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jueves, 5 de marzo de 2026

El ataque de la morena en el bar El Toro de Torremolinos

El Toro de Torremolinos es un bar que hace esquina entre calle San Miguel y La Nogalera.

Durante décadas me citaba con mi padre cuando volvía de mis correrías viajeras y también amorosas.

He tenido la suerte de vivir una vida muy intensa lejos de obligaciones de pareja con mujeres dantescas.

Jamás acepté ningún compromiso con nadie.

Así me quité de encima toda la morralla de otras personas que se enchufaron al trabajo pero nunca a su sitio en la vida.

La época más confusa fueron los últimos veinte años.

Me echaron todas las tensiones del mundo encima.

Personas que deberían estar en un psiquiátrico caminaban sueltos por la calle.

Individuos que terminaron en la guillotina de las relaciones situados entre la espada y la pared.

Individuas que se creyeron mis dueñas por derecho para meterme mano o exigirme relaciones.

Hubo días que en el Mercadona alguna espabilada echaba su compra encima de la mía en la línea de caja.

Lo peor es que siempre le salía algún caballeroso defensor, pero viéndome acosado yo solía gritar.

Así todo el mundo veía el desmedido acoso de la fulana y dejaba en entredicho al caballeroso fulano.

La cajera se veía obligada a separar mis artículos de los que la pendenciera había echado encima.

En Torremolinos fui acosado durante décadas por unos y por otros.

Amén que nadie llegó a comerse un rosco conmigo.

Yo tenía mi propio sistema de ligue sin sitio para parejas ni para mangurrinas.

Uno de esos días que quedé con mi padre en el bar El Toro, apareció en la entrada una morena subsahariana.

La mujer me miró mientras hablaba con el camarero más imbécil de la Costa.

Parecían muy amigos entonces.

Hará años que se habrá jubilado y ya no trabajará en el bar.

Ella vino hacia mí y me pidió una relación de forma inmediata.

Yo la observé y le dije que se largara.

La individua tuvo la indecencia de sentarse en mi mesa sin permiso.

Me volvió a exigir una y otra vez una relación sin yo conocerla de nada.

Le dije que se largara de mi mesa. 

Ella me agarró del pescuezo con intención de intimidarme.

De repente rehusó apretarme y me soltó.

Me cambié de mesa cogiendo mi café y le volví a repetir que se largara de una puta vez.

La "pobrecica" pareció caerse en redondo.

Me miró, se levantó y se fue con toda la mierda que me había echado encima.

El cabronazo de mi padre no apareció y el camarero se hizo el sueco.

Una semana después la miserable apareció por el bar con otro individuo.

Me estuvo mirando un rato con cara de ángel como diciendo: "Esto te has perdido".

Estuve a punto de levantarme a liar.

Pero hasta para eso ella me importó una puñetera mierda.

Yo no me relaciono en compromiso con nadie.


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