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viernes, 24 de octubre de 2025

María Meta, la mujer perfecta que todo hombre quisiera tener

María Meta era una mujer que siendo muy joven, fue obligada a casarse con su marido, un hombre que no quería.

Durante los largos años de matrimonio el odio por su marido vivió encerrado en su pecho de mujer sumisa.

El hombre era un mujeriego empedernido, bajito y regordete, cuyo ego de putero, creció exponencialmente.

Aguantó sus palizas, sus borracheras, los embarazos fallidos de varios hijos que ella no deseaba.

Un día decidió eliminar de la vida de su marido todo lo que odiaba. Empezó a vigilar por dónde iba, con quién se juntaba y quiénes eras sus amantes.

Cierto día, en un canal de regadío, apareció una mujer sin vida asesinada por asfixia. La policía pidió no desatar la alarma, pero la gente empezó a sospechar que era obra de un psicópata.

La descomposición que mostraban los cuerpos era absoluta. Muchos desconfiaban de la policía y daban más crédito a la Guardia Civil, que fueron quienes examinaron el lugar donde apareció el cadáver.

María Meta escuchaba aquellas noticias por la radio. En su rostro se dibujó una sonrisa maliciosa. Por primera vez en muchos años estaba disfrutando.

Meses después las noticias radiofónicas daban la noticia del cuarto asesinato con el mismo factor: todas aparecieron muertas en un canal de agua de regadío, o en una alberca. Y habían sido estranguladas o asfixiadas previamente antes de descomponerse durante mucho tiempo bajo el agua.

La preocupación creció en la comarca tras hallarse el cuerpo de la última víctima, por la tarde, en un paraje natural entre huertos.

En un primer momento no se apreciaron signos de violencia. Los investigadores pensaban en una posible muerte natural. Pero tras la autopsia, los forenses encontraban signos de estrangulamiento y/o asfixia y confirmaban lo peor.

Tras varias semanas el pánico se había apoderado de la comarca ante la idea de un asesino en serie, pero ni la policía ni la Guardia Civil hallaron ningún indicio para relacionar las muertes de las mujeres. 

Solo coincidía la zona geográfica y la ejecución de los asesinatos, relacionados con una serie de desapariciones sospechosas.

La Guardia Civil desplazada, buscaba indicios por el camino donde apareció el cadáver intentando encontrar pistas que ayudasen a resolver el caso.

Agentes de la Policía Judicial que se habían hecho cargo de otros casos parecidos, y trataban de esclarecer lo ocurrido, desconociendo el móvil del asesinato.

Se desconocía la identidad de algunas de las mujeres y los hechos empezaron a coincidir con casos de otras desapariciones. 

La policía centraba su investigación en el entorno más cercano de las víctimas para descubrir conflictos o quiénes quisieran hacerles daño.

El objetivo era encontrar el móvil de los crímenes y estrechar el cerco sobre el asesino o los asesinos dejando abiertas todas las hipótesis.

Ante el temor existente en la comarca, se insistía en que de momento no se podía establecer conexión entre los casos. Según la Guardia Civil no se podía hablar de un asesino en serie más allá de la asfixia y estrangulamiento.

Las cuatro mujeres muertas en pocos meses pasaron a ser seis. Se encontraron dos nuevos cuerpos, uno en una alberca y en otro canal. La autopsia confirmó que habían sido estranguladas o asfixiadas.

El caso siguió sin resolverse algunos meses. Se sospechaba que las víctimas no tenían ninguna relación con el asesino. Cabía la posibilidad de que hubiesen sido escogidas al azar.

Algunas mujeres eran muy jóvenes, de apenas veinte años, que ejercían la prostitución por las carreteras y los polígonos cercanos, dentro de la zona de canales y ríos donde aparecieron asfixiadas o estranguladas.

Posteriormente eran arrastradas y arrojadas al agua en los canales o en las albercas de la comarca.
La única pista era el dibujo de un cliente habitual, la imagen borrosa de un automóvil al que subió una de las asesinadas aún sin identificar.

Pocos meses después desapareció una mujer cuyo cadáver apareció dos días después con síntomas de haber sido asfixiada y arrojada al canal.

No tenía nada que ver con la prostitución. Era una trabajadora reponedora de una empresa de envases cercana que, tras terminar su trabajo, volvía a su casa caminando.

La policía y la Guardia Civil analizaron todo y decidieron enfocar la investigación en un mismo autor o autores. Había indicios pero faltan pruebas.

El asesino escogía a sus víctimas al azar, y después de matarlas, las arrojaba a los canales y albercas porque los efectos del agua destruían rápidamente las evidencias biológicas que pudiese quedar en los cuerpos. 

Por eso los cadáveres estaban en muy mal estado tras un tiempo sumergidos. Se había confirmado que las víctimas no murieron en el lugar. El asesino las arrastró para hundirlas en el agua. Tampoco se han hallado evidencias de agresión sexual. Quedaba descartada la acción de un violador.

María Meta vio a su marido vestirse elegante. Ella lo siguió con la mirada sin decirle nada hasta que desapareció por la puerta y se fue.

Cuando oyó que su coche se alejaba, cogió su Seat Panda y lo siguió desde la distancia, hasta que salió de la carretera en una población a veinte kilómetros de su casa.

Vio entrar en el coche de su marido a una mujer que lo esperaba. Los siguió a lo largo del paseo marítimo hasta que aparcó. Entonces optó por irse y volvió al lugar donde su marido había recogido a aquella mujer. 

Aparcó en la parte más oscura y se quedó allí esperando. Pasadas las horas el marido llegó con el coche. Se bajó abrió y la puerta del copiloto a la dama. Se besaron. 

El entró en el coche y se fue mientras la mujer iniciaba la subida de la calle empinada para llegar a su casa.

María Meta encendió su Seat Panda y subió la cuesta tranquilamente hasta arriba para dar la vuelta en la rotonda y volver para abajo.

A decenas de metros se detuvo e hizo movimientos para aparcar el coche, haciendo que se le calase, y esperó ahí que pasara la mujer para pedirle un empujón para arrancarlo.

En el momento que se acercó a la trasera le dio un fuerte golpe en la cabeza. Sacó rápidamente un saco grande de esparto y con una fuerza y habilidad impresionantes, tumbó a la joven dentro.

La amarró con nudos bien trenzados tan rápido que pasó un coche iluminando la calle, y ella la tumbó con tanta facilidad como si transportara un kilo de patatas.

Quitó el freno de mano y la marcha trasera del coche. Lo dejó rodar por la cuesta, encendió las luces y viajó con su presa durante media hora hasta una central eléctrica.

Se detuvo en un solar de la compañía eléctrica, un edificio en ruinas. Sacó del coche el saco con su víctima dentro y se lo echó a la espalda como si no pesara nada. 

La llevó hasta las compuertas del antecanal de captación de agua para el canal de regadío de la comarca.
Allí en el borde del muro abrió el saco con una fuerza tremenda, agarró a su debilitada víctima por el cuello e intentó colocarle por la cabeza una bolsa para asfixiarla. 

Pero no pudo porque la víctima no se quedaba quieta. Soltó la bolsa y con su gran fuerza apretó terriblemente el cuello de su víctima.

Justo cuando varios guardias y policías se le echaron encima, la cogieron con violencia y le arrancaron las manos del cuello de la joven, a base de golpes con la culata del subfusil en toda la cara. 

