Me acuerdo de...Liesel. Una alemana que apenas conocí de una noche desesperada en la playa de Maro.
Apareció uno de esos días que yo fui a Nerja a pasear o comprar herramientas en alguna ferretería.
Mis mejores amores se cuentan como amores desesperados durmiendo en la playa.
Era un invierno que tras el verano, de tan confortable que me sentía, no había recogido la mochila para irme por ahí.
Tenía un amigo alemán, Jurgen, viviendo en una cueva cercana entre las cañaveras.
Yo sin embargo, me había comprado una tienda de campaña barata y no estaba muy seguro que aguantase si llovía.
Eran días que amenazaban lluvia.
Sin embargo ni siquiera me preocupé de lo cómodo que me sentía.
Mi amigo Jurgen era un pescador muy hábil y le gustaba pasar el día pescando.
Yo me sentía muy bien acompañado por él y compartíamos mutuamente cualquier cosa.
Cuando volví de Nerja nos encontramos en el bar Cueva Sol.
Nos bebimos unas cuantas cervezas y con las herramientas que compré nos fuimos para la playa antes de la noche.
Bajando por la cuesta entre la plaza de la iglesia y el ingenio de Maro, nos encontramos con Liesel.
No sé si subía o bajaba pero sin ningún tipo de perjuicio nos dijo en español que quería dormir en mi tienda de campaña.
Mi amigo Jurgen se sintió tremendamente sorprendido.
Le pilló por sorpresa lo mismo que a mí.
Supuse que esta mujer me había visto en Nerja y había subido al mismo autobús que yo.
No supe qué decir pero no le dije que no.
La alemana calzaba zapatos de tacón que hacían un ruido espantoso por la pequeña calzada de la playa.
Tenía una voz de pito impresionante.
Todo en ella era molesto incluso su forma de vestir.
Parecía que iba a la discoteca en vez de a la playa.
Ignoro el motivo por el cual ella iba toda decidida.
Echaba que me había seguido desde Nerja pero también es posible que estuviera en el bar.
Aunque la playa estuviera vacía todo el invierno, no quita que los bares del pueblo no tuvieran buenos clientes.
Llegamos a la playa y me alegré que se callaran sus tacones.
Ese ruido era para mí muy molesto, padezco hipoacusia severa y me desespera incluso su voz de pito.
Montamos una hoguera, encendimos fuego.
Mientras Jurgen asaba el pescado de la noche, abrí mi tienda de campaña y eché mis cosas a un lado para dejar sitio a Liesel.
Se veía hermosa cuando no marcaba ruidosa.
Tenía una mirada infinita capaz de atrapar a cualquier pájaro en pleno vuelo.
Ella misma se arregló el sitio al lado del mío en tanto me senté al lado de la hoguera para ver a Jurgen asar.
El tiempo frío parecía que llovería en cualquier momento.
Liesel se sentó entre nosotros y hablaba mucho con Jurgen.
Disfrutaba con la visión del pescado asado en la rejilla.
No teníamos mucho más y lo íbamos a compartir con ella.
Me encantaba Liesel sin ruidos ni tacones.
Tenía unos pechos escandalosos igual que su cintura.
Pero su rostro no acababa de encajar en nuestra cena.
Éramos dos ermitaños que vivíamos cada uno en un punto de la playa.
Nos importaba una mierda el porvenir.
Vivíamos al día compartiendo lo poco que tenemos con gente amable y Liesel no era una excepción.
Acabamos la cena y hablando empezaron a caer las primeras ráfagas de lluvia.
Jurgen se fue a su cueva entre las cañaveras y Liesel y yo entramos a dormir a mi tienda de campaña.
Ella olía muy bien.
La lluvia golpeaba con fuerza en el exterior y yo pensando que no aguantaría.
Era una tienda canadiense con palos de acero de una sola capa que aseguraba ofrecer resistencia frente a la lluvia.
Yo me quería dormir pronto.
Me pregunté por qué no le había dicho no a Diesel sobre dormir en mi tienda.
Ella me entró de una forma bastante extraña capaz de impedir un no rotundo por mi parte.
Eso sorprendió mucho a Jurgen.
Cuando parecía que me dormía ella me pegaba un empujón.
¡Me quedé sorprendido!.
Le dije que quería dormir pero ella me miró y no me contestó.
A pesar de la lluvia, no era una noche cerrada, podíamos vernos el uno al otro.
Es una característica de la playa durante ciertas épocas del año.
Hay luz de luna muy fuerte aunque esté oculta detrás de las nubes y la lluvia.
Liesel vio que me dormía y de nuevo me empujó.
Entonces me volví hacia ella y se abrió para mí enseñando su cuerpo hermoso, y no le pude decir que no.
¡Eché un polvazo tremendo!.
Tenía una fiera con fiebre en mi tienda de campaña.
No dejaba que yo llevara las riendas.
Ella me guiaba y cuando apenas me había dado cuenta lo hicimos por segunda vez.
Ni siquiera me puedo acordar dónde acabó la noche y empezó el día.
Creo que me habló de ir a Granada pero no tenía intención de seguirla.
Siempre me he acordado de ella y de mi actitud evasora.
No era por cobardía. No era por miedo.
Yo viajaba solo con la mochila el resto del año. Iba donde quería.
Apareció Liesel y yo amaba mi tipo de vida.
Vi que ella me la iba a cambiar si la dejaba quedarse al día siguiente o me arrastraba para Granada.
Escribir un mapa para dos significaba cambiarme la vida para tenerla a ella en manos de otros.
Eso cambia por completo la perspectiva de mi historia.
No era miedo al compromiso ni evasión por cobardía.
Era la defensa a ultranza de una libertad por la que había apostado fuerte.
La defensa de vida nómada de mochilero donde cada día decidía el rumbo sin ataduras.
Aparecer de la nada pidiendo refugio en mi tienda ya tiene una chispa de película, pero la verdadera encrucijada estaba ahí.
Aceptar que se quedara al día siguiente implicaba empezar a escribir un mapa a dos, y yo estaba entregado al viaje en solitario.
Mantener mi postura y seguir mi camino fue una decisión coherente con lo que era.
Lo que quería en ese momento, aunque el eco de ese "y si..." se haya quedado resonando desde entonces.
Al final, Liesel con sus ojos azules, su lunar y sus labios carmín se quedó como la guardiana de la encrucijada que elegí no tomar.
Sé muy bien lo que hubiera pasado de haberla seguido.
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