barrio. Bajito, engreído, abusador, ególatra, fascineroso, con una personalidad mediocre llena de todo tipo de traumas.
Manola estaba charlando de su pasado con Lucas, un amigo que había conocido en un viaje. Se sentaron en la mesa de la terraza de un bar contándose lo que les había ocurrido en la niñez, la adolescencia y la juventud temprana.
Hablaban del trabajo de servicio doméstico que ambos habían vivido de alguna forma u otra, la falta de protección de las políticas sobre los trabajadores de este tipo de trabajos que siempre benefician a señoritos y gente pudiente.
Decía Manola que lo de cuidar personas mayores dependientes está muy mal pagado. Cuidar ancianos no está pagado ni está reconocido y suele ser un trabajo muy duro.
Ella empezó en estos trabajos a raíz de la crisis de 2008. Su empresa como muchas otras de seguridad, quebró. Empezaron a sustituir personal cualificado por auxiliares. La edad influyó y la empresa empezó por despedir trabajadores a partir de 45 años, precisamente la edad en la que ya nadie los quiere en ningún sitio.
Lucas tenía claro que la edad influye. Se lo había dicho a muchos que le excluían a él y ahora lo están sufriendo. Él fue víctima de ellos.
Manola también se consideró una víctima del sistema, no de nadie en concreto sino una víctima más, "soy superviviente y el que me la hace me la paga", le decía a Lucas.
Él la creía y siguió oyendo lo que ella le contaba, que había denunciado más de una vez a empresas y había ganado judicialmente lo que le intentaron restarle laboralmente. Porque no todo el mundo llama al SEPE para que le valoren un contrato y muchas cosas ocurren por nuestra propia ignorancia. Lo cierto es que tal como están las cosas cualquiera puede terminar en una tienda de campaña o en la calle.
En el mundo laboral existen los excluidos porque no les gustan las personas con ideas diferentes, porque yo con mi familia nunca tuve una buena relación, son profundamente machistas y retrógrados. Me da igual porque yo sigo con mis ideas y sin ellas no sería yo. Y el tiempo me da la razón siempre, aunque ellos no. Ni falta que me hace. Me la da el tiempo y el tiempo no se equivoca nunca, pero ellos se equivocan siempre.
Yo con treinta años tenía muy claro que si quería acertar tenía que hacer todo lo contrario de lo que me ordenaran y aconsejaran. La cosa empezó a ponerse fea cuando tenía 16 años pero yo la tuve fea siempre.
Me fui de mi casa con 19 años a causa del ambiente irrespirable. Ellos ordenaban y una obedece, pero lo cierto es que yo nunca obedezco algo que considere que no está bien, y me daba igual quién lo mandase, como si lo manda el Rey.
Dicen que soy una rebelde y cosas de esas... Pero no me acobarda decir que mi padre era un maltratador físico y mi madre una maltratadora psicológica. Rebelde porque no obedeces?. Con mi padre que me pegaba literalmente a diario. Llegó un tiempo en que él me pegaba pero yo a él también y mi madre en vez de defenderme tenía broncas todos los días. Aún así, no consiguieron nada de mí, porque tiene que ser lo que yo piense y decida y nunca lo que me digan ellos.
Lucas escuchaba con enorme atención lo que le iba relatando su amiga Manola. Preguntó si le pegaban a diario porque a él empezó a ocurrirle lo mismo. "Pues a diario, quizás día sí día no". Respondió que a él llegó un momento en que le pegaban todos los días.
Manola siguió contando que se escapó de casa con 8 años y la obligaron a volver, y eso dice bastante de ella y de ellos. Entonces no era como ahora que a los niños se les escucha y hasta los colegios intervienen en ello.
Por aquel entonces no ayudaba nadie. Maltratar niños y adolescentes salía gratis aunque el maltratador fuese un padre policía o guardia civil, nadie se atrevía meterse en estos casos.