Fue necesario una decena de agentes para tenerla en el suelo y esposarla. El marido recién llegado en un coche de policía, no podía creer el último acto de lo que había visto. 

Permaneció junto al inspector y el mando de la Guardia Civil de la operación sin dar crédito a lo que estaba pasando.

El sospechoso era él. El cebo era aquella mujer guardia civil. Pero viendo el curso de los acontecimientos, dejaron seguir la operación sin ser vistos, hasta averiguar a dónde traía a sus víctimas.

Al pasar su mujer cerca, le gritaba: "¡Te amo, te amo, te amo amor mío!". Esto provocó que media docena de agentes se emplearan a fondo para meterla en el furgón.

Al marido, que fumaba, se le cayó el cigarro de puro miedo. Se había cagado en los pantalones aterrorizado. Tal era el arranque de la mujer que creía controlar.

Oliendo la cagada, el mando de la Guardia Civil le pidió que se fuese a su casa, se bañara y se vistiera con ropa limpia, porque empezaba a oler fatal. 

También le preguntó: "¿Cuántos años dice que ha vivido con su mujer y ha salido vivo?”.


María Meta, una mujer muy joven obligada a casarse con un hombre al que no quería. Leer lee lecturas.


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jueves, 23 de octubre de 2025

En la playa de Maro aprendí mis libertades amorosas

En la playa de Maro aprendí que mis libertades amorosas, dependen de mis decisiones personales.

Narrar una historia de los años juveniles más tardíos, es un poco complicado.

 Pero cada vez que me acuerdo, sonrío, recordando pequeños detalles con mucha ternura.                                             

Las relaciones son nuestro sino de cada día, y quien lo niega miente como un bellaco.

Quien reniega de lo que ha vivido, se miente a sí mismo, dando muestras vivir una vida amargada.

Un día tuve que escapar de la playa de Maro yéndome al camping de Salobreña.

En la playa de Maro había una rara alemana que inocentemente, hizo que la cortejara.

Pero después de cortejada, empezó a darme problemas de una forma extraña y mezquina, teniendo la sensación que por alguna causa, pretendía humillarme.

La individua me estaba amargando la vida. 

Lo constaté por la forma en que había sido arrastrado al cortejo.

Cuando empezó a darme largas, decía que había llamado a su amigo y que llegaría pronto de Málaga.

Si tenía un amigo en Málaga, ¿quién la mandó para que yo la cortejase?.

Estaba alterando mis sentidos y quería asustarme. 

Seguramente con la intención de comerme la cabeza o sacarme de quicio. 

Así fue varios días antes de que se presentara el individuo.

Una mañana apareció el tipejo. Un tipo rubio con los ojos saltones, bastante feo. 

Un puto pijo con aires de vivir en la zona de Pedregalejo a la sombra del papaíto con dinerete. 

Al principio no recordaba quién era. Pero a la mañana siguiente, recordé haberlo visto en la escuela de idiomas en Pedregalejo.

Había ido en compañía de una amiga del Puerto de la Torre que me echaba los tejos, que yo nunca tuve demasiadas confianzas. 

Me la encontraba mucho por los bares de copas de la misma zona.

La escuela de idiomas era privada, situada en una villa con un patio enorme con jardín y palmeras de veinte metros de altura, que sobresalían por encima de los muros exteriores.

Me pareció increíble que alguien me enviara esta gentuza para amargarme la vida en la playa.

Tomé la decisión de deshacerme de ellos, y como no podía echarlos de la playa, me fui yo.

Por lo menos durante una semana, con el único objetivo, de no encontrármelos al volver a mi amada playa.

Así que muy a mi pesar, metí en mi mochila todas mis cosas y me marché al camping de Salobreña, que hoy no existe.

Allí volví a la tranquilidad. Se calmaron mis temores, y hui de la presencia de aquella pareja de cretinos hijos de mala madre. 

Aunque no lo creáis, esta situación puso a prueba mi templanza, ganada con años de experiencia.

La decisión que había tomado en ese momento, era la correcta.

Aquel suceso me llevó a una relación satisfactoria con dos chicas exquisitas, que estaba a punto de conocer en el camping.

Las circunstancias ampliaron mi conocimiento sobre mi capacidad emocional cuando peor lo pensaba.

Pero pronto me olvidé de lo ocurrido. 

Narro pues con un alto porcentaje de realidad, gritando a los cuatro vientos: “¡Que me quiten lo bailao!”.

Y lo siguiente, que conocí en el camping de Salobreña a dos chicas francesas deliciosas.

Salían por la puerta del camping para ir al pueblo, y yo me encontraba sentado en la terraza del bar, justo a la salida del recinto, leyendo un libro, saboreando un sol y sombra mitad anís mitad coñac.

En aquellos tiempos usaba el sol y sombra como bebida espiritual, talismán de mis correrías.

Con los años, me perfeccioné armándome con ciertos hábitos útiles a mis propósitos, que atraían a las chicas para que pudiera hacerlas reír y bailar de alegría. 

O sea, yo siempre he sido un grandísimo bribón.

Pero amaba a mis chicas con toda el alma. Y esto hace que siga siendo un soñador. 

Una especie de loco practicando submarinismo de profundidad.

Yo siempre vestía con poca ropa, dejando ver mi cuerpo de montañero.

Que se vean mis piernas fuertes llenas de soledad de subir montañas en invierno. 

Que se oigan los latidos de mi corazón atravesando cumbres durante meses.

Yo siempre he sido abierto, simpático y romántico, con cierto grado de cachondeo.

Tengo cara de pícaro, complejo y sofisticado, con la piel delicada tratada por la salitre del mar.

La francesita blanca, era blanquita, rellenita y deliciosa, con una mirada de color azul profundo, estupenda y penetrante, pecosa tirando a pelirroja. 

La otra francesita con rasgos de indochina, antiguo protectorado francés de Camboya, Vietnam, Laos, Birmania o Tailandia.

Ella era un poco más bajita que la blanquita. Tenía un pelo negro fino muy brillante que relucía bajo el sol, con unos ojos tan negros como misteriosos. 

Pareció que las chicas salían, pero hablaron entre ellas, dieron un rodeo a la terraza, y entraron por el lado sur para ocupar la mesa colindante a la mía.

¡Aquello era una señal!.

Dejaron sus cosas sobre la mesa y entraron al local. 

Pidieron bebida y volvieron para sentarse a mi vera, observando mi lectura mientras fingía estar despistado.

Y es que leer un libro, es la mejor forma para entablar una conversación amistosa entre desconocidos.

Pronto me preguntaron algo, y sonriente no entendí la pregunta. 

Uno no sabe qué le pueden estar diciendo. Me acerqué a ellas y comenzamos una conversación.

Preguntaron por un buen supermercado en el pueblo donde hubiese de todo. 

Tampoco querían andar demasiado. Solo comprar ciertas cosas necesarias. En eso sí les podía ayudar.

Para algo sirve venir al camping de Salobreña de vez en cuando. 

Me encantaba rular por los más recónditos rincones del pueblo. 

Sabía cómo llegar al hipermercado para comprar casi cualquier cosa.

Salobreña está a dos kilómetros de la playa. Casi toda la población sobre el peñón. 

