Trabajaba en el hotel Rubens desde los 16 años y me había sentido atraído por las noches en la discoteca del Maite 3.
Los Maite son tres edificios de apartamentos para turistas excepto el edificio Maite 3 que pertenecían a un conjunto de apartamentos de propietarios.
En uno de ellos veraneaba los veranos la familia de Federico, un italiano casado muy joven que se había hecho muy amigo mío y siempre dependía de su mujer.
Federico tenía dos hermanas muy guapas muy italianas, de esas que tienen un acento muy marcado aunque con apariencia muy dulces de tratar.
No recuerdo si Federico era el más mayor de lo hijos de la familia pero siempre venía en un mes concreto que si tiraba hasta tres o cuatro semanas.
Un día que cerró la discoteca a las 3 horas de la madrugada, nos invitó a mí y alguno más que formamos un grupo en la discoteca a beber a su casa.
Era un apartamento mediano, sobrio, con las habitaciones precisas y una cocina básica ya que acostumbraban a comer en los restaurantes cercanos.
No recuerdo el nombre de su hermana pequeña pero buscando un nombre italiano creo recordar con casi toda seguridad que el amor de mi vida se llamaba Livia.
Eso a pesar de que nunca tuve mucha conexión con ella, ya que yo con 17 años vivía una vida alocada de discotecas y salir con las guiris que se ponían en mi camino.
Esta vida alocada fue originada por los malos tratos que sufrí en ese año que trabajé de pinche en el Rubens durante mis cambios hormonales y el abandono de mi adolescencia.
A mi padre le dio por pegarme palizas y algunas personas en el Rubens me hicieron sufrir muchísimo riéndose de mi tragedia.
Sentía que recibía palos por todos lados sin que me dejaran vivir mi vida en paz.
Trabajaba como cualquiera pero mi padre no permitió que tuviera mi propio apartamento o me fuera a vivir con amigos que, viendo el panorama, tampoco tenía.
Era un chaval sin amigos acordes a la forma de vida que quería vivir: trabajar en cocina, tener un apartamento y llevar muchas chicas a mi cama.
Todo eso me robaron simplemente por no ser tan feo como ellos ni tener un careto que tira de espaldas.
Me volví tan rebelde que las amenazas de mi padre no me entraba por ningún oído ni en el cerebro.
Había probado los besos de varias chicas y se habían callado las voces en la cocina del Rubens que me tildaban de amanerado.
Ellos ligaban, si conseguían burlar a sus mujeres, con extranjeras bien roídas.
Yo me llevaba bellezas que tiraban de espaldas aunque solo fuera para darnos besos, teniendo en cuenta que yo era menor de edad.
No había día que los cabrones insidiosos no me recordaran que era un menor.
Pero algunos de los pinches preferidos del jefe y subjefe de cocina era de mi edad y lo hicieron por primera vez en su vida en el servicio de mujeres del bar del Rubens.
Lo hicieron con una guiri loca, chiflada, gorda y sebosa que cada día llamaba a alguno al váter de señoras para abrirlos en canal en su vida sexual.
Eso sí estaba bien pero si lo hacía yo, entonces no.
El caso es que nunca se me ocurrió echar un polvo con aquella mujer por lo que fuera que veía que no estaba en sus cabales.
¡Qué peligro!
Eso a pesar de que mis compañeros pinches de cocina me hicieron acompañarles al váter de hombres al lado de las mujeres.
Se metió allí esa mujer y empezó a llamarnos con la puerta entreabierta y muchas ganas de cogernos.
Pero yo no caí en aquella trampa y mis compañeros, a pesar de lo que contaban en la cocina mientras trabajábamos, ninguno fue a buscar a la mujer tan deseosa de ser pillada.
¡Raro!
Yo prefería ir con las mujeres con las que me besaba y bailaba en la discoteca del Maite 3.
No iba a casa después de trabajar a pesar de que algunas veces mi padre me esperaba a la salida de la discoteca para llevarme a un descampado y darme una paliza.
Toda esta historia me hizo ser como soy y no voy a renegar de ella.
Nunca tuve amigos en quien confiar.
Livia nunca tuvo atenciones conmigo y llevaba una vida propia en los alrededores de los Maite.
Ella me volvía loco con su pelo negrísimo de características italianas. ¡Parecía una diosa romana!.
Hubo una época que ya no abrían la discoteca del Maite 3 y la pusieron en el bar de la piscina del Maite 2 al aire libre.
Durante varias temporadas había visto a Livia con varios hombres raros, alguno con maneras de hippie que tira para atrás.
Sin embargo, tiempo después mostró interés por mí.
Era la hermana de mi amigo Federico. Él llevaba una temporada sin veranear en los Maite.
Bailando en el bar del Maite 2 ella se pegó a mí y bailamos juntos durante horas.
¡Era alucinante!.
Me llevo a un apartado de la piscina al lado del bar para hablar conmigo y lo único que se le ocurrió fue preguntarme si era virgen de varias maneras diferentes.
Yo esperaba un beso, una caricia, un abrazo.
¡Qué coño le pasaba!. Me hubiera ido con ella al fin del mundo.
Me preguntó una y otra vez si era virgen y yo le decía que no. Y vuelta a empezar.
Llamarme para eso eso fue terrible porque ella era mayor que yo.
¡Por favor!. Un beso, una caricia, un abrazo.
¡Qué más da si soy virgen o no!
Me miraba con ojos de enamorada pero le pudo el que dirán.
No como cuando se la veía con hombres bastantes sospechosos.
Yo esperaba que me invitara a subir a su apartamento.
Hubiera sido su novio de por vida.
A la siguiente noche ella cambió sus planes y no fue a bailar.
Tal vez volvió a Italia pero no me importó.
Los siguientes veranos dejé de ir a los Maite varias temporadas.
Conforme crecí cambiaron mis objetivos personales.
Además estaba por pasar la mayor hecatombe de mi vida, la que me cambió por completo.
¡Tonta y estúpida Livia!.
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