Ella se volvió muy salvaje y por eso él le pegaba más y hasta llegó el momento que ella aprendió a pegarle también a él. Ese día le dijo la suerte que tenía de que fuese mujer porque si fuese un tío ya le habría matado. Pero ella sabía que eso no importaba.
Ella era una superviviente. A ella nadie la iba a joder, porque si lo intentaran ella les jodería. Todo lo que no nos mata, acaba por hacernos muy fuertes.
Lucas le dijo a Manola que él lo que hizo fue irse de casa porque lo que ocurría es que llegó el tiempo que le pegaban todos los días y no podía aguantar más.
"Hiciste bien. Te comprendo, yo tampoco podía aguantar más", le dijo Manola.
"Mis padres no vivían juntos", le contestó Lucas.
Le dijo Manola que sus padres sí vivían juntos y que por circunstancias de la vida vivían cerca de su casa, en su pueblo, aunque nunca fue a verles nunca más. Los vecinos hablan de ello pero eso a ella le daba lo mismo porque siguen siendo maltratadores.
Ella ahora tiene 50 años y nadie puede obligarla ni a quererles ni a aguantarles. Se fue con diecinueve años y en treinta años apenas los ha visto. Pasan por delante de su casa y los ve por la ventana o por el balcón, y a veces los saluda, pero a su casa no va nunca ni de visita.
Lucas le dijo que él si volvió a casa, pero de su madre. Volvió y cogió el toro por los cuernos y empezó a doblarle la cabeza con el paso de los años poco a poco. Y desde el primer momento empezó a vivir como a él le gusta, como ha querido.
Manola le respondió que había muchas maneras de retorcerles el cuello, porque su madre le ha dicho muchas veces que vaya, pero ella no va a ir. Es su manera de torcerle el cuello al toro.
"Pues mejor. Yo sí fui. Pero a verlo en un bar, no en su casa - le dijo Lucas - Y así todos los años".
Pero para Manola era distinto, ella pasaba totalmente de ellos y se los hacía saber con su actitud, que le importaban un bledo. Y de esta forma les jodía cien veces más que todos sus reproches. Lo hacía no por joderles sino porque eran tóxicos.
"El orgullo del viejo era que no quería ser cuidado por mí pero lo dejé estar en su pequeño local donde vivía hasta que murió" le contó Lucas.
"Ya está bien de sufrir por culpa de ellos, menuda infancia y adolescencia de mierda me dieron. A estas alturas, se mueren y a mí me da lo mismo" - respondió Manola.
"Se ponen los pelos de punta. Yo no gasté confianzas con mi padre pero en el bar donde nos veíamos me quería calladito. Poco a poco fui alterando la cosa y no le gustaba que yo hablase más de la cuenta" le dijo él.
"Pues para ellos es un bochorno que yo esté en el mismo pueblo y no vaya a su casa ni a verlos" dijo ella.
"Bochornoso para lo que dice la gente" contestó.
Pero todo el pueblo sabía que a las niñas mayores les pegaban. A ella más porque era más bocazas. Las leyes romanas que dictan que para los niños la conservación del apellido para las niñas trabajos esclavos y ninguneos. Puede haber algo más machista que eso?.
Para algunas personas ir a su casa, es como aceptar sin palabras que todo está bien, pero no lo está. Así es como Manola piensa y no va a ir nunca, se quedará en su modesta casa de alquiler mientras les jode con su sola presencia lo que les queda el resto de la vida. Un modo de anular el rollo machista arcaico aunque sea sin palabras.
Sé fuerte porque contra una persona fuerte no hay machismos ni abusos que valgan.
Delfina era una mujer inmigrante sudamericana maltratada, que fue detenida y apartada de sus hijos.
Todo empezó estando embarazada de su pareja, de la cuál se separó sin haber estado nunca casada.