De todas formas había que andar, pero conmigo se andaba mucho menos.

En el pueblo visitamos el castillo, subiendo por las callejuelas de los barrios moriscos. 

El castillo de Salobreña en verano, era un lugar mágico con diversidad de espectáculos.

Baile, música, marionetas, magia, obras de teatro, orquestas y grupos musicales.

Desde el anochecer hasta altas horas de la madrugada todas las noches. 

¡Qué bonito era Salobreña en verano!.

Después de las compras, subimos y nos divertimos. 

Y puedo decir con gran admiración, que me sentí muy contento de haberlas conocido.

Eran alegres y desenfadas hasta tal punto, que no solo bebimos sol y sombra, bebimos de todo, incluso licores franceses riquísimos.

De vuelta al camping, íbamos bien agarrados, cogidos de la mano por la cintura, cansados tras un montón de horas bailando, embriagados hasta por el mismo sueño.

A veces nos hacíamos zancadillas entre nosotros y nos caíamos al suelo entre risas. 

Después nos costaba mucho levantarnos sin soltarnos pero no paramos de reír.

Nos besábamos entre los tres totalmente beodos. 

Cualquiera que pasaba se nos quedaba mirando con sorpresa.

El camino de vuelta al camping estaba lleno de besos en la madrugada.

Y nos apretujamos cuando empezó a hacer fresco.

Al llegar a la entrada del camping, las chicas salieron disparadas para la tienda de campaña y yo para la mía. 

Teníamos las mismas necesidades, nos encontramos a la entrada de los baños, después de tantas horas aguantando.

En el desconcierto entramos juntos al mismo baño y terminamos bañándonos juntos en la ducha de mujeres.

Mi pecho parecía un confesionario. ¡Qué chuli!.

Nathalie, la indochina, me besaba los labios. Isabelle, la rubia me besaba por el otro lado. 

Cada una se hizo dueña de una parte de mí y yo las abrazaba por igual.

Nos bañamos, nos secamos y me arrastraron a la tienda de campaña de ellas. 

Ninguno dormimos en toda la noche.

A los pocos días conseguí traerlas a la playa de Maro. 

En ese tiempo ahorramos un montón de dinero en camping.

Cada día hacíamos nuestro recorrido por la orilla de la playa. 

Después nos íbamos al merendero del Tripa a hartarnos de cervezas con aceitunas y patatas chips.

Y cuando me hacían señas, entraba en la tienda de campaña como un autómata.

Hacía caso a mis amas sin oponer resistencia, y me abandonaba a los suaves masajes relajantes que me practicaban.

No creo que exista nada más relajante, que unos buenos masajes para viajar a un limbo de paz en el Tao.

Me arrancaban todas las impurezas del alma, todas las tensiones, las ansiedades y los bloqueos. 

Me hacían sentir limpio, querido y deseado. Algo muy difícil de experimentar.

Salía de la tienda de campaña para limpiar mis sudores con un buen chapuzón en el mar. 

No me importaba ni la hora, ni la noche, ni el día. 

Las madrugadas parecía no tener fin.

Pero en la playa, siempre aparecía algún capullo, que llamaba a la tienda de campaña, por cualquier sandez que se le ocurriera.

Las intenciones de este tipo de gentuza siempre son la de dar la marrana. 

Quizás el tipejo incluso había pensado que le dejaríamos sitio.

Lo primero yo no contestaba. 

Lo segundo, me asomaba para decirle que las niñas estaban dormidas, sin atender sus peros de ninguna clase.

Lo tercero es echar al individuo o a los  individuos mandándolos a dar la marrana a otra parte.

Tras eso me reencontraba con los ojillos brillantes que me esperaban en la penumbra de la tienda de campaña.

Mi vida ligando en solitario era normal. Nunca tuve confianza en nadie.

Cuando se presentaba una ocasión, mis amigos siempre solían comportarse como auténticos gilipollas, y terminaban fumando porros.

Yo no era fumador.

Con gente desagradable nunca quedaba nada coger.

Cada vez que me acompañaba alguno, rompeía mis posibilidades.

Después se iban a comerle los mocos a sus novias como buenos pringados.

Así que, para disfrutar de mis chicas, siempre en solitario. Y no dejaba entrar a nadie.

Estuvimos una semana juntos, corriendo por la playa en avanzadas horas nocturnas, desnudos.

Cuando se les acabaron las vacaciones, se miraron entre ellas y volvieron a Francia.

Viajaron cerca de Paimpol, al norte de Rennes, la zona de la Bretaña francesa.

Pasó el tiempo y yo seguí con mi vida. Y un día casi dos años después, recibí unas hermosas y lindas fotos.

Mis diosas con sus lindos y hermosos retoños. 

Una niña rubia y un niño con ojos negros y rostro indochino. “¡Saludad a papá!”.




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miércoles, 22 de octubre de 2025

Emma, la alemana que me abandonó en la Alpujarra

 Yo veraneaba en la acampada de la playa de Maro cuando conocí a unos alemanes recién llegados en sus motos de gran cilindrada.

Pronto nos hicimos amigos y pasamos todo el día compartiendo juntos cualquier cosa. Un día llegó una alemana muy rubia y grande, ignoro si era amiga de ellos o un familiar, y se quedó prendada de mí.

Por las noches en la acampada prendíamos una fogata y había reunión alrededor de ella, diversión y bebidas nunca faltaban, y supe que los motoristas alemanes se irían al día siguiente.

La alemana coqueteó conmigo y de alguna forma intentó llevarme a su lecho pero fue regañada por mi amigo Arno en un alemán incomprensible para mí.

Me daba la impresión de que eran hermanos o ya se conocían íntimamente por alguna razón. Me resultó extraño. No entendí qué pasó.

Dos años después estaba en la playa y aparecieron motoristas con sus resplandecientes motos.

Se quitaron los trajes de motoristas locos por darse un chapuzón y raudos corrieron al agua sin pensarlo saltando a palo, salpicándose ellos.

No los reconocí pero eran Arno y sus compañeros. Él sí me reconoció y se me echó encima abrazándome. Yo fui muy amable aunque no me acordaba de él en ese momento.

Al día siguiente seguí sin recordarlo. No importaba, yo me comportaba amablemente con muchas personas que conocí en la playa y con los alemanes compartía todo, bebida, comida, leña, como si no los conociese de antes.

Los días pasaron maravillosos hasta que un día Arno me dijo que venía Emma. Yo, que seguía sin acordarme de él, me quedé de piedra. No tenía ni la más remota idea de quién era Emma.

Por la mañana me encontraba al otro lado de la playa, cuando oí a una rubia que se acercaba rápido por la orilla y me abrazó besucona como hacen los familiares con los niños chicos que les provoca recelos y malestar.

Me sentí descolocado mirando fijamente los ojos de la rubia tan guapa y tan grande, una total desconocida, de mi misma estatura. Sus besos eran tan dulces y acaramelados que provocaría vértigos a un elefante.

La rubia desconocida no paraba de acariciarme y abrazarme, dándome besos tan tiernos que hubieran derribado al más pintado. Sorprendido, era incapaz de pensar con claridad, ni reconocerla ni recordarla. Yo llevaba una vida intensa de largos veranos de playa durante los que conocía a muchísima gente.

