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viernes, 24 de octubre de 2025

María Meta, la mujer perfecta que todo hombre quisiera tener

María Meta era una mujer que siendo muy joven, fue obligada a casarse con su marido, un hombre que no quería.

Durante los largos años de matrimonio el odio por su marido vivió encerrado en su pecho de mujer sumisa.

El hombre era un mujeriego empedernido, bajito y regordete, cuyo ego de putero, creció exponencialmente.

Aguantó sus palizas, sus borracheras, los embarazos fallidos de varios hijos que ella no deseaba.

Un día decidió eliminar de la vida de su marido todo lo que odiaba. Empezó a vigilar por dónde iba, con quién se juntaba y quiénes eras sus amantes.

Cierto día, en un canal de regadío, apareció una mujer sin vida asesinada por asfixia. La policía pidió no desatar la alarma, pero la gente empezó a sospechar que era obra de un psicópata.

La descomposición que mostraban los cuerpos era absoluta. Muchos desconfiaban de la policía y daban más crédito a la Guardia Civil, que fueron quienes examinaron el lugar donde apareció el cadáver.

María Meta escuchaba aquellas noticias por la radio. En su rostro se dibujó una sonrisa maliciosa. Por primera vez en muchos años estaba disfrutando.

Meses después las noticias radiofónicas daban la noticia del cuarto asesinato con el mismo factor: todas aparecieron muertas en un canal de agua de regadío, o en una alberca. Y habían sido estranguladas o asfixiadas previamente antes de descomponerse durante mucho tiempo bajo el agua.

La preocupación creció en la comarca tras hallarse el cuerpo de la última víctima, por la tarde, en un paraje natural entre huertos.

En un primer momento no se apreciaron signos de violencia. Los investigadores pensaban en una posible muerte natural. Pero tras la autopsia, los forenses encontraban signos de estrangulamiento y/o asfixia y confirmaban lo peor.

Tras varias semanas el pánico se había apoderado de la comarca ante la idea de un asesino en serie, pero ni la policía ni la Guardia Civil hallaron ningún indicio para relacionar las muertes de las mujeres. 

Solo coincidía la zona geográfica y la ejecución de los asesinatos, relacionados con una serie de desapariciones sospechosas.

La Guardia Civil desplazada, buscaba indicios por el camino donde apareció el cadáver intentando encontrar pistas que ayudasen a resolver el caso.

Agentes de la Policía Judicial que se habían hecho cargo de otros casos parecidos, y trataban de esclarecer lo ocurrido, desconociendo el móvil del asesinato.

Se desconocía la identidad de algunas de las mujeres y los hechos empezaron a coincidir con casos de otras desapariciones. 

La policía centraba su investigación en el entorno más cercano de las víctimas para descubrir conflictos o quiénes quisieran hacerles daño.

El objetivo era encontrar el móvil de los crímenes y estrechar el cerco sobre el asesino o los asesinos dejando abiertas todas las hipótesis.

Ante el temor existente en la comarca, se insistía en que de momento no se podía establecer conexión entre los casos. Según la Guardia Civil no se podía hablar de un asesino en serie más allá de la asfixia y estrangulamiento.

Las cuatro mujeres muertas en pocos meses pasaron a ser seis. Se encontraron dos nuevos cuerpos, uno en una alberca y en otro canal. La autopsia confirmó que habían sido estranguladas o asfixiadas.

El caso siguió sin resolverse algunos meses. Se sospechaba que las víctimas no tenían ninguna relación con el asesino. Cabía la posibilidad de que hubiesen sido escogidas al azar.

Algunas mujeres eran muy jóvenes, de apenas veinte años, que ejercían la prostitución por las carreteras y los polígonos cercanos, dentro de la zona de canales y ríos donde aparecieron asfixiadas o estranguladas.

Posteriormente eran arrastradas y arrojadas al agua en los canales o en las albercas de la comarca.
La única pista era el dibujo de un cliente habitual, la imagen borrosa de un automóvil al que subió una de las asesinadas aún sin identificar.

Pocos meses después desapareció una mujer cuyo cadáver apareció dos días después con síntomas de haber sido asfixiada y arrojada al canal.

No tenía nada que ver con la prostitución. Era una trabajadora reponedora de una empresa de envases cercana que, tras terminar su trabajo, volvía a su casa caminando.

