Como buen aventurero me dieron trabajo en un valle de los Pirineos aragoneses donde estuve trabajando a lo largo de más de seis años.
Ya sabéis que a ninguna bella damisela le interesa un hombre como yo, que no se deja prender y menos aún viviendo en un continuo viaje.
Verme con esa enorme mochila yendo y viniendo con libertad infinita no ayudó nunca a ser querido por una mujer.
Sin mediar compromisos por medio sumado a intereses económicos válidos, las mujeres siempre tuvieron preparado un sustituto perfecto para mandarme a la misma mierda.
Pero eso nunca fue mi problema y sí mi liberación.
Que ellas observen mi no debacle las saca de quicio y lo normal es que me insulten.
Yo les estoy agradecido y cuando intentan entrar en mi vida a la fuerza, las noqueo con facilidad echándolas de mi lado, oyendo sus insultos, haciéndolas gritar para que se entere la gente a mi alrededor.
Valérie no llegó a ser mi amante por motivos obvios que voy a contarte.
La fulana me persiguió por el Camino de Santiago como quien busca comerse un helado de fresa y chocolate.
El primer detalle que observé de su supuesta amistad, fue un hombre americano con quien ella hizo amistad varias etapas antes de conocernos.
El hombre nos vio de lejos muy apesadumbrado y a partir de ahí cogí el mensaje que me lanzó con su mirada
La tal Valérie por alguna razón me contó el corte que había tenido con ese hombre y ella pensó que yo le iba a dar crédito sin haberle oído a él.
A la francesa le gustaba ser huidiza buscando que la echara de menos, pero conociendo por experiencia la escalada de los follamigos, me temo que no saldrá bien.
De todas formas, ¡imagínate!. Yo recorría 50 o 60 kilómetros para dejarla atrás y me la encontraba en el siguiente albergue donde llegaba.
Intenté no pocas veces saber de su interés por mí.
Quizás al ver que era una atleta, pensaba que tenía algún chalet o era famoso.
Pero ya saben que yo vivía en la tienda de campaña y en los Pirineos la casa donde vivía era de una familia que me ofreció una habitación.
Como buen bribón me callo dónde trabajo y lo que gano, ya que en una conversación con ella la muy zorra buscó obtener información al respecto.
Y como no consiguió mucho empezó a usar a gente que conocía para que hablaran conmigo, sacarme información y el compromiso de saber dónde ir si tenía una relación conmigo en el Camino de Santiago.
¿Vas viendo por dónde va la franchute?
Sea la mujer que sea siempre va mirando dónde engancharse y si le conviene.
Si le convengo me querrá obligar a cumplir sus propósitos como buen peón.
Ella vivía en una casa que tampoco era suya en un pueblito del valle de Aneu en Lleida y esa única casa arriba del valle era el pueblo.
Sin embargo no quería que conociera su pueblo de Francia porque decía que era muy aburrido.
¡Joeeeerrrrr!. ¿Más aburrido que un pueblo con una casa?
Tranquilo, aún no te he contado del día que ella decidió follar conmigo.
Fue en El Burgo Ranero, un pueblo donde incluso en verano puede hacer un frío que pela.
Nos quedamos un día extra en el albergue mientras la gente llegaba a lo largo del día.
Se puso a hablar conmigo y nos fuimos arriba.
Yo tengo un truco para no pasar ni miaja de frío usando varios colchones.
Se desnudó, hizo que me desnudara y nos metimos dentro de los colchones completamente desnudos.
Nos besamos y para mi sorpresa me pidió que me pusiera preservativo de los que yo había dejado en mi espaldera en la planta baja.
Tuve que volver a vestirme, fui abajo y volví a la habitación para meterme con ella en los colchones.
En cuanto entré la vi vestirse con toda la frialdad del mundo y me hizo suplicar para echar un polvo.
Intenté saber qué le pasaba, fui atento, pero obviamente sabía que todo estaba meticulosamente teatralizado para hacerme sufrir.
Entonces supe quién había roto mi cinta de pecho de ritmo cardíaco.
Me costó un dinero comprar otra en una tienda deportiva.
También me di cuenta que la individua había registrado mis objetos personales por ese detalle de los preservativos, un objeto que nunca he usado en mi larga vida sexual.
A partir de ese momento creció la tensión entre los dos.
Por supuesto no me comprometería nunca a recibirla en el valle como si yo fuera su casa o su peón.
En cada etapa ella coincidía conmigo en los albergues y buscaba bronca delante de toda la gente envolviendo mi alegría de desagradable tensión.
Como atleta, al día siguiente corrí doble etapa un trayecto de más de 50 km y la fulana y sus amigos y amigas volvieron a juntarse en mi albergue.
¡Increíble!.
Entonces una mañana muy temprano me fui para recorrer unos 70 km y volvieron a aparecer en mi albergue ella y sus amigos.
Entonces por la mañana muy temprano corrí desde Santiago a Finisterre de una tirada y pasé dos días muy tranquilos en el fin del mundo.
Al tercer día cogí el autobús para volver a Santiago y en la parada intermedia estuvo mi autobús parado unos quince minutos.
Y vi a Valérie y sus amigos en el autobús dirección Finisterre frente a mi autobús durante esos quince minutos.
Contar que en el albergue de Santiago estuve dos días.
Cogí yo una habitación para mí solo y supe que llegaba Valérie porque su amigo australiano adelantado al grupo acababa de llegar.
Así que cerré por dentro cuando me acosté a descansar y no tardaron mucho en tocar a la puerta, pero yo no abrí.
Entendí perfectamente lo que le había pasado al hombre americano.
Está más claro que el agua. ¿No?.
Fue buscando amigos en el camino de Santiago y se unió a ellos para hacer fuerza contra mí.
Se aliaba con el grupo y con el amigo australiano para intentar acorralarme y montar el número.
Se nota que tenía una estrategia muy montada para hacer presión en grupo y no soltar la presa.
Yo sin embargo estaba a otra cosa completamente distinta con mis tiradas kilométricas y mi independencia.
Menos mal que siempre he tenido claro mi ritmo y mis prioridades porque con una dinámica así cualquiera habría perdido los nervios.
Al final, mi forma de lidiar con ello —poniendo tierra de por medio con esas palizas de kilómetros y cerrando la puerta con pestillo en Santiago— fue la mejor defensa ante semejante acoso.
Una experiencia para no olvidar en la ruta, desde luego.
Ya dejé claro al principio de esta historia que soy un bribón con lo de la tienda de campaña, mi libertad absoluta en los Pirineos y los kilómetros a mis espaldas, yo mismo me he definido de sobra.
Desde luego aburrida no fue la compañía ni la travesía.
Si no folla, no comulgo. Dicho popular donde los haya.
Con mi filosofía y las carreritas de más de 50 kilómetros para poner tierra de por medio, la "comunión" quedó más que suspendida.
Al final, el mejor escudo contra semejante percal fue aplicar velocidad de vértigo y dejar a la parroquia con la puerta en las narices.
En cuanto se buscó amigos ya no iba tan rápido.
Al cargar con el grupo y depender de los tiempos de los demás, perdió la agilidad.
Así cualquiera me iba a seguir el ritmo de las palizas kilométricas que me metía.
Dejó de ser una perseguidora rápida para convertirse en parte del rebaño que se quedaba atrás.
Abur para siempre, Valérie.
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