Yo seguí en las sombras tenebrosas tan temeroso hasta que un golpe de luz vino a iluminar mi memoria y recordé aquella noche de discusión en alemán incomprensible.

Casualidad o no, los motoristas alemanes se fueron al día siguiente. Ella se quedó en la playa conmigo y aquella primera noche me dejé seducir por Emma y nos amamos en su pequeña tienda de campaña.

Mareado por la estrechez y el calor, salí fuera para respirar el aire límpido de la noche. Le pedí a ella que saliera pero no quiso y yo no volví a entrar en la tienda de campaña porque me asfixiaba. Fuera me quedé dormido bajo la luz de las estrellas.

Por la mañana me había despertado y miraba el mar pensativo. No me di cuenta de que ella salió de su tienda de campaña hasta que se sentó a mi lado.

No hablaba español y yo ni una palabra de alemán ni inglés ni nada. Chapurrear se llama.

Nos vestimos y pasamos el día juntos vagando por el pueblo. No nos tocábamos. Algo pasaba.

Por la tarde nos sentamos en un parque y me enseñó una foto de su madre. Me dio algo de pánico. Parecía una forma comprometida mostrar fotos familiares tras un día juntos.

Experimenté un bloqueo que no entendía y me pareció que todo me daba vueltas. Seguíamos sin abrazarnos. A mí me pesaba mucho aquella discusión en alemán incomprensible que recordaba con temor. No me atrevía a abrazarla porque había algo en ella que me provocaba rechazo.

Ella me habló que quería conocer la Alpujarra y quedamos que por la mañana iríamos.

Aquella noche no nos acostamos juntos y a la mañana siguiente metimos todo en el coche cochambroso de ella para llevarla a conocer la Alpujarra granadina.

Cuando nos pusimos en marcha vi que había cometido un error yendo con Emma a la Alpujarra.

Tenía un perro pequeño muy fiero con muy malas pulgas que en cualquier movimiento me gruñía dando avisos como una serpiente de cascabel. Ella nunca lo sacaba del coche pero yo con mucho gusto le hubiera retorcido el pescuezo.

Por lo pronto había salido de mi zona de protección y confort y para empeorar las cosas intenté sacar dinero en la Caja de Granada en Capileira, donde estuvimos un día, y no me dieron ni una miserable peseta.

Yo tenía bastante dinero en mi cartilla de la entonces Caja de Ronda y según me dijo el cajero del banco, no me daban dinero porque llevaba muchos meses sin poner la cartilla al día, mi caja denegaba la operación. No habían máquinas proveedoras en aquellos pueblos pequeños por entonces.

A pesar de que el cajero llamó a mi entidad no me dejaron sacar dinero, se lo negaron y me dejaron sin poder invitar a comer a la alemana con la que intentaba romper el hielo.

Me quedé bloqueado con muy poco dinero en el bolsillo a más de cien kilómetros de distancia de la sucursal bancaria más cercana para poner al día mi cartilla.

Fue terrible!. Emma cada vez estaba más agresiva y a mí me hubiese gustado invitarla a comer para romper la frialdad que nos devoraba.

Nos fuímos a Trevélez y pasé un calvario entre ella y su asqueroso perro. Ninguna entidad bancaria me quería dar dinero porque la puta caja de Ronda lo tenía bloqueado.

No había ninguna sucursal a cientos de kilómetros a la redonda y no me atrevía a decirle a Emma de volver atrás para ir a Motril y arreglar mi problema bancario.

No sabía cómo salir de aquella situación. Por la noche la llevé a un bar del barrio medio y a ella se le cayó la máscara mostrando su verdadero rostro.

Cuando nos sentamos en una mesa, al rato ella se levantó para hablar con unos ingleses que se trajo a la mesa.

Madre, tía e hijo empezaron a burlarse de mí y a increparme intentando provocar una reacción violenta.

Aguanté mirando a Emma que sonreía burlona mientras el capullo inglés se pavoneaba en su idioma escoltado por su madre y su tía intentando fastidiarme.

Cuando nos levantamos todos, Emma caminaba a la vera de ellos. Hablaban y yo los seguía porque mis enseres, mi mochila y demás estaban en su coche.

Cuando llegamos a su coche, ella sacó mi mochila junto con mis cosas y las colocó en el suelo.

Le pregunté por qué hacía eso y ella respondió que necesitaba espacio para llevar a los ingleses al barrio de abajo para coger una habitación solo para ella.

Me entristeció sobremanera pero respiré cuando se fue con los ingleses en el coche. Me quedé un rato en aquel lugar cavilando lo que iba a hacer.

Después cogí la mochila y me la eché a la espalda, crucé las bolsas pequeñas y eché a caminar hacia el barrio de abajo.

Allí vi su coche en el aparcamiento pero ni un pelo de ella. Me senté en una de las mesas vacías de las terrazas de las fondas y los restaurantes cerrados ya a la una de la madrugada.

Estuve cerca de su coche un buen rato pensando en lo que iba a hacer. Ella ni se molestó en aparecer. Comprendí que me dejaba tirado.

A las una y media de la madrugada ya estaba determinado a moverme. Cogí todo mi equipaje y me lo eché a la espalda. Crucé al lado su coche con el puto perro sarnoso dentro y atravesé la plaza principal de Trevélez dejando atrás el aparcamiento y la zona de las fondas, y salí del pueblo caminando muy rápido.

Lo primero, poner la cartilla al día y desbloquear mi dinero. Tenía que llegar a Motril a más de cien kilómetros de distancia. Tenía que llegar a Órgiva a la hora para coger el autobús de Motril.

Cuando estaba cerca de Pitres, se detuvo en medio de la carretera un microbús privado que llevaba gente a Granada muy temprano. Me dijeron que subiese, pero yo les intenté explicar que no tenía dinero para pagarles, que el banco me había bloqueado la cartilla hasta que no la actualizara y no me dejaban sacar dinero, y me obligaban a ir a Motril.

En el microbús me dijeron que no me preocupase por eso y me hicieron subir. Me llevaron hasta Órgiva y cogí un autobús a Motril pero lo mismo fui tonto porque ellos iban a Granada que también hay sucursales de mi caja.

Una vez en Motril, fui a la caja y le entregué al cajero la cartilla para ponerla al día. El cajero me miró preocupado y me dijo que me sentase.

Estuve hora y media sentado mientras las cartillas se sucedían llenándose de actualizaciones y el cajero fruncía el ceño.

No dije nada. Suspiré sentado en un sillón cómodamente. Cuando la máquina terminó de rellenar cartillas, el cajero vino hacia mí y me regañó. Me dio instrucciones para que no volviese a estar meses sin actualizar la libreta. Me dió el dinero que le había pedido y por fin tenía dinero. Salí del banco y miré la Contraviesa. Detrás está Órgiva, Pampaneira y más arriba Trevélez.

No iba a subir. Dirigí mis pasos hacia el mar yéndome al camping de Salobreña para olvidar a Emma.





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Poemas para enamorar, y derretirte en el más profundo desamor

Los poemas para enamorar más bonitos del mundo mundial, colección para princesas y príncipes que creen en el amor, que se quieren y se enamoran en este caótico y desastroso planeta, sin importar la edad ni el color de dónde proceden ni dónde viven, porque lo más importante es soñar con llegar al sol o enamorarse de la trágica luna y cruzar el mar hacia algún maravilloso país. Este libro narra pequeñas extraordinarias historias, comedía y tragedia sirven para enamorar y enamorarse.