Durante una revisión médica con el ginecólogo, el médico le abrió un informe que entregó a la policía, por encontrarla en crisis de ansiedad con trastorno depresivo.
En el informe se narraban las secuelas por los malos tratos recibidos, físicos y psicológicos, de los que había sido víctima durante años.
Aquello abrió un proceso.
Al principio de su relación, ella esperaba la concesión de la nacionalidad. Su pareja parecía ser el hombre de su vida. Todo perfecto hasta que empezaron a vivir juntos, y la empezó a aislar.
No la dejaba ver a su familia ni a las amigas porque se ponía violento y le pegaba. Y encerrada en casa poco a poco la fue anulando.
A los malos tratos recibidos se sumó el maltrato institucional que le provocó desconcierto y consternación.
En la vista contra su ex pareja, la sentencia absolvió al hombre. El juez llegó a decir que no encontró pruebas para condenarlo y consideró el testimonio de Delfina no creíble, por ser una mujer culta con estudios superiores como para no haberlo denunciado nunca.
Tiempo después su ex pareja tenía interpuestas un numeroso cupo de denuncias acusándola de querer sustraer a los hijos con la intención de llevárselos al extranjero.
Esto lo justificaba que ella se sentaba en un banco de la plaza frente a la vivienda donde ya entonces, él vivía con su esposa, otra mujer, con el infinito deseo de ver a sus hijos.
Con ello, el individuo logró que los jueces de lo civil le quitaron a Delfina la patria potestad para concedérsela de forma no definitiva.
La mujer entonces estuvo varios años sin poder ver a sus hijos a pesar de que no existían órdenes de alejamiento ni prohibición que le impidiera verlos.
Era evidente que Delfina sufría una trama judicial en los retorcidos juzgados de la ciudad donde seguía siendo una inmigrante.
Esto destrozó la poca fe en la justicia que le quedaba a la mujer. Aquella estratagema de su ex pareja fue muy hábil gracias a su abogado.
Mientras, ella siguió trabajando de camarera en el mismo restaurante que los últimos diez años. Su vida habitual consistía en trabajar.
El ex marido sin embargo siguió denunciándola para impedir que se acercara a la casa donde vivía con sus hijos y su esposa.
Solicitó una y otra vez de forma urgente la detención de su ex pareja, a pesar de que los jueces afirmaban que no se podía proceder porque no concurrían supuestos legales, ya que Delfina comparecía ante el tribunal con su abogada y procurador siempre que se le solicitaba.
El proceso mostraba extraños favoritismos con las solicitudes de su ex pareja y padre de sus hijos, hasta visualizarse graves irregularidades jurídicas.
Los medios empezaron a llamarla "Madre loca" con supuestas dudas razonables que observaban en los juicios obviando con alevosía los malos tratos y el vapuleo institucional.
Un día emitieron la ejecución forzosa de detención contra Delfina en la que los jueces obviaron las infracciones y la mujer fue vapuleada y menospreciada de forma inaudita con actuaciones oscuras y nefastas sacadas de un marco jurídico medieval.
Dichas actuaciones contó con el beneplácito de la fiscal a pesar de las evidencias ilegales en una jurisdicción civil por no concurrir los supuestos para pedir la detención de Delfina.
La única circunstancia que podía haber motivado la acción de una medida penal, sería el grave riesgo para la salud o la integridad de los menores, circunstancia que no fue acreditada por el simple hecho de que la mujer se sentara en un banco de la plaza con la esperanza de ver a sus hijos.
La detención de Delfina fue innecesaria pero ninguna de las argumentaciones frenaron a aquellos jueces de lo civil y hicieron que la policía la metiera en un calabozo sin motivo para tenerla detenida.
Delfina, encerrada, interpuso un "Habeas Corpus", un mecanismo legal para proteger a los detenidos de arrestos arbitrarios que obligaba a comparecer ante un juez de forma inmediata con el fin de determinar si el arresto era conforme a la legalidad.
