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martes, 6 de octubre de 2026

Livia, el amor de mi vida en Benalmádena

Tuve mi gran amor en Benalmádena Costa, tan idiota como se espera de una mujer loca.

Trabajaba en el hotel Rubens desde los 16 años y me había sentido atraído por las noches en la discoteca del Maite 3.

Los Maite son tres edificios de apartamentos para turistas excepto el edificio Maite 3 que pertenecían a un conjunto de apartamentos de propietarios.

En uno de ellos veraneaba los veranos la familia de Federico, un italiano casado muy joven que se había hecho muy amigo mío y siempre dependía de su mujer.

Federico tenía dos hermanas muy guapas muy italianas, de esas que tienen un acento muy marcado aunque con apariencia muy dulces de tratar.

No recuerdo si Federico era el más mayor de lo hijos de la familia pero siempre venía en un mes concreto que si tiraba hasta tres o cuatro semanas.

Un día que cerró la discoteca a las 3 horas de la madrugada, nos invitó a mí y alguno más que formamos un grupo en la discoteca a beber a su casa.

Era un apartamento mediano, sobrio, con las habitaciones precisas y una cocina básica ya que acostumbraban a comer en los restaurantes cercanos.

No recuerdo el nombre de su hermana pequeña pero buscando un nombre italiano creo recordar con casi toda seguridad que el amor de mi vida se llamaba Livia.

Eso a pesar de que nunca tuve mucha conexión con ella, ya que yo con 17 años vivía una vida alocada de discotecas y salir con las guiris que se ponían en mi camino.

Esta vida alocada fue originada por los malos tratos que sufrí en ese año que trabajé de pinche en el Rubens durante mis cambios hormonales y el abandono de mi adolescencia.

A mi padre le dio por pegarme palizas y algunas personas en el Rubens me hicieron sufrir muchísimo riéndose de mi tragedia.

Sentía que recibía palos por todos lados sin que me dejaran vivir mi vida en paz.

Trabajaba como cualquiera pero mi padre no permitió que tuviera mi propio apartamento o me fuera a vivir con amigos que, viendo el panorama, tampoco tenía.

Era un chaval sin amigos acordes a la forma de vida que quería vivir: trabajar en cocina, tener un apartamento y llevar muchas chicas a mi cama.

Todo eso me robaron simplemente por no ser tan feo como ellos ni tener un careto que tira de espaldas.

Me volví tan rebelde que las amenazas de mi padre no me entraba por ningún oído ni en el cerebro.

Había probado los besos de varias chicas y se habían callado las voces en la cocina del Rubens que me tildaban de amanerado.

Ellos ligaban, si conseguían burlar a sus mujeres, con extranjeras bien roídas.

Yo me llevaba bellezas que tiraban de espaldas aunque solo fuera para darnos besos, teniendo en cuenta que yo era menor de edad.

No había día que los cabrones insidiosos no me recordaran que era un menor.

Pero algunos de los pinches preferidos del jefe y subjefe de cocina era de mi edad y lo hicieron por primera vez en su vida en el servicio de mujeres del bar del Rubens. 

Lo hicieron con una guiri loca, chiflada, gorda y sebosa que cada día llamaba a alguno al váter de señoras para abrirlos en canal en su vida sexual.

Eso sí estaba bien pero si lo hacía yo, entonces no. 

El caso es que nunca se me ocurrió echar un polvo con aquella mujer por lo que fuera que veía que no estaba en sus cabales.

¡Qué peligro!

Eso a pesar de que mis compañeros pinches de cocina me hicieron acompañarles al váter de hombres al lado de las mujeres. 

Se metió allí esa mujer y empezó a llamarnos con la puerta entreabierta y muchas ganas de cogernos.

Pero yo no caí en aquella trampa y mis compañeros, a pesar de lo que contaban en la cocina mientras trabajábamos, ninguno fue a buscar a la mujer tan deseosa de ser pillada. 

¡Raro!

Yo prefería ir con las mujeres con las que me besaba y bailaba en la discoteca del Maite 3.

No iba a casa después de trabajar a pesar de que algunas veces mi padre me esperaba a la salida de la discoteca para llevarme a un descampado y darme una paliza.

Toda esta historia me hizo ser como soy y no voy a renegar de ella.

Nunca tuve amigos en quien confiar.

Livia nunca tuvo atenciones conmigo y llevaba una vida propia en los alrededores de los Maite.

Ella me volvía loco con su pelo negrísimo de características italianas. ¡Parecía una diosa romana!.

Hubo una época que ya no abrían la discoteca del Maite 3 y la pusieron en el bar de la piscina del Maite 2 al aire libre.

Durante varias temporadas había visto a Livia con varios hombres raros, alguno con maneras de hippie que tira para atrás.

Sin embargo, tiempo después mostró interés por mí.

Era la hermana de mi amigo Federico. Él llevaba una temporada sin veranear en los Maite.

Bailando en el bar del Maite 2 ella se pegó a mí y bailamos juntos durante horas.

¡Era alucinante!.

Me llevo a un apartado de la piscina al lado del bar para hablar conmigo y lo único que se le ocurrió fue preguntarme si era virgen de varias maneras diferentes.

Yo esperaba un beso, una caricia, un abrazo. 

¡Qué coño le pasaba!. Me hubiera ido con ella al fin del mundo.

Me preguntó una y otra vez si era virgen y yo le decía que no. Y vuelta a empezar.