      

                           Veinticuatro horas


Quisiera lograr expresar,

lo difícil que fue para mí,

poder adorarte

sobre mi lecho de pesadillas.


Ahora que te siento lejos,

mi cuerpo

se llena de sensaciones

buscando la verdad de ti

y de lo que hemos vivido.


No lo podré creer,

aunque pase mucho tiempo,

que lo nuestro fue solo nuestro,

sin nadie a nuestras espaldas.


Es la realidad mía,

lo que vislumbro y creo así,

pensar que eres alguien

en quien no pude confiar.


Deseo que allá donde vayas,

sonrías amplia ante mi recuerdo,

y en muchas

mañanas y atardeceres

brilles tanto o más

que el mismo sol de cada día.


Y mis brazos y mi alma

te acogieron con cariño,

con solo pequeños problemas

que no llegaron a perturbar.

Cuando me mirabas intrigante,

un grito mudo me brotaba,

y como una bestia rabiosa

me humillaba tu mirada.


No son celos mis sentimientos,

sino ansiedad

que me despertabas,

enamorado de la vida

opacidades del mañana.


No te odio, amada,

solo siento tristeza,

pudimos amarnos mucho

deseando que te alejaras.


Libre eras, libre eres,

y allá donde vayas,

donde quisieras ir,

soñé con guiar mis pasos.


Espero que un día

mis sueños se avengan,

y sin seguir tu camino

llegar lejos sin fin.


No puedes pensar,

que fue culpa de ti,

lo que también

ocurrió para mí.


Y si la hierba crece

bajo las heladas de tu tierra,

las nubes nunca oscurecen

el sol sobre la mía templada.

Lo tuyo solo fueron mentiras

y ningún dolor te deseaba,

desde aquí también se ve

la luna que tanto amabas.


Poemas para enamorar, y derretirte en el más profundo desamor


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martes, 21 de octubre de 2025

Tenía veinticinco años cuando estuve a punto de morir

Tenía veinticinco años cuando me despedí de los amigos de la plaza de Bailén, en el bar de marcha donde nos encontrábamos siempre.

Me fui a casa, cogí mi mochila, metí todo mi equipaje invernal, y esa misma madrugada, sin saber dónde iba, inicié un viaje a Asturias, a Pola de Lena, guiado por una llamada mística.

Caminé tres kilómetros desde Pola de Lena y pasé por mitad de un pueblito sin conocer a dónde me llevaba aquel carril al final.

Subí por un camino muy empinado hasta la cima de una montaña, totalmente solo, con el alma encendida. 

Tan empinada era la montaña, que me obligaba a dar solo seis pasos antes de arder mis gemelos y mis tobillos, tardé seis largas horas en ascender, a un lugar desconocido donde nunca había estado, que además, nunca supe cómo se llamaba.

Cuando llegué al collado, no sabía que encontraría un pequeño refugio de montaña, en cuyo llano solté toda la carga que llevaba.

Sin saberlo, me senté en una roca y fumé el último cigarrillo de mi vida, me sentí mareado y el paisaje perdió sus colores, las nubes en el cielo corrían como solo lo hacen en el cantábrico, con el empuje del viento helado ante el cual me desvanecí, perdí el conocimiento y la noción del tiempo.

Se hizo la oscuridad sabiendo que estaba dormido, protegido por el mismo viento helado que me despertó.

Dolido en el alma, cargué de nuevo con todo mi equipaje y abandoné la montaña, dejando tirados y hecho añicos por mi íra, los cartones de tabaco, y descendí durante cuatro horas para llegar a Pola de Lena, y ir a una consulta médica. 

Por la noche dormí con la tienda de campaña en un pabellón, y nunca más volví a fumar ni un sólo cigarrillo. 

Durante largos meses sufrí los colapsos de mi adicción, escupiendo gargajos tan negros como el alquitrán, emborrachándome para limpiar las bacterias de aquella dependencia, sufriendo espejismos dentro de un cuerpo tan delgado, como el poste que sostiene una señal de tráfico.

Meses después había recorrido toda la cordillera Cantábrica volviendo a Pola de Lena, pero haciendo la cuenta, habían pasado tan solo dos años desde que me despedí de mis amigos de la plaza de Bailén para iniciar este viaje.



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domingo, 19 de octubre de 2025

El sustento del caos de Málaga

 ¿Dónde está el poeta?

¿Dónde está el pintor?
¿Dónde está el esteta
que pueda describir este clamor?.

Sinónimos prosopopeyas,
hipérbole,
bastión de los inspirados
azules, amarillos, rojos,
todos animados.

Parábola, la realidad,
el ser, el tiempo,
todos anonadados.

Construyendo un mundo 
como todos,
no sé yo, 
el mundo lo mueve 
gente que no ves,
una máquina de crear,
siempre para delante.

¡Da igual!.
¡Hay que romper el cristal!.
No gano nada pero me satisface.
bien lo sé, esa es la clave,
placer y ruptura exactamente,
hay que dar información 
desde el subsuelo.

¿Una foto, una mano, un poema?,
de la única forma que nos dejan,
lo que ti te apetezca,
generar caos es lo importante,
porque estamos hartos 
del martillo cultural.

Mi foto no es importante,
el martillo cultural lo imponen,
yo estoy fuera de eso,
¡libertad de expresión!,
lo de cada ocasión,
libertad de creación,
cada uno somos 
una ruptura generacional,
y quien lo entienda seguirá rompiendo, 
seguimos con lo nuestro,
alguien nos escuchará.




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sábado, 18 de octubre de 2025

Poemas del alma mía, libro de poemas del alma nuestra


Era un soñador de mundos. Un chaval con sueños caminando sobre los abismos que me impedían alcanzar mi destino. La gente se sorprendía de mi libertad total y veían en mí al enemigo imaginario que les quiere robar el confort de sus anodinas vidas. Pero yo seguí caminando sin mirar atrás sus almas imitando las formas de mi sino.

        
 Lo que en mi cabeza suena

Oigo en mi cabeza mi existencia,

sonidos que fluyen,

que van y vienen,

que se mueven y me mueven,

que me hacen ser quien soy,

mis características, las de mi voz,

las de mi pensamiento,

otros seres y voces

que también soy y viven en mí,

entender lo que

a los amargados acompleja

cuando no les quedan

conceptos para hablar.


Somos hijos de un sol,

de algún sol que transgredió su luz,

envueltos en la materia oscura

de esos agujeros negros

que todo lo absorben y lo arrastran

con el poder de un sonoro

silencio abismal.


Somos hijos del Todo.




 

viernes, 17 de octubre de 2025

Lágrimas del Sol, poesía que ilumina la pérdida

Quizás Dios creó

un núcleo desde donde partí,

un mundo gigante

lleno de sonidos de fuego,

y salí, y salí sin conocer

a dónde llegaría.


Volaba lejos,

por cielos que por alguna causa

forman parte de mis sueños,

sin pasado ni futuro

porque ignorando

de dónde venimos,

no sabemos a dónde iremos.


Y percibí que no se puede

nacer en cualquier parte,

ni de cualquier cosa,

ni porque sí,

y en un mundo,

en cualquier mundo,

siempre se nace

con unas características

e identidad genéticas,

asido a algún cordón umbilical.



