Es un tema muy interesante que suele generar bastantes debates sobre la psicología de las relaciones y la madurez afectiva.
Cuando un hombre como yo supera los 40 años y se mantiene soltero, a menudo proyecta una serie de características vitales y psicológicas que resultan muy atractivas y reconfortantes para muchas mujeres.
No se trata de una regla matemática, por supuesto, pero sí responde a patrones comunes en esta etapa de la vida.
Las razones principales por las que las mujeres suelen cambiar la percepción y la actitud hacia un perfil como el mío cae
en las razones clave de este cambio de actitud.
La madurez emocional y la estabilidad a los 40 años de la mayoría de los hombres se produce cuando ya han dejado atrás las inseguridades propias de los 20 o 30 años.
Suelen conocerse mejor, gestionan mejor los conflictos y buscan una comunicación más directa y sana, cosa que les aporta una gran sensación de seguridad.
La independencia o la "vida hecha" que un hombre soltero como yo puede tener a esa edad suele diferenciarse por tener su espacio organizado, estabilidad económica y hábitos propios.
Esto significa que no buscamos a alguien que nos "resuelva" la vida ni que nos haga de cuidadora.
Algunos creen que buscamos una compañera con quien sumar desde la libertad, pero es un error sistémico de personas de mentalidad y trayectoria pobres.
Hay supuestos expertos de feria diciendo que a estas alturas, las expectativas las solemos tener mucho más claras.
Creer que tipos como yo buscamos la autenticidad, la complicidad y el bienestar mutuo, con el objetivo de reducir drásticamente el desgaste de malentendidos o juegos de seducción inmaduros, hace creer que en nuestras vidas no tenemos otras cosas que hacer más que buscar parejita.
Personalmente no dedico mi vida a buscar pareja ni a dejar que me controle una señora comadre con su puto grupo de amigos.
Valoro muchísimo mi propia autonomía e independencia como un hombre soltero de +40 como para entregarme, según las mamelucas, a compartir mi tiempo con otra persona para hacerla sentir, supuestamente, especialmente querida y cuidada.
Para eso ya me cuido yo especialmente.
Este afecto más pronunciado suele nacer de mi admiración por la vida más que como hombre idiota que elige estar en pareja por deseo, y no por la necesidad o el miedo a la soledad.
Menudo fantasma sería con este comportamiento que responde más a las expectativas femeninas dedicadas a saquear mis propiedades que a mi madurez como individuo libre.
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