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sábado, 27 de junio de 2026

La torre vigía de los acantilados de Maro

Durante décadas sobreviví a la indiferencia en las playas de Maro.

Yo era un chaval de poco más de 20 años excluido por todos.

Sin embargo los mareños, que me conocían de bastantes años, me trataron como un chaval en evolución.

Es la gran diferencia con quienes me intentaban imponer por dónde llevar mi vida.

Iba y venía como quería desde la playa al pueblo y viceversa.

Me iba en los inviernos con toda la libertad del mundo.

Y cuando regresaba a la playa nadie aparecía para hostigarme ni torturarme.

Sí para regalarme unas manzanas, unas fresas o unos higos.

Tuve paz durante la travesía de mis peores coyunturas.

A lo largo de quince o veinte años que unos y otros me ayudaron a madurar en la soledad.

Borré muchas cosas de mi vida pasada mirando de frente la torre de Maro.

Incluso hubo temporadas que hice mis pinitos en el campo.

Me decían que si tenía hambre y no tenía para comer cogiera lo que necesitara. 

Estaba en la edad en que me había apartado de trabajar en la hostelería y las discotecas de Benalmádena Costa.

En vez de trasnochar pasaba horas y horas escuchando las olas de la playa.

Cada día esperaba al amanecer que el reloj marcara las 9:30 que abrían los bares de Maro para desayunar.

El trajineo constante de quienes han pasado la madrugada trabajando en sus invernaderos.

Los anises con coñac en el bar y los café con leche en taza grande con una buena tostada con mantequilla.

Las cervezas del mediodía antes de bajar a la playa para seguir pensando y escribiendo.

Yo nunca pedí tener un chalet ni ser propietario de un automóvil con un montón de caballos.

El único vehículo que tuve en aquella época era una bicicleta de paseo roja. 

Me la compró mi madre una década antes y con ella fui a todas partes cuando paraba en casa.

Un verano me la llevé a Maro y la enterré por tener algunas partes irreparables para mi economía.

Así que si veis una bicicleta roja que parece de oro, sabed que es de mi propiedad.

Muchos graciosos decían que yo era hippie.

¿Qué iban a saber los insidiosos de mí?.

Venían por Maro en plan guay del paraguay a dar lecciones de hombría.

Me importaban tres cominos y un pedo bien sonado.

Simplemente era un chico que quería estar en paz escuchando las olas del mar.

Disfrutar los días con alguna amante y dejarla ir sin mirar atrás.

Siempre estaba en casa pensando en el día que iría a Maro.

Coger el autobús de línea, plantarme allí y dejar pasar los días sin preocuparme de cuándo volver a casa.

No me importaba dormir tirado en mitad de la nada.

Ningún ser vivo de vida salvaje me hizo nunca nada malo.

Nunca pedí que me dieran un trozo de campo.

Ni para vivir ni para morir.

Yo vivía contando las olas mientras pasaban los años. 

Mis conocidas y conocidos estaban viviendo una vida tan ocupada que nunca pensaron en mí.

Moralmente sus vidas me daban igual hasta que se metían en la mía.

Pensaron que me harían mucho bien ser como ellos.

Lo bueno es que nunca me dejé arrastrar.

Prefiero la playa, la torre de Maro y la sierra de la Almijara con todo el cerro del Cielo observándome.

He llorado mucho por mí.



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