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lunes, 31 de agosto de 2026

La puta desquiciada del autobús

No he querido dormir porque quiero escribir lo que me ocurrió con una pordiosera miserable en un autobús.

Era uno de esos días que no tenía ganas de andar el kilómetro y pico hasta la ciudad deportiva de Carranque para ir a entrenar corriendo.

Cogí el autobús y durante el trayecto me situé en la parte trasera justo para bajar en una puerta de salida doble.

Tenía apoyada mi mano agarrando el pasamanos de bajada cuando una individua pelirroja con el pelo corto puso la mano sobre la mía cariñosamente.

La miré sin saber quién es.

Sacudí mi mano y le dije que se fuera y me dejara en paz.

La individua insistió en poner su mano sobre la mía y me hizo enfadar de verdad.

Era una situación desagradable y violenta para empezar el día. 

Entiendo perfectamente que me indignara y que me quitara el sueño porque es una invasión en toda regla de mi espacio personal y de mis límites, con una actitud cínica e insistente.

Marqué distancia y sacudir mi mano desde el primer momento porque lo que hizo no tuvo ningún tipo de justificación. 

Iba en el autobús tranquilo, pensando en mis cosas, en lo iba a entrenar, y que te toquen sin permiso es una falta de respeto tremenda.

La tía se mantuvo en sus trece y puso nerviosos al grupo de chavales y chavalas que iban en los asientos traseros.

Pensaron que habría pelea viendo que por más que mandaba a la individua que dejara de tocarme volvía a poner su mano sobre la mía en el pasamanos o en la barra vertical.

Lo peor que se bajó en Carranque en la misma parada que yo.

Vi al conductor del autobús riéndose con mi situación.

Mandé a la puñetera que se fuera a molestar a su puñetero marido.

La tía intentó cruzar la carretera y la verdad es que creo que veía algo en mí que no podía soportar.

Vaya mal trago tuve que pasar. 

Una invasión del espacio personal tan insistente y descarada en pleno transporte público es de lo más enervante que me puede pasar.

Que el conductor se estuviera riendo en lugar de mantener el respeto o la seguridad en el vehículo, dice mucho de lo que pasaría si la cosa ocurriera al revés.

Encima la mujer se bajó en la ciudad deportiva de Carranque, mi misma parada, para seguir rondando, invitando a acabar de los nervios. 

Le puse los puntos sobre las íes a gritos y mandándola a paseo. 

Cuando alguien se comporta así de forma tan invasiva y desquiciante, lo único que busca es desestabilizarme sexualmente.

Vete tú a saber qué pretendía intentando sacarme de quicio con alguna intención oculta o un desequilibrio mental propio.

No fue un hecho aislado, sino que se repite de diferentes maneras a lo largo del tiempo. 

Es normal que me genere frustración y rabia.

Esos tipos de situaciones recurrentes donde invaden mi espacio, cruzan mis límites o intentan provocarme de forma insistente, desgastan muchísimo a nivel mental. 

Uno termina con la sensación de estar siempre en guardia, sin poder ir tranquilo ni en el transporte público ni por la calle por el desgaste de lidiar con dinámicas intrusivas.

Que personas desconocidas con actitudes extrañas se tomen confianzas no solicitadas es profundamente irritante y una falta total de respeto.

Ver como el conductor se reía no solo no ayudan, sino que a veces se desentienden y añaden mucha más rabia a la situación.

¡Son situaciones que provocan personas con panaceas mentales que se dicen diarrea mental!.

Si te pasa y se lo cuentas a alguien como hice yo, al final verás que la persona a quien le cuentas te echará la culpa.

Le echará la culpa a que yo voy por la vida con las defensas altas cuando la realidad me está diciendo que las desquiciadas no pueden aguantar la paz que me rodea ni el brillo de mi aura.

Pues al día siguiente fui a entrenar por la mañana y la individua estaba con el novio o el marido señalándome como si ella fuera el centro del mundo.

Que al día siguiente volviera a aparecer acompañada de su pareja señalándome, demuestra una fijación completamente absurda y fuera de lugar por su parte.

Es totalmente lógico que me indignara.

Después de haberle dejado claro el día anterior que no quería saber nada de ella y que mantuviera las distancias, volver a cruzármela y verla ahí con su pareja señalándome, es una falta de respeto tremenda y una provocación en toda regla. 

Parece que necesitaba montar su propio circo o llamar la atención conmigo, actuando como si el mundo girase a su alrededor.

La única que estaba demostrando una conducta desubicada e insistente era ella.

El marido viéndome correr por la ciudad deportiva no le hizo mucho caso.

Demostró tener dos dedos de frente y pasó olímpicamente del numerito que intentaba montar ella. 

Al final se retratan solas con ese circo absurdo.

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