El embarazo de la holandesa en el camping Catapún

Acababa de llegar a la recepción del camping de Sevilla, ciudad que me gustaba mucho para quedarse unos días y ir de correrías nocturnas por los bares del centro de la ciudad.

Rellené mi ficha de entrada al camping, se la di al recepcionista,  eché la mochila a la espalda y paseé por las parcelas buscando un buen lugar donde poner la tienda.

Había dos mujeres plantando la suya y decidí plantar mi tienda en la parcela al lado de ellas. 

Intenté clavar en el suelo las estacas de la tienda de campaña con una piedra, pero no ejercía la presión correcta para que se clavaran y se doblaban con facilidad.

Apareció la chica más alta y me cedió su mazo para que diese la presión correcta a las estacas. Así de fácil conseguí que la tienda estuviese bien montada y un posible amorcito.

Devolví el mazo con una sonrisa y me puse a meter las cosas ordenadamente dentro de la tienda. Cogí los enseres de baño y fui a darme una buena ducha.

Más tarde, cuando hubo anochecido, me vestí, fui al bar del camping y me encontré con mis vecinas que como no podía ser de otra manera, me invitaron a sentarme con ellas.

Tuvimos una animada velada y me preguntaron qué hacía por Sevilla. 

Les conté que solía recorrer los bares de la ciudad durante tres días antes de irme a algún otro sitio. 

Tenía previsto viajar en un par de días a un camping por la zona de Punta Umbría en Huelva.

Ellas desconocían esa zona, eran de Ámsterdam, Holanda. La rubia era más alta que yo y se llamaba Agnes y la otra más bajita se llamaba Anneke. 

Les conté que era una zona magnifica la desembocadura del río Piedras, que dejaba una larga lengua de tierra que llaman Barra de Terrón o de El Rompido, que se alarga una decena de kilómetros hasta las inmediaciones de Punta Umbría, separando el océano del curso del río. 

Habían comido bien en el local y ellas pidieron unas copas de crema de whisky. Yo pedí un Sol y Sombra que me sirvieron de inmediato.

Ellas se quedaron estupefactas de oír ese nombre, y pidieron lo mismo sin saber qué era. 

El camarero apareció con tres copas gigantes y las cargó mitad de coñac mitad de anís con tres cubitos de hielo, una bebida magnífica para romper la tensión y relajarse.

Sin darse apenas cuenta se relajaron y se reían a carcajadas de cualquier ocurrencia. 

Parecían entenderme a pesar de que no sabía ni papa de inglés ni ellas papa de español, nos entendíamos fácil de cualquier manera, y llegado el momento me pidieron ir juntos a ese sitio tan hermoso.

Decidimos irnos a Sevilla y pedimos un taxi en recepción. Regresamos bien cargados. Nos habíamos divertido muchísimo y caminábamos agarrados por el camping, casi sin gritar para no despertar a la gente a esas horas de la madrugada.

No pudimos evitar las risitas y los besitos entre los tres. Fui al baño a orinar y cuando volví, abrí mi tienda de campaña para echarme a dormir.

Agnes y Anneke me agarraron y me metieron en su tienda y dormimos juntos el resto de la noche y parte del día.

Por la tarde cogimos un tren a Huelva y llegamos tan tarde que no había autobuses en dirección a Punta Umbría, y tampoco hacia El Rompido.

Las holandesas preguntaron a un taxista y al final este les hizo una oferta que aceptaron. 

Llegamos de madrugada al camping Catapún de El Rompido, vimos la luz tenue de recepción, y el vigilante nos dijo que accediéramos, que montáramos la tienda de campaña y a la mañana siguiente rellenáramos las fichas de acceso por la mañana. 

Montamos la tienda y nos dimos cuenta que teníamos mucha hambre, que no habíamos comido nada en todo el día.

Ellas tenían un huevo, un camping gas y una sartén. Hicieron el huevo, lo partieron en tres partes y lo devoramos. Después nos metimos en la tienda de campaña y dormimos hasta el mediodía.

Rellenamos las fichas y compramos comida en abundancia para comer antes de ir a la playa. 

Cruzamos la carretera de El Rompido y descubrieron el paraíso.

Corrimos entre los árboles por encima de la arena para llegar a la orilla. Nos bañamos en el agua dulce mezclada con salada y admiramos aquel espléndido paisaje lleno de luz y olores oceánicos.

Por la noche acudimos a una fiesta en la playa y cuando todos se dispersaron nos quedamos los tres solos. Agnes y Anneke hablaron en su idioma sin que yo pudiera entender nada.

Asombrado, Anneke que hablaba mejor español, me dijo que estaba muy cansada y se iba a dormir. Y se fue.

Me dejó a solas con la gigante rubia Agnes, que despertó mi pasión amorosa. Me abracé a ella y al cabo de un rato me dijo que quería tener un hijo mío.

Yo me asusté. Pareció que el corazón me fuera a estallar. Me sentí horrorizado y yo la observé muy apesadumbrado.

Yo solo tenía veinticuatro años y no había decidido qué hacer con mi vida. No acepté que Agnes me presionara sin darme ninguna oportunidad de decidir. 

Me rebelé a la idea de que alguien pudiera decidir mi futuro. No conseguí de Agnes ninguna disculpa y su forma de actuar me torturaba.

Volvimos al camping de inmediato, saqué mis cosas de la tienda donde supuestamente dormía Anneke y me sorprendió que estuviera despierta. 

Sentí mi pecho oprimido y desorientado, caminé por el camping hasta que decidí montar mi tienda alejado de ellas lo suficientemente lejos para poder respirar.

Se me caían las lágrimas lleno de pesadumbre. Sentía cansancio y la petición de Agnes me había cruzado los cables. 

Cuando terminé de montar coloqué todo dentro, cerré y me quedé dormido de inmediato.

A la mañana siguiente hice una llamada telefónica en la recepción para que me enviarán dinero al camping. Pensaba irme en cuanto lo recibiera. 

No podía aguantar la idea de que alguien se tomase la libertad para decidir mi destino manipulando mi vida como le diera la gana. Fui al supermercado y hice acopio de comida.

Cuando estaba dentro de mi tienda poniendo en orden lo comprado, apareció en la puerta Agnes y me pidió permiso para entrar.

Enfurecido, mi reacción fue inmediata y fulminante, a tal modo que me sorprendí de mí mismo. Nunca esperé contestar de esa manera a Agnes ni a nadie. 

Grité con contundencia un NO rotundo en la cara de Agnes agobiado por la situación. 

Vi el ceño fruncido en el rostro de Agnes que ahora también sufría y le pesaba como una losa la situación. Prácticamente la eché.

Mi reacción fue inmediata. Salí fuera de la tienda de campaña, quité las estacas y la arrastré para poner más distancia entre ella y yo.

Fue un momento verdaderamente agobiante que intenté liberarme de aquella persona que me presionaba y me castigaba.

Anneke, posteriormente intentó mediar entre los dos. Sabía que necesitaba dinero para irme y entró por ahí para decirme que ellas podían prestarme dinero. 

Lo rechacé. Le conté a Anneke lo que pasó con Agnes en la playa y ella intentó justificarla y disculparla. 

La conversación me dejó clara la evidencia de que Agnes no entendía de arrepentimiento sino que pretendía coartarme mi libertad de decidir por imposición.