Pero no ocurrió nada, Delfina continuó detenida contra su voluntad varios días, lo que constituyó una violación de los derechos fundamentales, cuyo recurso de amparo fue presentado ante el Alto Tribunal, pero no progresó.
Tiempo después en una vista la declararon culpable con pena de prisión de poco más de dos años, equivalentes a los años de inhabilitación para ejercer la patria potestad por su supuesto intento de sustracción de menores.
Todo ello a pesar de no quedar probado que sentándose en el banco de la plaza pretendiese sustraerlos y llevárselos al extranjero.
El juez así lo estimó. Aplicó el intento de sustracción de menores pretendiendo que la mujer incumplió gravemente la resolución que la despojó de la patria potestad.
Meses más tarde hubo otra vista que sorprendió por su rapidez, ya que los procesos judiciales suelen ir extremadamente lentos en los casos de juicio civil.
En la vista se decidió la custodia definitiva de los menores ante la condenada. Delfina fue inhabilitaba para la patria potestad. Perdió definitivamente a sus hijos. Incluidos el recién nacido.
En prisión se hizo muy amiga de una compañera de celda sin saber que aquello convertiría su vida en un infierno.
Salió de forma prematura previo pago realizado por un extraño abogado aconsejado por su amiga.
Unos hombres amigos de su compañera la esperaron a la salida de prisión y se la llevaron a un piso donde la obligaron a ejercer la prostitución para pagar el dinero que supuestamente les prestó para su prematura salida de prisión.
Delfina quedó hundida en la mugre recibiendo palizas del proxeneta encargado de cobrar la deuda. Toda vez que el individuo entendía que no recaudaba bastante dinero le daba una paliza.
José Francés era un ex abogado que había dejado la abogacía para dedicarse a su carrera de escritor de novela negra y se había convertido en uno autores más vendidos del país.
Un amigo le contó lo que ocurría en una vivienda de un piso cercano a donde vivía y el ex abogado escritor cogió gran interés por el asunto que su amigo le contaba.
Estuvo algunos días en la casa de su asunto amigo y fue testigo de lo que ocurría en aquella vivienda prostíbulo. Incluso vio al chulo darle una paliza a la prostituta Delfina porque al parecer no recaudaba lo suficiente para pagar su préstamo.
Cuando el chulo se fue, José Francés habló con Delfina y consiguió convencer a la mujer para apoyarla en un juicio humanitario que la liberara de aquel infierno.
El escritor decidió entonces defenderla por motivos humanitarios sin saber que en el ICA le habían dado de baja como abogado. Se olvidó de pagar las cuotas sin que recibiera notificación alguna al respecto.
Cuando presentó la denuncia para defender a Delfina, provocó que no se activaran los protocolos para proteger a la víctima y se iniciara un procedimiento para deportarla.
Cuando acudió al juez, José Francés fue detenido por agentes de policía por un presunto delito de intrusismo profesional.
Para su fortuna, el juez que llevó su caso archivó el presunto delito de intrusismo trasladando su malestar por lo ocurrido.
El famoso escritor decidió entonces no tomar acciones legales contra el otro juez que provocó su detención.
Se concentró plenamente en la defensa de la prostituta Delfina contra el proxeneta que la maltrataba.
El ex abogado ganó el juicio humanitario en favor de Delfina, consiguiendo liberarla del yugo de la prostitución, además de que no la deportaran y obtuviese la nacionalidad.
Algunos años después el ex abogado escribió un libro que se convirtió en un auténtico best seller de gran éxito, donde describía detalles del caso con personajes ficticios y nuevos conocimientos de lo que le ocurrió a Delfina, y cómo se cruzaron sus vidas para defenderla en un juicio humanitario.
En su sofisticado relato describió cómo un juez, sea del extremo que sea, corrompe y hace mucho daño a las instituciones de justicia y a la democracia del país.
