Yo era socio de una asociación del Camino de Santiago.
Los día de Santiago la asociación invitaba a los socios a una comida.
Cuando acabamos, nos reuníamos en grupos para charlar tras la convidada de bebidas.
Me puse al lado de un amigo inspector de policía.
Solía llevarme hasta la entrada del aparcamiento de su casa, ya que vivía cerca, apenas a un kilómetro.
Estábamos a punto de marcharnos cuando esta mujer se puso a hablar con él.
Cuando me habló, le contesté como si me encontrara en algún limbo lejano, lleno de una paz embriagadora.
Tras más de media hora de conversación me dio su dirección para que la visitara en su casa.
Yo acepté visitarla sin saber la razón por la que dije sí.
El día de la visita cogí un autobús que me dejó en la plaza Olletas, cerca de su piso en la carretera de los montes.
Me había dado instrucciones para que no almorzara en mi casa.
Suponía que me esperaba alguna comida suculenta.
Subí al enésimo piso, abrió la puerta y me dijo que pasara.
Se la veía expectante con mi visita.
Puso una olla enorme llena de gambas cocidas frías encima de la mesa y me dijo que comiera.
Mientras comíamos no paraba de indagar si conocía a su hermana o alguna de sus amigas.
Me enseñaba fotos y observaba mi reacción por si conocía a alguien de su entorno, pero no era el caso.
Ella era de un pueblo de los montes.
Había venido a la capital a estudiar y trabajar.
Seguramente buscaba trepar en la administración.
Me enseñó lo grande y largo que era el baño de su casa.
Una apartamento alquilado que compartía con unas amigas.
Tuve ganas de bañarme con ella en esa estupenda bañera.
Tenía ganas de sexo pero algo me hacía dudar.
Me enseñó su cuarto.
La cama de matrimonio era más baja de lo habitual y parecía esperar para darnos un buen revolcón.
Ella no era una mujer guapa pero tenía un cuerpo impactante.
Yo esperaba una caricia o cierto tacto agradable.
Sin eso no me decidía a nada.
No sabía qué quería mostrándome su piso sin balcón.
El balcón era una cristalera falsa abierta de par en par por la que podía uno caerse al vacío.
El piso quince estaba a veinte o veinticinco metros de altura.
Se veía el punto geodésico de una monte que se ve desde toda la ciudad.
Sé que intentó sorprenderme, pero si quería algo tendría que abrazarme.
Si no lo hacía, entendería que estaba ante una mujer con un proyecto especulativo lleno de conjeturas.
No iba a ser tan gilipollas para dejarme enganchar a ella permitiendo que anide en mi cabeza.
Le hubiera chupado el chichi con mucho gusto hasta dejarla sin fuerzas.
Pero qué se puede esperar de alguien que no sabe por qué me ha invitado a su casa.
Estábamos los dos solos sin nadie que nos molestara.
Ni tan siquiera le pregunté dónde trabajaba.
No soy un tipo especulativo.
La individua me tuvo allí más de cuatro horas y no me tocó ni un pelo.
No entendía nada lo que me estaba ocurriendo.
Pero cuando llegó la hora de irme, ella me preguntó si pensaba volver.
A saber qué razones me dio para volver a verla.
Yo fui suyo en ese momento y ella no hizo nada de nada.
¿Qué podía esperar?
Me marché diciéndole que volvería pero lo peor fueron las siguientes semanas.
Me envió cientos de mensajes al móvil.
Aquello era para mí una situación nueva.
La energúmena gilipollas atacaba a todas horas.
Estuve una semana entera sufriendo su acoso desmedido.
Ella parecía querer jugar.
No iba a perdonar su comportamiento cuando me tuvo en su casa.
Lo suyo de quedarse helada no me iba.
¿Para qué me invitó?
¡Menudo colocón!
Yo no sabía jugar por el móvil entonces.
Todos esos mensajes eran basura que no comprendía.
Un día corrí entrenando por el paseo marítimo y ella me siguió.
¿Cómo se entiende que estuviera en mi ruta el mismo día a la misma hora en el mismo momento?.
Tres semanas después dejó de enviar mensajes.
Por fin pude concentrarme en otras cosas de mi vida.
No me iba a emperrar con una desconocida.
Si no he follado en tres días no hay desconocida que valga.
Si esperaba que yo me comprometiera, estaba más equivocada que el coño de la Bernarda.
No sé de dónde pudo salir semejante purista.
Las beatas son las mujeres más peligrosas.
Tienen un tren de gentuza detrás preparada para tumbar el ego al más espabilado.
La cara oculta son las relaciones que mantienen con ciertos amiguetes.
Esconden que se comportan como verdaderas zorras.
En ese grupo nunca dejan entrar ni siendo su marido.
¡Qué peligro!.
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