Pasaron los días mientras esperaba la llegada de mi dinero y Agnes nunca me pidió perdón. Nunca se disculpó. 

No sería la primera vez que intentó que la dejase pasar dentro de mi tienda de campaña para hablar.

A los pocos días recibí mi dinero. Desmonté la tienda y preparé la mochila para irme. Pagué mi estancia en el camping antes de dirigirme a la parada del autobús.

Entonces quise devolver todo mi sufrimiento a quien me lo había causado.

 Pasé por la tienda de campaña de Anneke y Agnes, y no estaban. Miré en el bar y tampoco. Fui a la playa y las vi sobre la arena a lo lejos. Empecé a andar por la orilla y tardé un buen rato en llegar a ellas.

Me vieron llegar desde el principio y cuando llegué, amablemente les dije que me iba, le di un beso a Anneke que ella no rechazó.

Le di un beso a Agnes en todos los morros sintiendo sus labios ardientes que para mi sorpresa tampoco rechazó.

Observé su cara pálida con aspecto mortecino y sus grandes ojos recibiendo toda la tensión de vuelta, di la vuelta y de repente, en vez de irme por donde había venido, le dije que sí quería tener una hijo con ella.

Agnes se puso a llorar como una loca, me arrojaba arena en la cara y me daba patadas, hasta que se cayó encima mía sin poder levantarse y la abracé.

Le besé su cabecita y ella se quedó abrazada a mi pecho escuchando mi corazón. Ni siquiera la interrumpí.

Días más tarde se iban para Holanda y yo me marché con ellas a vivir lo que me deparara la vida.

El embarazo de la holandesa en el camping Catapún de El Rompido, Huelva

jueves, 16 de octubre de 2025

Los besos de una mujer que no me consuelan

Algunos amigos pensaban que estaba mal de la cabeza. 

Eso a finales de los años setenta.

Con solo dieciocho años, tenía muy claro lo que quería para mí. 

Sabía dónde quería ir.

Escogí la senda más difícil.

Me alejé de las burlas femeninas y de las amenazas masculinas.

En aquel entonces me cerré. 

Me daba igual ser considerado un don Nadie.

Decían que era un egoísta de los pies a la cabeza. 

Pero mi madre, que me educó, supo enseñarme bien con sus silencios

Siendo un engreído a mi manera, nunca me dejé controlar.

Durante los últimos cuarenta y cinco años, he hecho lo que he querido. 

He ido donde he querido. 

He vivido donde he querido.

Y me relacioné con tantas mujeres, que perdí la cuenta.

Desperté completamente solo en medio de paisajes infinitos.

Observé como nunca la luz de las constelaciones y las estrellas fugaces.

Me colgué al filo de acantilados en atalayas de montañas inaccesibles. 

Estuvo muy lejos de cualquier lugar poblado.

Sentí que era un ser minúsculo en un cuerpo candente.

Una hormiga en medio de un paisaje espectacular.

Dormido o despierto, siempre observador. 

Sin ninguna fauna que me molestara.

Desolado tan profundamente y a tal modo, 

que no existe ningún beso ni sonrisa de mujer, que pueda consolarme. 

Allá donde fui, nunca sentí miedo, nunca pasé hambre, 

ni frío, ni amor ni desamor.

Tan sólo decepción, furia y enojo.

Frustración por no poder llegar aún más lejos.



Luces de Abril, poema sobre de vida

 En un día de abril que me miraste,

describiendo con tus palabras

la libertad de mis versos hoy,

que en el ayer que ahora es el pasado,

mis labios hubiesen sido silenciados,

fusilados a escondidas entre las malezas,

o dejados pudrir en cualquier celda,

sin nombre, sin flores y sin macetas.


En un día de abril que de cariño,

me llenes la vida de amigable belleza,

que me acompañes por la ribera de un río,

y que de la rivera recojas agua

para mi sed reseca,

agua de rocío y de oasis

entre horizontes de arenas.



miércoles, 15 de octubre de 2025

Otro ladrillo en el muro 1979-80

 El año 1.979 trabajaba en el Pogo's, un bar de desayunos y comidas enfrente de la discoteca Piper's, al lado del bar Dallas, en pleno centro de Torremolinos.


Mi padre me compró una Bultaco con la cilindrada mínima. Me levantaba a las 5 de la mañana para llegar con mi Bultaco al centro de Torremolinos, a abrir la cocina del local a las 6 de la mañana.

El horario coincidía con los cientos de trabajadores de la hostelería usuarios de los autobuses Portillo, que venían al local a desayunar.

Trabajaba todos los días desde las 6 de la mañana hasta las 8 de la tarde sin parar, solo tenía tiempo para dormir.

Me había hecho asiduo a las discotecas un par de años antes, en 1977, cuando trabajaba en el hotel Rubens de Benalmádena Costa, por los pitorreos, las habladurías y los tratos de los compañeros del hotel.

Ese año un cliente me hizo oír una cinta de La cara oculta de la Luna, de Pink Floyd, en un gran equipo de música, y estuvimos oyendo el álbum por completo durante mi tiempo de descanso. 

Nada más oír aquella música me di cuenta enseguida de los cambios 
estructurales que producía en mi mente, a tal modo que no importaba el idioma de las canciones sino lo que la música me hablaba contándome de todo.

Así fue que un día escuché por primera vez en la disco, el single Otro ladrillo en el Muro.

Llevaba varios años siendo acosado por compañeros de trabajo, siendo aún un joven en fase de desarrollo, que no había experimentado aún mi mayor cambio físico. 

Fueron tan duros los acosos, que llevaba bastante tiempo preparado para irme y desaparecer del mapa. 

Harto de las palizas, un día le compré a un compañero de la OJE una mochila agujereada y una tienda de campaña destartalada por tres mil pesetas que me había dado mi madre.

Yo no tenía dinero a pesar de trabajar tantas horas porque el dinero obviamente se lo quedaba mi padre. 

Cuando me fugué para desaparecer, llevaba en la mochila el single "Otro ladrillo en el Muro" que yo bailé tantas veces en las discotecas. 

Caminaba por la carretera yendo para Barcelona sin dinero, cuando vi que en un pueblo había feria, y le pedí al dueño de una atracción que me pusiera el disco.

El hombre puso el disco y aunque no entendía ni papa de lo que cantaba, la música me contaba cosas graves que me estaban sucediendo, la agonía, los acosos sistemáticos en el trabajo, trabajar cientos de horas sin pillar apenas una peseta, etcétera.

Cuando volví a Málaga en los primeros meses de 1980, en la Plaza de Bailén nadie entendía que yo pudiera comprar un buen radiocasette con unos bafles extraordinarios. 

Los compré tras ir a la Caja de Ronda de la Avenida de Andalucía a cobrar el desempleo, que se había ido amontonando por meses. 

El radiocasette lo compré en el Corte Ingles. 

Necesitaba oír aquella música que cantaba mis pesares. No me hacía falta aprender idiomas. 

Otro ladrillo en el Muro, cuenta los acosos y las presiones. Confortably Numb cuenta por qué huí y cómo me sentía. Wish you were here, cuenta las desidias de la gente de mi entorno, los hechos con más valor que las palabras. 


martes, 14 de octubre de 2025

Un perro del hortelano hippie auténtico en la playa de Maro

Un perro del hortelano hippie auténtico es lo que llegó en una caravana a la playa de Maro. 