La policía y la Guardia Civil analizaron todo y decidieron enfocar la investigación en un mismo autor o autores. Había indicios pero faltan pruebas.

El asesino escogía a sus víctimas al azar, y después de matarlas, las arrojaba a los canales y albercas porque los efectos del agua destruían rápidamente las evidencias biológicas que pudiese quedar en los cuerpos. 

Por eso los cadáveres estaban en muy mal estado tras un tiempo sumergidos. Se había confirmado que las víctimas no murieron en el lugar. El asesino las arrastró para hundirlas en el agua. Tampoco se han hallado evidencias de agresión sexual. Quedaba descartada la acción de un violador.

María Meta vio a su marido vestirse elegante. Ella lo siguió con la mirada sin decirle nada hasta que desapareció por la puerta y se fue.

Cuando oyó que su coche se alejaba, cogió su Seat Panda y lo siguió desde la distancia, hasta que salió de la carretera en una población a veinte kilómetros de su casa.

Vio entrar en el coche de su marido a una mujer que lo esperaba. Los siguió a lo largo del paseo marítimo hasta que aparcó. Entonces optó por irse y volvió al lugar donde su marido había recogido a aquella mujer. 

Aparcó en la parte más oscura y se quedó allí esperando. Pasadas las horas el marido llegó con el coche. Se bajó abrió y la puerta del copiloto a la dama. Se besaron. 

El entró en el coche y se fue mientras la mujer iniciaba la subida de la calle empinada para llegar a su casa.

María Meta encendió su Seat Panda y subió la cuesta tranquilamente hasta arriba para dar la vuelta en la rotonda y volver para abajo.

A decenas de metros se detuvo e hizo movimientos para aparcar el coche, haciendo que se le calase, y esperó ahí que pasara la mujer para pedirle un empujón para arrancarlo.

En el momento que se acercó a la trasera le dio un fuerte golpe en la cabeza. Sacó rápidamente un saco grande de esparto y con una fuerza y habilidad impresionantes, tumbó a la joven dentro.

La amarró con nudos bien trenzados tan rápido que pasó un coche iluminando la calle, y ella la tumbó con tanta facilidad como si transportara un kilo de patatas.

Quitó el freno de mano y la marcha trasera del coche. Lo dejó rodar por la cuesta, encendió las luces y viajó con su presa durante media hora hasta una central eléctrica.

Se detuvo en un solar de la compañía eléctrica, un edificio en ruinas. Sacó del coche el saco con su víctima dentro y se lo echó a la espalda como si no pesara nada. 

La llevó hasta las compuertas del antecanal de captación de agua para el canal de regadío de la comarca.
Allí en el borde del muro abrió el saco con una fuerza tremenda, agarró a su debilitada víctima por el cuello e intentó colocarle por la cabeza una bolsa para asfixiarla. 

Pero no pudo porque la víctima no se quedaba quieta. Soltó la bolsa y con su gran fuerza apretó terriblemente el cuello de su víctima.

Justo cuando varios guardias y policías se le echaron encima, la cogieron con violencia y le arrancaron las manos del cuello de la joven, a base de golpes con la culata del subfusil en toda la cara. 

Fue necesario una decena de agentes para tenerla en el suelo y esposarla. El marido recién llegado en un coche de policía, no podía creer el último acto de lo que había visto. 

Permaneció junto al inspector y el mando de la Guardia Civil de la operación sin dar crédito a lo que estaba pasando.

El sospechoso era él. El cebo era aquella mujer guardia civil. Pero viendo el curso de los acontecimientos, dejaron seguir la operación sin ser vistos, hasta averiguar a dónde traía a sus víctimas.

Al pasar su mujer cerca, le gritaba: "¡Te amo, te amo, te amo amor mío!". Esto provocó que media docena de agentes se emplearan a fondo para meterla en el furgón.

Al marido, que fumaba, se le cayó el cigarro de puro miedo. Se había cagado en los pantalones aterrorizado. Tal era el arranque de la mujer que creía controlar.

Oliendo la cagada, el mando de la Guardia Civil le pidió que se fuese a su casa, se bañara y se vistiera con ropa limpia, porque empezaba a oler fatal. 

También le preguntó: "¿Cuántos años dice que ha vivido con su mujer y ha salido vivo?”.


María Meta, una mujer muy joven obligada a casarse con un hombre al que no quería. Leer lee lecturas.


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