Subrayó con énfasis el sufrimiento al que fue sometido su esposa, la madre de su hijo.

Leo era un chico que trabajó en los negocios de cocina con su padre desde temprana edad. Siendo pinche a la edad de dieciséis años empezó a recibir palizas periódicas.
Él no era ningún marqués pero le llamaban "El Marqués". Tenía un porte elegante, una mezcla de militar y play boy, pero en realidad era pobre y nadie lo sabía.
Se pensaba que era rico porque vivía en un hotel en la zona costera más deseada y soñada por cuantos podían disfrutar de una embarcación de recreo con carnet de patrón.
Eso era él, capitán y patrón de un barco de recreo sin ser el verdadero dueño, porque el dueño era otro a quién servía por su gran don de gentes.
Le gustaba agasajar casi avasallando, a cualquier dama de su interés que le procurase buena prensa y ser el centro de los corrillos con su impronta de caballero cabal y elegante, en realidad un personaje interpretado por un buen actor.
Un día conoció a una mujer tan bella que no dudó en tomarla por esposa. Se acabó el galán caballero cabal de aquellos años 70. Se convirtió en un patrón de barco sin rumbo y se fue hundiendo poco a poco cada día más, hasta que dejó de interpretar ese personaje de buen actor siendo eclipsado por la belleza y don de gentes de su bella señora.
Afloró entonces el verdadero marqués, una persona sin alma, sin escrúpulos ni empatía, que sintiéndose el perrito faldero de su mujer la encerró harto de que los jóvenes la cortejaran y sus antiguos camaradas admiraran su hermosura y su encanto.
No podía soportar los cuernos ni saber a su mujer en los brazos de otros como él estuvo en brazos de otras. Parecía una sombra oscura de aquel que había sido, antes de que ella llegase a su vida y le llenase la casa de niños que se comían el dinero de su riqueza naval.
El armador y dueño de su embarcación le había derogado los recursos de su barco en favor de los encantos de su mujer y sus hijos. Ello provocó un golpe de efecto en el control que ejerció durante tantos años como suyo. El centro de su hombría se hizo añicos.
La gente le preguntaba dónde estaba su mujer, que desapareció de repente de la escena social. A sus cuatro hijos, dos niños y dos niñas, les había contado que mamá se había vuelto loca y estaba muy enferma. Por eso la tenía encerrada en un zulo que había construido en el sótano de su casa, para que los vecinos no oyesen sus lamentos.
Cada día llevaba a sus hijos a la escuela con una sonrisa amable y respondía a quienes le enviaban saludos para su mujer. Cuando alguien le preguntaba a sus hijos en su presencia, los niños contestaban que se había quedado en casa haciendo las tareas.
Pero lo cierto es que la gente empezó a sospechar algo raro y dieron parte de ello a la Guardia Civil y la policía.
Él se percató de las habladurías y lo que hizo fue sacar a su mujer del zulo del sótano. La metió en el portaequipajes de su Seat 500 en plena noche y la llevó al barco. La introdujo dentro de un saco de patatas de esparto que amarró bien para que no se pudiera escapar y la dejó en la bodega de almacenaje.
Por la mañana salió de la casa con sus hijos y la gente le preguntaba dónde iban tan elegantes. Los niños contestaban que iban a navegar por la bahía con su mamá que les esperaba en el barco.
Con una sonrisa en los labios se apresuró a subir sus hijos al coche y partieron raudo hacia el puerto embarcando rápidamente.
Hizo levar amarras a sus marineros sin permitir embarcar a ninguno de ellos con la excusa de ser un viaje familiar, y cuando se distanció del muelle vio llegar la Guardia Civil.
Entonces sacó un maniquí vestido con ropas de su mujer para aparentar que le acompañaba a bordo mientras el barco salía a mar abierto.