Aquel día lo vi bajar por la cuesta asfaltada de cemento de la playa acompañado por una hermosa mujer que presentaba como su esposa.

El individuo era un inglés que vestía como un hippie, se movía como tal y como gran amante de la naturaleza pretendía los desnudos en la playa. 

Pero claro, en temporada alta no se lo iban a permitir. Cada día poco a poco lo fui conociendo, oyendo las historietas que contaba y presentí que estaba ante una persona más falsa que un espejismo en el desierto.

Por las noches, cuando yo había encendido la fogata y me encontraba rodeado de campistas reunidos alrededor del fuego, llegaba este tipejo con la mala costumbre de meterse en medio de las parejas, o de personas que como yo, entablamos una conexión de amistad y cortejo con alguna bella señoritaa, que por razones obvias podían terminar la noche durmiendo dentro de mi hermosa tienda de campaña.

El hippie de los cojones se las sabía todas. No le importaba meterse en medio incluso de aquellas personas que eran pareja, y con una cara tan grande llamarlo cabrón era poco. 

Lo que no entendía es qué ocurría con su bella esposa. Esta observación sobre la mujer, me daba la impresión que se estaba perdiendo una de las mujeres más bellas que había sobre la arena de la playa en esas noches de sueños y susurros.

Todo transcurrió más o menos así hasta que una tarde, un vecino de Maro bebió demasiado.

El hombre, gran trabajador del campo que trabsjaba sus propios invernaderos, bajito y avispado como pocos, aprovechó su día aciago para disfrutar del merendero de la playa, y entre charla y charla con los amigos, pilló una de sus borracheras estratosféricas. 

No eran habituales estas borracheras, pero incluso yo he cogido una alguna vez. 

El problema fue cuando quiso irse a Maro con su coche, un Renault Cuatro Latas por llamarlo así, que era su herramienta de trabajo para transportar las cajas de las cosechas de sus invernaderos a la cooperativa del pueblo o otras cooperativas de la Axarquía donde las vendía.

Los amigos y vecinos quisieron impedir que se marchara con el coche, pero no lo consiguieron. 

El hombre se metió en su coche y dio marcha atrás perdiendo la orientación del carril de tierra en la fuerte cuesta del merendero. 

Esto provocó que yendo hacia atrás se subiese por la pared del terraplén y el coche volcado de lado.

Lo curioso es que se puso de pie y asomando por la ventana, pidió que le pusiéramos el coche de pie sobre sus ruedas con él dentro. 

El automóvil Cuatro Latas pesaba poco y no era difícil que una sola persona empujase volcándolo sobre sus cuatro ruedas, pero otro vecino de Maro amigo de él que era policía, nos dijo que no lo hiciéramos hasta que él saliese del coche. 

Así que el problema era que el amigo Paco se negaba a salir de su coche para poder volcarlo sobre sus ruedas con seguridad, a pesar de que intentamos convencerlo. 

Se quedó ahí de forma extraña asomado por la ventanilla mientras los turistas y curiosos de la playa le hacían fotos de forma divertida creando morbo, vigilado por el vecino policía que lo protegía para que nadie volcara el coche mientras no saliera. 

Pero él se había empeñado en no salir pensando que no le dejarían irse a su casa.

Al rato largo salió y entre varias personas volcamos el coche sobre sus ruedas sin ningún problema. 

Con la marcha puesta hacia atrás el coche no corrió cuesta abajo hacia la pared del merendero donde la gente disfrutaba de aquella visión.

Lo siguiente fue convencerlo para que lo llevaran a su casa con su coche. El vecino policía se ofreció a llevarlo para que no tuviese un accidente por la carreterilla hasta Maro.

Durante el suceso y las discusiones, el hippie inglés había estado haciendo de las suyas por el merendero, sin darse cuenta que la bella mujer había estado hablando con algunos hombres y se había ido con uno de ellos caminando por la empinada cuesta para arriba, hasta el llano donde estaba aparcada la caravana. 

El hippie, cuando se percató de ello, dejó de hacer sus cabronadas entre los clientes del merendero y se fue para arriba.

Yo le seguía por detrás con la mirada para volver al cortijo, comer algo y irme al anochecer por los bares del pueblo.

Lo vi llegar a la caravana queriendo asomarse, sabiendo que había un hombre con la mujer.

Abrió con tal violencia la puerta de la caravana que se dio un buen golpe en toda la cara.

Tras ver las estrellas se asomó para ver a la bella señora practicando escalada.

Molesta, ella lo echó arrojando sus cosas sobre el asfalto, dejando claro que ella no era su mujer ni él era el dueño de la caravana.

Lo vi por última vez metiendo sus enseres en una maleta y una mochila, y se fue subiendo por la larga cuesta hacia el pueblo. 

No lo vi más bajar a la playa para practicar su gran amor por la naturaleza ni dormir al raso mirando las estrellas como el buen hippie que decía ser.

Nuestra amiga, la mujer dueña de la caravana, se quedó unas cuantas semanas en el llano yendo y viniendo a la playa a sentarse con nosotros junto al fuego.

Mantuvo una pequeña relación con el hombre de Nerja que había conocido durante el suceso del coche del vecino.

No tuvimos que soportar más al individuo metiéndose entre las parejas o arruinando las posibles relaciones entre personas que nos reuníamos alrededor de la hoguera.

En la playa de Maro sucedieron muchas cosas buenas y muchas son historias que nunca se borrarán de nuestros recuerdos.


martes, 7 de octubre de 2025

Brisa Infinita, el poema más filosófico

 Memoria es el alma

que tanto buscas en tu ser,

una existencia sin forma e ilimitada,

que deformas y degradas,

o que destruyes por siempre

hasta que el cielo vuelva a ser.


Brisa infinita eres que inquietante,

transforma las impresiones

de quienes observan

pequeñez o inmensidad,

enigma o silencio, ser o no ser

más que lo de cada cual.


Alguien creó la Tierra Prometida,

que no es la de los sueños

sino la más cruel,

la que nos abofetea

el rostro cada día

sometiendo a un continuo test.


Memoria es el alma

que mueve todo tu ser,

la que te conduce a la locura

o la que te guía

tornando tus oscuridades

por claridades.



Brisa Infinita, el poema más filosófico e inquietante


Brisa Infinita, poemas para cuando todo oscurece


Memoria es el alma

que tanto buscas en tu ser,

una existencia sin forma e ilimitada,

que deformas y degradas,

o que destruyes por siempre

hasta que el cielo vuelva a ser.


Brisa infinita eres que inquietante,

transforma las impresiones

de quienes observan

pequeñez o inmensidad,

enigma o silencio, ser o no ser

más que lo de cada cual.


Alguien creó la Tierra Prometida,

que no es la de los sueños

sino la más cruel,

la que nos abofetea

el rostro cada día

sometiendo a un continuo test.


Memoria es el alma

que mueve todo tu ser,

la que te conduce a la locura

o la que te guía

tornando tus oscuridades

por claridades.




Nina, la suiza que quiso adueñarse de mí

Durante años, unos suizos y yo coincidimos algunos inviernos en la playa.   Un verano los vi entrar al merendero mientras tomaba unas cervez...