Llamarme para eso eso fue terrible porque ella era mayor que yo.

¡Por favor!. Un beso, una caricia, un abrazo. 

¡Qué más da si soy virgen o no!

Me miraba con ojos de enamorada pero le pudo el que dirán.

No como cuando se la veía con hombres bastantes sospechosos.

Yo esperaba que me invitara a subir a su apartamento.

Hubiera sido su novio de por vida.

A la siguiente noche ella cambió sus planes y no fue a bailar.

Tal vez volvió a Italia pero no me importó. 

Los siguientes veranos dejé de ir a los Maite varias temporadas.

Conforme crecí cambiaron mis objetivos personales.

Además estaba por pasar la mayor hecatombe de mi vida, la que me cambió por completo.

¡Tonta y estúpida Livia!.




sábado, 3 de octubre de 2026

Cosas que nunca conté en el Valle de Chistau

Estaba hablando con mi amiga del balonmano del proceso que hice cuando me salieron acúfenos.

A los amigos de Chistau nunca os lo conté.

En una ocasión, yendo por el Pirineo, acudí al hospital de Barbastro por problemas en los oídos.

Allí me metieron en una sala y me hicieron algún tipo de resonancia.

Durante toda mi vida he necesitado de supervisión en contadas ocasiones.

Alguien me hizo creer en mi juventud que había perdido oído a causa de los antibióticos por una neumonía de niño.

Lo cierto es que nací así.

Mi amiga es una maestra de escuela de niños pequeños.

No es una experta en la materia auditiva.

Le dije que a lo mejor mi audiometría señala tan solo el umbral que puedo entender y no el que puedo oír. 

Lo he pensado mejor. 

Nunca presté atención a ello porque sé que no hay solución.

Depende de las teclas de un piano, los sonidos pueden encontrarse en el umbral de lo que puedo captar o de lo que puedo entender.

Nunca dije que no os pude oír.

Solamente si es inteligible en el umbral que soy capaz de entender.

Parece una tontería pero para mí no lo es.

Hace dos años fui a una revisión al hospital clínico porque me salieron acúfenos.

Solo he ido en contadas veces en mi vida a hacerme una revisión.

Sobre todo si he tenido problemas.

Me sentaron en un sillón grande muy confortable en la cabina de audiometría.

Tan cómodo que podría haberme quedado dormido.

Lo primero que hizo la audiologa fue colocarme los auriculares acolchados,
(los de diadema tradicionales que se apoyan por fuera cubriendo la oreja).

Por ahí pudo medir el umbral de ruido que soy capaz de percibir.

Después me colocó los auriculares de inserción (los de espuma que se arrugan y se meten dentro del conducto).

Son para aislar mejor los sonidos del exterior (atenuación del ruido ambiente).

Pero principalmente para evitar que el sonido de un oído se pase al otro durante la prueba.

El tercero es el vibrador óseo (el de la diadema rígida). 

Sirve para enviar las vibraciones directamente a la cóclea a través de los huesos del cráneo.

Este aparato evita el conducto auditivo ayudando a saber si el problema viene de dentro o del oído medio.

Tengo el radar clínico finísimo.

Creo que después me hizo pruebas con la punta de una sonda (un tapón de silicona) que se acopla a un aparato para sellar el conducto y soplar aire.

​Sirve para medir cómo se mueve el tímpano cuando cambian la presión dentro del oído.

Acabado el sondeo dentro de mis oídos la audióloga me volvió a colocar el auricular acolchado para estudiar mi legibilidad.

A eso se le llama cerrar el bucle.

Volvimos al punto de partida con los auriculares acolchados del principio.

Me sometió a la prueba de inteligibilidad (o "legibilidad" de las palabras) soltando un hilo grabado como recurso narrativo.

A lo largo de unos cuarenta minutos escuché miles de palabras de las que solo entendí tres.

Lo único que tenía que hacer es levantar el brazo y decir la palabra.

Intenté entender miles de palabras sin sentido para evaluar cuántas era capaz de descifrar.

Tenía la impresión de estar viviendo con aquellos tonos un interrogatorio clínico.

¡La guinda del pastel!.

Estaba al borde del coma inducido por el aburrimiento y la monotonía. 

Me encontraba a punto de echarme una siesta en medio de una cámara anecoica o un cubículo clínico.

Estaba tan cómodo que solo quería dormir.

Las miles de palabras que soltó la audióloga durante más de cuarenta minutos se escuchaba en un idioma que no era el mío.

Menudo contraste: para mí era la cabaña del relax.

Para la audióloga era un estudio científico milimétrico.

Para mí un montón de sonidos en un idioma extranjero.

Os lo cuento sinceramente tal y como se lo conté a mi amiga del balonmano.

Al final, todo este proceso no va de lo que oigo, sino de lo que mi cerebro es capaz de descifrar.

Se trata de mi capacidad diferente de entender el sonido. 

Yo sigo pensando que la vida, al igual que aquel hilo interminable de palabras en la cabina, está llena de sonidos indescifrables.

A los que entendemos el idioma en un umbral de sonidos diferente solo nos queda responder levantando la mano.



.                                                          Estos son mis umbrales 


Espectrograma: 
Mi voz haciendo experimentación. Ocupa todo el espectro de graves (a la izquierda) superando los 50 hz. En los agudos sobrepasa con facilidad el espectro del piano por la derecha por miles de hercios.



Livia, el amor de mi vida en Benalmádena

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