Él ignoraba que la Guardia Civil había estado en su casa, habían bajado al sótano y descubierto el zulo, marcado de sangre y uñas arrancadas de las palizas que le había dado a su mujer a diario.
Al muelle había llegado una avanzadilla con órdenes estrictas de no intervenir para no poner en peligro la vida de la mujer.
Cuando llegó a alta mar, cogió el saco de patatas que contenía a su mujer y se lo echó a la espalda. Lo subió arriba con intención de arrojarlo por la borda al mar.
Pero la mujer vio a sus hijos a través de los cuadros del saco y los llamó con voz muy débil. Los niños que jugaban en proa la oyeron y agarraron el saco para impedir que su padre la tirara al mar.
El padre los sacudió a bastonazos logrando que los niños soltaran el saco. Los alejó de su víctima y exhausto lo arrastró hasta la borda.
Dando bastonazos a los niños para mantenerlos alejados, respiro y arrojó el saco por la borda, justo en el momento que una patrullera abordaba su embarcación.
Le dispararon en las piernas y dos buzos saltaron de inmediato al agua tras aquel saco mientras los niños lloraban por su madre ensangrentados.
Pronto los buzos aparecieron a flote con la mujer viva, sin fuerzas pero viva, siendo izada a bordo de la patrullera, pegada a estribor del barco de recreo.
La mujer, en extremo muy delgada por falta de alimentos y dolorida, fue echada en una camilla para ser atendida por médicos y enfermeros.
Permitieron a sus hijos que la abrazaran un momento, pero tenían que llevarla pronto a un hospital. Así que los guardias se repartieron entre ambas naves sin perder tiempo.
La patrullera se separó del barco de recreo y salió disparada a máxima velocidad hacia el puerto protegiendo a la mujer y los niños dentro de la cabina.
El marqués quedó esposado y vigilado en el barco de recreo siendo asistido de los disparos que habían atravesado sus piernas.
La Guardia Civil puso en marcha el barco que lentamente enfiló su proa rumbo al puerto.
Apenas tenía poco más de un año, pero lo percibí tan brutal, que el trauma quedó en mi mente para siempre.
A principios de los años 60 del siglo XX, por primera vez fui consciente.
Mis padres discutían tan fuerte que posiblemente se escuchaba en todo el barrio.
Mi padre usaba la violencia mientras empujaba a mi madre, a golpes una y otra vez, derribándola sobre la cama.
Ella intentaba salir de esa trampa, entre la cabecera de la cama, la pared y el armario.
Pero mi padre era un hombre experto, muy fuerte, de 175 centímetros de estatura, mientras mi madre era delgada, débil, de 170 centímetros.
Mi padre había servido en infantería de Marina, estaba entrenado, sabía manejar armas.
Mi madre había sido educada en los quehaceres del hogar, cocinar, limpiar, zurcir, coser y remendar.
Mi padre dominaba su vida y no la dejaba salir, mientras él llevaba una vida mundana de trabajo y caprichos.
Era un cocinero muy apreciado por la clientela en los distintos establecimientos que llegó a tener arrendados a lo largo de su vida.
Le gustaba deleitar a los clientes con su ensaladilla rusa, sus tortillas de patatas, sus huevos al plato de guisantes con tomate frito, sus costillas de cerdo o cordero lechal, hechas a la plancha acompañadas, con esas patatas fritas tan peculiares de sabor.
Pero se perdía por las mujeres y por el póker, dejando abandonada a su mujer con muchas semanas sin pasar por casa.
En aquellos tiempos mi madre había tenido su primer hijo, y con solo un año, vi cómo mi padre le pegaba una paliza a mi madre.
Estoy seguro que los gritos se oían en todo el vecindario de aquel barrio donde vivíamos, con todas sus callejuelas y sus viviendas de puerta y ventana de los años 50.
Aunque tenía solo un año, aquello quedó grabado a fuego en mi mente de niño, y mi subconsciente nunca lo olvidó.
