Era el año 1983 que empecé a ir con frecuencia a la Caleta de Maro.
Cómo no, por aquellos tiempos fumaba porros con los amigos que también fumaban porros.
Tenía 21 años y vivíamos en tiempos revueltos política y policialmente y yo tenía una vida desconocida por vivir.
Éramos cuatro chavales del entorno de la Avenida de Barcelona, la calle Sevilla y Juan de Austria.
Había estado besándome con varias mujeres de los pubs alrededor del Hospital Civil, pero ya se sabe cómo son.
Con 21 años uno puede ser muy apuesto y tener un físico hermoso, lo que no quita que sea víctimas de cucarachas.
Besarme para decirle a las amigas que me han besado y sentirse mujeres es la versión más mezquina de las taradas que no se quedaban embarazadas de penalti.
La presión era enorme.
Habíamos dejado la adolescencia y nuestros padres buscaban engancharnos con alguna parienta que nos controle.
Había una que consiguió arrastrarme a los besos y las carentoñas pero la individua acabó saliendo con un feo de los cojones que trabajaba en la radio.
Así que no solo nos acechaban las idiotas si no también los maricas que se metieron en nuestra movida para engañarnos.
Nosotros cuatro nos íbamos al piso de uno de nosotros y nos hinchabanos de fumar y beber litronas.
Arriba no iban a subir los motoristas de la brigada acosándonos para que le diéramos el DNI.
En la Caleta tampoco.
Pasamos fines de semana trepidantes de baños y sol bebiendo litronas de cerveza y tintos de verano que comprábamos en los supermercados de Maro.
En unos de esos fines de semana los amigos dijeron que había otra playa con merendero al otro lado.
Fuimos por lo alto del acantilado hasta la Casa del Guardia y yendo por algunos campos recién sembrados llegamos a la carretera de la playa.
Bajamos corriendo de risa y en el merendero nos bebimos unas cervezas.
Entonces uno dice de ir a la cascada y estuvimos nadando un trecho largo hasta que curiosamente pisamos arena y andamos otro rato con el agua al cuello.
La cascada estaba protegida por riscos que acumulaban arena y el agua nos llegaba por la cintura.
Allí estuvimos hasta que recibimos un palizón de la cascada de tanto meternos debajo.
Nos hacía falta un porrito y varios tinto de verano.
También el hambre apretaba.
Habíamos comprado para hacer un arroz con pollo.
Pero viendo el maravilloso paisaje nos iba a costar nadar mucho para salir de allí y caminar otro tanto para llegar a la Caleta.
Cuando llegamos a la Caleta nos pusimos rápido a hacer fuego, cortar el pollo y poner la paellera honda para hacer el arroz.
Y mira por dónde se acercaban las chicas enseñando culo con la intención de pillar cacho sin echar un polvo
Lo bueno es que no la dejamos acercarse y las mandamos con su puñetero padre
Ni siquiera compartimos el pitillo colocón ni cuando se hacían las graciosas pidiendo un cigarro.
Uno de nosotros que llevaba el cotarro la mandaba directamente a los tabacos en Maro.
A no, que eso no va con ellas porque se entiende que nosotros las tenemos que proveer.
Pues lo siento mucho.
Mi amigo el cotarro acotaba nuestro espacio espantando chochos agarrados que solo follan con los curas de su parroquia.
Comimos arroz a destajo y pollo hasta dejar las sobras para tirarlas al mar.
Los pececillos nos daban las gracias mientras lavábamos los platos con el agua hasta la cintura.
Había comida para un batallón de ellos.
Por entonces la Caleta no estaba tan castigada por las resacas.
Había mucha arena fina para caminar entre las rocas sumergidas y llegar bien lejos.
El acantilado se ha ido comiendo la playa y llegará el día que será una caleta muy pequeña.
Por encima de nosotros había entonces un campo sembrado de melones.
Cogimos un melón y lo devoramos.
Ese campo se hundió por el oleaje y fue desapareciendo con el paso de los años.
Cuando cambié de playa y me fui a la playa de Maro, lo hice para no volver a la Caleta.
Solo estuve cuatro años corrompido por los porros.
En cuanto dejé de fumar incluso tabaco, volví a jugar con los ligues en la playa y a salir con chicas cachondas.
En cuanto veía alguna beata calienta braguetas salía espantado para alejarme de los chochos encogidos.
"¡Quita, quita!.
¡Aléjate de mí, bruja satánica!."

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