Desde entonces mantuve equidistancia con mi padre, que llegó a pasar por la cárcel varias veces durante algunos años, tras haber sido cogido in fraganti con cargamentos de droga de un grupo clandestino que nunca llegó a ser desarticulado.
Hablando un día con mi tío, el hermano de mi madre, llegó a contarlme un relato que desconocía de mi madre.
Hubo un tiempo que sintiéndose abandonada, llegó a salir con otros hombres.
Tuvo un amante en la misma medida que mi padre salía por las noches, presumiendo a la vista de todo el mundo con personas pudientes de más nivel social.
Mi padre se enteró y una noche la siguió hasta que el amante y ella se separaron.
Entonces se le echó encima, la cogió de los pelos, la arrastró y la metió con violencia en el descapotable prestado de alguna de sus amantes.
La llevó a la playa y allí en la oscuridad de los años de 1960 le metió una paliza.
Después se arregló el traje y el pañuelo del bolsillo, salió de la playa y se fue con el coche dejándola allí abandonada.
Por la mañana la Guardia Civil encontró a mi madre malherida y delirante.
La llevaron a la urgencia de la Cruz Roja, después localizaron a mi padre, dueño y señor de mi madre en aquellos tiempos.
Años después, cuando salió de la cárcel tras cumplir condena por tráfico de drogas, no tardó mucho en agobiarse, y llegó el día que volvió a pegarle a mi madre por desobediencia.
Pero entonces todo había cambiado, mi madre podía tener cuenta bancaria y la libertad de echarse en los brazos de cualquier amante, sin tener que dar explicaciones a mi padre, incluso optar al divorcio.
Algo que también había cambiado era yo, su hijo, que ya no era un niño pequeño sino un chaval al borde de los dieciocho años.
Mi padre percibió el peligro de una pelea de gallitos, ante el temor de que le disputara su hegemonía como cabeza de familia.
En cuanto tuvo la ocasión empezó a pegarme a mi también con el objetivo de someterme.
Pronto comprendió que no lograría someterme, lo vio en mi mirada y esto le enfureció mucho.
Se dio cuenta que tenía que irse de casa y buscarse su zulo por lo que pudiese pasar.
Las circunstancias le obligaron a comprar un pequeño negocio de hostelería, con una habitación en lo alto del local donde colocó una cama y llevó todas sus pertenencias para no volver a casa nunca más.
Con la vejez tuvo necesidad de hacer las paces conmigo. Quiso ser mi amigo.
Pero se topó con el muro de la equidistancia y el resentimiento.
A pesar de vernos semanalmente para tomarnos unos cafés juntos, nunca desapareció la barrera insalvable de la desconfianza, que nos separaba irremediablemente.
Cuando mi padre murió, no pude derramar ni una sola lágrima.
El intento de amistad de mi padre era una penitencia de la vejez, nunca pidió perdón por todo lo malo que nos había hecho.
Habíamos sido padre e hijo y viceversa, pero no nunca hubo un cariño verdadero, más allá de una amenaza latente.
Sin embargo cuando murió mi madre, sentí todo el peso de la pérdida, de la única amiga que he tenido en el mundo.
El año 1965, Paquito era un niño pequeño muy observador. Vivía en una calleja de unos cuatro metros y medio de ancha que se alargaba de una punta a otra en un barrio histórico.
Juan era su vecino, un tipo grande y enorme de 185 centímetros de altura que tenía cuatro hijos, tres chicas y un chico, y cuando llegaba muy borracho le pegaba a la mujer, bajita y pequeña de apenas 158 centímetros de altura.
En aquellos tiempos se consideraba trifulcas de matrimonio. El marido era un jornalero del campo donde echaba su jornada de sol a sol cuando no estaba en la taberna dándole al vino rancio de barril.
Un día llegó tan borracho que se le fue totalmente la cabeza, y aunque apenas se sostenía de pie empezó a pegarle a la mujer.
Esta cogió un palo y se defendió de aquel león enfurecido y amargado, pero el borracho enseguida se dirigió a la humilde habitación donde duermen sus hijos y empezó a pegarles con los nudillos en las cocorotas mientras la mujer le pegaba con el palo defendiéndolos de la grave agresión.
Los vecinos se agolpaban a la puerta de aquel hogar abierto de par en par sin atreverse a entrar escuchando dentro gritos, llantos y porrazos.
Finalmente algunos hombres y mujeres entraron en aquella habitación y vieron a Juan enfurecido pisoteando a su mujer. Sus dos hijas agarradas a su espalda le pegaban y el hijo intentaba sacar a su madre de debajo de las piernas de su padre. La más pequeña lloraba desesperada muy asustada.
Al ver a los intrusos Juan se enfureció más y gritó a todos que saliesen de su casa. Los niños soltaron a su padre y se refugiaron tras los vecinos. Algunos hombres rodearon a Juan intentando calmarle y las mujeres consiguieron sacar a su mujer de debajo de sus piernas.
Perder a su presa lo trastornó y empezó a propinar puñetazos a los hombres que sorprendidos empezaron a defenderse de los golpes del borracho, y Juan recibió un golpe directo que lo tumbó en el suelo.
Empapado en sudor, aparentemente derrotado, Juan gritaba a todos los vecinos que se fueran de su casa, les escupía y los mandaba a la mierda a meterse en sus asuntos.
Llegó la Guardia Civil con sus tricornios negros pidiendo paso entre el gentío hasta llegar a Juan, que echado sobre el suelo apoyado en la pared, arremetió contra los guardias violentamente llamándolos de todo menos bonitos como un demonio, escupiendo para que se fueran de su casa a la puta mierda.
Incluso intentó morderlos en las piernas ya que no tenía fuerzas para levantarse ni dar puñetazos, y fue cuando recibió un golpe con la culata del subfusil en toda la cara que lo dejó soñando.
Lo cogieron entre varios guardias a una orden del sargento y lo sacaron a la calle donde esperaba el coche patrulla Renault 4.
Lo esposaron por si se despertaba durante el trayecto. Lo metieron dentro ayudados por los vecinos que tiraban del gigante por la otra puerta arrastrándolo hacia dentro, y se lo llevaron.
Enseguida llegó un coche Seat 1500 de la Cruz Roja para atender a los heridos, mujer e hijos de Juan y algunos vecinos que habían recibido golpes intentando proteger a la familia.
Juan pasó varias semanas en un calabozo hasta que lo soltaron. Entró andando por la calleja de su barrio como un santón observado por los vecinos hasta entrar en su casa.
Seguido por la mirada de su esposa, sin dirigirle la palabra, fue directamente a la habitación del matrimonio, se desnudó y se echó en la cama a dormir para volver a su trabajo en el campo a primeras horas del amanecer.
Gran sonido ensordecedor
que me llena los oídos
y no dice nada.
Infinita es la vida
aún la muerte siempre presente,
porque en el camino
más allá de la esperanza
el espíritu prevalece
verdadero y fuerte.
¿Quieres vivir?.
¡Vivencias te deseo!.
A ti que te crees mucho
y no eres nadie,
sino uno más entre nosotros.
Sublime coexistencia
del ser, del querer o no,
y solo al fin
bulle tu pensamiento
y balbucea palabras
antes de perecer.
Tiene que ser lo que
cada uno quiere ser,
en una sociedad
en la que personas
que no se conocen a sí mismas
impiden que otros sean
lo que quieren ser.
Sin piedad en la vida
es el lema de unos pocos,
y los impíos serán
los convidados de la gloria
como los desheredados del poder.
Durante años, unos suizos y yo coincidimos algunos inviernos en la playa. Un verano los vi entrar al merendero mientras tomaba unas cervez...